Ambos habían estado ya encartelados en un mismo San Isidro, aunque en aquel de 2016 anduvo José sin suerte y Luis David cambió una oreja por una cornada y el trofeo al novillero de la feria. No obstante, Madrid le volvió la espalda con acritud –sin justificación visible– cuando confirmó allí la alternativa, en la feria de otoño última. Y la capital mexicana, en su temporada, tampoco lo vio ni lo trató bien, arrastrada quizás por una naciente e inexplicable animadversión hacia el hermano. Con todo eso encima recalaron este año en la isidrada. Y lo hicieron para triunfar en grande,  por más que las resistencias a José se haya trasladado de las gradas altas de la México al tendido 7 de Las Ventas.

Luis David y “Ombú”

Un nombre en guaraní, alusivo a un arbusto que crece en las pampas, tenía el tercer toro de Juan Pedro Domecq, precioso jabonero claro con el que iba a cuajar el de Aguascalientes la faena más significativa de su incipiente carrera, pues lo bordó de principio a fin, ante un público frío y renuente que sólo al final –muy al final–  terminó por rendirse a su torerismo. Desde su salida, el jabonero siguió boyante los vuelos de un capote templado y firme, que le fue ganando terreno en las verónicas y ciñó la taleguilla blanco y plata en las chicuelinas de mano baja del quite. Pero el aplauso franco sólo llegó cuando, a punta de capote, lo situó de nuevo frente al caballo. La faena, iniciada con hieráticos ayudados por alto sobre la raya exterior del tercio, mostraría a plenitud las virtudes de un toro–artista –así solía llamarlos el difunto Juan Pedro–, pero, sobre todo, de un joven artista del toreo. Que no sólo estructuró una faena a la altura del ejemplar, sino le corrió la mano en las series en redondo más largas y lentas de la feria, con un temple inmaculado y pletóricas de plasticidad torera. El público seguía como hipnotizado los hondos viajes del animal, conducidos con temple de seda por el mexicano, los pases de pecho completos y rotundos, adornos donde ni en la ajustada arrucina los pitones astifinos de “Ombú” llegaron a tocar la tela. Y todo con una verdad sobrecogedora, encunado siempre en los cites para desviar sutilmente la embestida sin abuso de toques ni alivio alguno. Hasta que la aclamación estentórea estalló, cuando Luis David remató unas bernadinas agobiantes, dejándose rozar por los pitones. En la estocada –arriba, marcados con lentitud los tiempos del volapié–se siguió jugando el todo por el todo. Y la oreja fue unánimemente solicitada y concedida, aunque la faena daba largamente para dos.

Atisbando la puerta grande, Luis David le salió el sexto hecho un jabato. Era “Peleador”, con sus 631 kilos, un toro negro, alto y largo, de bravura seca y poderosa, al que pasó a banderillas sin suficiente castigo tras alborotar el cotarro por zapopinas. El bicho llegó al tercio de muerte sumamente bronco, volviéndose en un palmo y derrotando al bulto. Pero Adame II, que abrió faena con un péndulo en los medios donde la pala del pitón le quemó literalmente la taleguilla, no se arrugó nunca, peleó con “Peleador” cara a cara –ya con la gente a favor– y le habría cortado la oreja indispensable para abrir el esquivo portón si llega a meter la espada al primer viaje. Pero el pinchazo hondo requirió el refrendo de un descabello al segundo golpe. Y sonó entonces una ovación de gala, de un público absolutamente convencido de haber vivido el esplendor inicial de un gran torero.

 

Tarde esa del jueves 17 en que Finito de Córdoba condujo con pulso sutil y estética impecable los viajes titubeantes de sus menguados adversarios, y Román vio estrellarse su ardorosa valentía en la insipidez de los suyos.

La oreja de Joselito

“Me gusta y me halaga el revuelo que se armó”, declaró el primogénito de la familia Adame Montoya luego de pasear en torno al anillo un trofeo de pelos colorados y considerable tamaño. Era el crepúsculo del sábado 19 y José acaba de cuajar una faena modélica a un boyancón de Alcurrucén del que nadie esperaba nada. Ni siquiera el ganadero –“Ha estado cumbre con un manso”, declaró Eduardo Lozano… “Es una de las lidias más importantes que se han visto en esta plaza”, remató–. Lidias dijo, que es lo opuesto a torear bonito al toro de dulce, los famosos cincuenta pases de recreo, primor y fantasía. Si la actuación del hermano fue estética pura hasta por la hermosísima estampa y la embestida de “Ombú”, la de Joselito al huidizo y arisco “Rondeño” fue una obra maestra de la inteligencia y el valor puestos al servicio del toreo más auténtico. De menos más y de más a mucho más, una vez establecido el mando pleno del lidiador en la zona de toriles donde buscó refugio el boyancón. Segunda parte de faena de gran emoción, fincada en el mando, el aguante y el temple, expuestos por José hasta límites inverosímiles, vencidas por completo las tendencias del remiso. La estocada fue fulminante y la petición tumultuosa, tanto como inexplicable la inquina del 7 contra la concesión del apéndice… Los pretendidos guardianes de la pureza resultaron ser una vociferante  grey de malos aficionados, incapaces de justipreciar los méritos del torero en función del toro que tiene delante.

La mansada de Alcurrucén marcó la tarde –no hubo uno que no se escupiera de los caballos en estampida abierta–, nulificando los esfuerzos de Curro Díaz y Juan del Álamo. Y una oreja, ésta de Joselito Adame, que irá ganando importancia con el paso del tiempo.

Talavante

Como Luis David, a punto estuvo de salir en hombros, pero igual que al hidrocálido, su estoque le puso candado a la puerta grande. Radiante estuvo el extremeño ese día 16 con dos buenos toros de Cuvillo a los que les impuso un temple inmaculado. Y gusto. Y originalidad. Y mucho sentimiento torero, que es algo que inevitablemente se transmite hasta al espectador más abúlico. Luego de pasear un auricular de su primero –lo bordó por ambos pitones, con todo y que el izquierdo “Aguador” buscaba con saña puntear la muleta–, dos pinchazos se llevaron la oreja del sexto tras otra faena templadísima a un astado dócil que perdió pronto su alegría inicial.

Esa tarde, la noblona corrida de Núñez del Cuvillo permitió que cada matador saliera con una oreja en la espuerta, algo inusual en Las Ventas. Ferrera se la cortó al castaño “Fundador”, que abría plaza y al que toreo con gran suavidad y limpieza, a tono con la boyantía del burel. Y Manzanares, con el lote menos propicio, la obtuvo de “Tristón”, el quinto, jabonero sucio de buena condición, al que toreó con prestancia en faena corta para estoquearlo con su certeza, pureza y facilidad habituales.

Paco Ureña

El día 15 tuvo el mejor lote de Puerto de San Lorenzo y de lo que va de feria. Lo acompañó su decisión acostumbrada y nuevamente sacó partido a una puesta en escena desgarrada y algo teatral. Pero la gente está con él, y sus desiguales faenas –oscilantes entre eventuales trazos de sabor clásicos y demagógicos aspavientos– calan en el tendido y le hubieran valido la puerta grande de mostrarse más atinado con la espada. Lo mejor, sus excelentes naturales al quinto, el de la oreja. Una fea voltereta al entregarse en la estocada acabó de conmover a la multitud y de convencer al presidente.

Y poco más

El viernes 18, el lote de Jandilla fue una completa decepción. Aun así, y sin unanimidad, Castella se alzó con la oreja del quinto, “Husmeador”, noblón pero que se paró tras un inicio de faena explosivo, péndulo en los medios para empezar. Sin desmayar, el galo acortó al mínimo la distancia con los pitones y su templada serenidad emocionó al gentío. Todo en los medios, como la fulminante estocada que puso en sus manos el apéndice. Esa tarde, Roca Rey agotó el boletaje y se arrimó sin  tregua –estérilmente– al par de impropios mulos que le deparó el sorteo.

Se despedía de Madrid el valiente Juan José Padilla y la gente estuvo cariñosa con él, no así el jandilla del adiós, un zaíno de imponente trapío que atendía por “Jacobino”, tan duro de pelar que, tras la más poderosa pelea en varas de toda la feria, le puso difíciles las cosas al jerezano en el tercio final, al que llegó enterizo y geniudo. Pero hubo respeto para Padilla, que había regalado dos tercios de banderillas de gran exposición y lucimiento.

Se presenta “Ofensa y defensa de la tauromaquia”

Este jueves 24, a las 6 PM, en la librería del Complejo Cultural Universitario de la UAP, el distinguido literato e investigador Raúl Dorra (autor del prólogo), el cronista capitalino Leonardo Páez y Miguel Ángel de la Garza, taurófilo de pro, harán el favor de presentar el libro cuyo título encabeza este párrafo y del cual este columnista, aunque usted no lo crea, afirma ser autor. Como moderador estará Aurelio Fernández Fuentes, director general de nuestra La Jornada de Oriente, a cuya hemeroteca pertenecen la mayor parte de los textos que el libro recoge.

Me dará mucho gusto saludar a amigas y amigos que asistan, así como a todas las personas interesadas en el polémico tema que tanto nos apasiona.

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