En el auditorio de la librería del CCU, la presentación del libro “Ofensa y defensa de la tauromaquia” transcurría con entera normalidad, el jueves anterior. Se palpaba genuino interés en los asistentes, el moderador Aurelio Fernández Fuentes conducía con palabra fácil y pulso maestro el evento, los presentadores habían orientado sus intervenciones por caminos tan diversificados como sus personales interpretaciones del texto de Reiba –haciendo honor al principio de que “un libro es tantos libros como lectores tenga”–, el autor expuso con brevedad el origen y el estructura de su obra y, en la parte final, las preguntas de numerosos espectadores añadían interés y sustancia a la tarde. En eso estábamos cuando cuatro o cinco muchachas, ataviadas con pantalón negro y playera blanca con leyendas antitaurinas, se pusieron de pie para abandonar el lugar. Aurelio y Reiba intentaron disuadirlas invitándolas a formular sus propias preguntas, a que no se guardaran cuestionamientos, pero desoyendo el pedido desaparecieron escaleras abajo, dejando su breve paso en anécdota insignificante. O eso se pensó entonces.

Porque minutos después, el grupo de antis volvía sobre sus pasos y una de ellas se dirigió a los de la mesa solicitando un debate formal sobre el asunto, sólo que en distinta ocasión y lugar. El desafío fue recogido de inmediato. El moderador les alargó un libro para que lo leyeran y se prepararan, Reiba pidió que el director de La Jornada de Orienteorganizara el eventual encuentro y solicitó a las chicas les hicieran llegar por escrito sus propios puntos de vista a fin de que el debate se diera en condiciones de igualdad. Y un eventual encuentro posterior quedó así informalmente acordado.

Sin más, se marcharon las estudiantes –pues se ostentaban como tales– y la ronda de preguntas y respuestas prosiguió… hasta que otra joven, vestida enteramente de negro, que se dijo periodista involucrada alguna vez en la fuente taurina y vegana practicante en la actualidad, se puso en pie y, micrófono en mano, despotricó contra el “asesinato” impune de animales. Y fue más allá: “el mundo es de los jóvenes y nuestros puntos de vista son los que cuentan”, afirmó, “ya que pertenecemos a una época superior, tenemos el control de las redes sociales y estamos mucho mejor informados que las personas de la tercera edad que según veo son la mayoría de ustedes”. Evidentemente, buscaba provocar un zipizape, pero Aurelio lo impidió dando la palabra a quienes la habían solicitado con anterioridad, con lo que el acto recobró la normalidad, dejando en el aire la molestia causada por la actitud de la belicosa muchacha. Como en tantas ocasiones, la intolerancia recaía del lado de los taurófobos y la contención del de la audiencia, formada en mayoría por taurófilos pero también por personas simplemente interesadas en conocer más acerca de un tema sin duda polémico, analizado desde la perspectiva informada, inteligente y libre propia de un evento cultural organizado por la universidad pública cuyo sello editorial lleva el libro presentado.

Presentadores

En ausencia de Raúl Dorra –impedido por una enfermedad–, Luisa Ruiz Moreno leyó bella y emotivamente el prólogo por él escrito desde su condición de no aficionado, cautivado sin embargo por el simbolismo y la estética del toreo, y por la originalidad del sacrificio del dios–toro. Un principio a lo grande, que tuvo continuidad en las palabras de Miguel Ángel de la Garza, quien llegó a vestir de luces en sus mocedades y expuso con serenidad y tino sus puntos de vista de amante lúcido de la tauromaquia. Tocó enseguida turno a Leonardo Páez, y el estimado colega se explayó en un sentido elogio del libro, sin dejar de señalar las lacras que aquejan a la fiesta en nuestro país, reflejo de una asimetría, usualmente silenciada, entre las corridas que se dan en España y las del enclave colonial que ha sido siempre Sudamérica y ahora también México, por obra de la ineptitud y el entreguismo de las empresas que han dominado el menguado mercado taurino del país en los últimos 25–30 años. Enmarcado todo por las señales del pensamiento único: pobreza sí, toros no; transgénicos sí, toros no; analfabetismo funcional sí, toros no…

A la descripción por Reiba de los propósitos, motivaciones y plan de su obra siguieron intervenciones de algunos de los presentes, entre las que sobresalieron las del matador Raúl Ponce de León y Carlos Pavón. En el auditorio de la librería del CCU había apenas unas 70 sillas, totalmente ocupadas –había incluso gente de pie– hasta ese final marcado por el referido brote taurófobo. Mismo que daría paso al principio de acuerdo entre la media docena de jóvenes del colectivo “Antitaurinos Puebla” y los dos representantes de La Jornada de Oriente –Aurelio y Horacio–que gustosos aceptaron debatir sobre el tema de “Ofensa y defensa de la tauromaquia” en fecha pendiente de acordar.

San Isidro III

Contra los pronósticos pesimistas que siempre rondan, la feria isidril sigue tomando vuelo y deparando grandes cosas. Los aspectos negativos –incluida la lata que da el 7– han pasado a segundo término frente a las hazañas de los toros y toreros. La palma se la han llevado los hermosos y bravos ejemplares de Núñez el Cuvillo –dos encierros de lujo–, la puerta grande abierta de consuno el viernes 25 por Talavante y López Simón y sendos faenones Roca Rey y El Juli. No actuaron mexicanos esta semana, sí el francés Juan Bautista y el nuevo ídolo peruano, con boletaje agotado las dos tardes en que intervino. El extremeño Talavante, cumplido ya su contrato, tomó el viernes 25 la sustitución del lesionado Paco Ureña y cuajó la faena más estéticamente valiosa en lo que va del ciclo.

Andrés, Julián y Alejandro

A Roca Rey se le ha hostilizado más que a nadie, acaso como reacción a los dos llenos de “No hay billetes” que fueron sus dos apariciones en la feria. Y si los jandillas del día 18 le cerraron el paso con su mansedumbre, el 23, ante otro encierro decepcionante de Victoriano del Río, le vimos trocar las lanzas en cañas a fuerza de jugarse la vida ante el cierraplaza “Distante” (573 kg.), desde el astuto quite por saltilleras –esa apuesta en los medios a águila o sol– hasta el estoconazo a toro parado que derribó irremediablemente a un animal que, sin rebasar la vulgaridad, tuvo que entregarse al valor, al mando y al temple impecables e implacables del limeño, que por fin alzó una oreja con total aceptación del cónclave. Incluidos sus gratuitos detractores.

Entre la apuesta por el poder y la apuesta por la belleza uno siempre se quedará con la segunda. Es decir, con la gran faena de Talavante a “Cacareo” por encima de la gran faena de El Juli a “Licenciado”, de Alcurrucén éste y de Cuvillo el del extremeño. Dos toros notables para dos formidables artistas. Pero arte–arte, el de Alejandro. Un barroco moderno donde caben el sentimiento y la sorpresa, la autenticidad y la hondura. Hondura tuvo asimismo cuanto Julián realizó, muleta en mano, con el alcurrucén, tercero del jueves 24. Pero era más bien hondura técnica, la de una muleta muy baja en viajes sucesivos de 6–8 trazos en redondo, a derecha e izquierda, de geometría impecable y temple poderoso. Por estructura, por maestría y por contundencia era faena de dos orejas, que una estocada trasera, necesitada del descabello, dejó en una sola, unánimemente aclamada. 

Aclamado también con estruendo, Talavante se vio obligado a saludar desde el tercio no bien se deshizo el paseíllo del día siguiente. Con sus dos fechas ya cumplidas, había tomado la sustitución de Ureña para alternar con Bautista y López Simón en la lidia del segundo sexteto de Núñez del Cuvillo, que salió de rechupete. Aún no estallaba la tormenta que anegaría el coso cuando apareció “Cacareo” (548 kg.) para llenarlo de bravura y nobleza. La faena, ligadísima, fue el colmo del sentimiento en sus dormidas tandas circulares, de plasticidad asombrosa, pero también por esa capacidad tan de Talavante para despertar el entusiasmo desde el primer momento, vía los derechazos rodilla en tierra que sin probaturas y en el tercio absorbieron la enclasada codicia del burel. Después no se sabría que resultó más bello, si los personalísimos derechazos o los naturales de pureza ejemplar, citando siempre en la cuna para quebrar a puro juego de cintura y muñeca la trayectoria del bicho. Un recital de armonía y despaciosidad. Con un toro que se comía ese engaño que jamás alcanzó. Estocada arriba y las dos orejas.

El Juli se mantuvo magistral en los otros dos toros de su desigual mano a mano con un Ginés Marín demasiado tierno para oponerle nada al as madrileño. Talavante, ya con la puerta grande asegurada, salió a jugársela con el buen quinto sobre una auténtica piscina. Le habría cortado la oreja si llega a acertar con la espada. La ovación lo llamó al tercio. Y aunque López Simón le acompañara en la salida en hombros, muy lejos quedó el valeroso joven –salió a oreja por toro– de la hazaña artística del extremeño la borrascosa tarde del viernes 25, en que el siempre templado Juan Bautista perdió una posible oreja del ensopado cuarto por culpa de un pinchazo en lo alto en la suerte de recibir.

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