A  Pepe Moral lo conocí hace tres años en Zacatecas. Lo apoderaba el difunto Manolo Cortés y gustó mucho a aquella buena afición en uno de esas tardes en que la feria zacatecana recurre a un joven espada español no consagrado pero invariablemente bien elegido. Amable y discreto en privado, el temperamento se lo reservó ese día de septiembre para el toro al que le cortó la única oreja. Y el viernes pasado en Las Ventas para el ya famoso “Chaparrito”, seguramente el toro de la feria, un cárdeno imponente de Adolfo Martín, que en los dos puyazos atacó desde largo, siguió acudiendo alegre en banderillas y regaló veinticinco embestidas a la muleta del sevillano con una humillación extraordinaria, el morro lleno de arena, las temibles astas veletas fijas en el engaño, sin un derrote, vivaz la cadencia.

Pepe Moral, que con sus clásicas y despaciosas maneras ya había estado a punto de desorejar un miura el domingo anterior, mucho tuvo que ver con el extraordinario juego de “Chaparrito” –cárdeno oscuro listón, 549 kilos de pura fibra–; desde el primer tercio, de brega justa y de colocar al adolfomartín a distancia para que luciera más su bravura con el caballo. Y luego, en la faena, por el modo de fijarlo con amplios y estéticos doblones del tercio a los medios, y por cómo embarcó y condujo después larga y sabrosamente aquella embestida, noble pero exigente, hasta la culminación del muletazo elíptico, en series de 4–5 pases rematados con el clásico de pecho, largo y garboso pero sin regateo del ajuste y sin recurrir a artificiosos redondeos engañabobos. La belleza plástica unida a la ética de lo auténtico. Predominó, eso sí, la derecha, cuando por el lado zurdo “Chaparrito” araba con el hocico de manera emocionante. Además de que fueron al natural los muletazos más puros de la gran faena de Pepe Moral, entregado y firme en todo momento. Incluso cuando pinchó en lo alto, como prólogo de una estocada entera algo ida que tardó en surtir efecto.

¿Toro de vuelta al ruedo? El público la pidió y el juez la denegó. No tenía “Chaparrito” muchos muletazos, y en las dos últimas tandas –a derecha e izquierda– le costó repetir. Pero  la emocionante pelea en varas y la excelsa calidad de su humillada embestida eran de premio. Seguramente acaparará algunos de los que se dilucidan al concluir la feria. Un orgullo para su estirpe de Albaserrada puro.

El otro torero sorpresa de la isidrada fue Octavio Chacón. Más desconocido aún que Pepe Moral y desde luego más veterano, curtido en mil tentaderos y docenas de corridas por cosos franceses de acreditada filiación torista, su actuación tuvo muy otra orientación, a tono con la degeneración de la añeja casta de Saltillo, así anunciada la imponente y mansísima corrida del martes 4 enviada por José Joaquín Moreno Silva. Y lo que son las cosas, ese día para el presidente de turno ordenó para el abreplaza una vuelta al ruedo absurda, al tiempo que le negaba a Chacón la oreja solicitada por  mayoría. La merecía porque todo lo hizo a favor del toro: la buena dirección de la lidia, la colocación del cárdeno lejos del caballo –hubo tumbo, y para los impresionables eso cuenta–, y la decisión con que afrontó sus fieras embestidas muleta en mano. Por la derecha, porque el otro pitón de “Asturdero” era intocable. Faena de torero enterado y de torero valiente. Y estocada digna de la faena. El público lo llamó a dar una vuelta al ruedo clamorosa. Y ovacionó con idéntico entusiasmo sus saludos desde el tercio a la muerte del cuarto, auténtico marrajo, que anduvo a la caza del torero durante el breve muleteo en el que Octavio Chacón no se descompuso, ya que pararse era imposible con semejante pregonao, que no merecía la habilidosa estocada que lo despenó.

Esa tarde y con semejante moruchada, Sebastián Ritter, colombiano de Medellín, al que no arredró ni una fea cogida en tablas, demostró, a fuerza de valor y torería, tener pleno derecho a oportunidades verdaderas y no ficticias. No así Esaú Fernández, completa y quizá justificadamente inhibido ante otro par de marrajos.

En cuanto al paisano de Ritter Luis Bolívar, tercer espada el miércoles ante el enrazado pero nada fácil encierro de Escolar, dio otro curso de enterada y torera entrega, poco agradecida por un público polar, que tampoco hizo mucha justicia a los esfuerzos de Fernando Robleño, mientras confirmaba Rafaelillo que ésta no sería su feria.

Orejita de Beneficencia 

Intercalada en la semana torista, la Beneficencia supo a remanso en medio de la tormenta. No es que salieran buenos los de Alcurrucén, de desigual presentación y carentes de vibración y fondo. Del más pequeño y retozón, un castañito que iba y venía sin malicia alguna, paseó una discutida oreja Ginés Marín, aparente indemnización por el meneo que le pegó El Juli en aquel improcedente mano a mano. Tuvo el mejor lote y se dedicó a abusar del pico y componer la figura fuera de cacho. Pero entre los imberbes es el favorito del stablishment y no hay más que hablar. En la desabrida tarde la faena buena se la hizo al abreplaza el Antonio Ferrera templado y magistral de estos tiempos. Perdió la oreja con el verduguillo. Porque Miguel Ángel Perera, sin toros, no sale de la etapa de adusta frialdad que viene transitando, en perjuicio del concepto del toreo parado, ceñido y mandón que mantiene. Lo avisaron en ambos.

Toracos, sustos y abundante mansedumbre 

Francamente, la semana torista con la que San isidro remata su fatigosa cartelería es desde hace bastantes ayeres la negación de la oportunidad que se presume proporciona a numerosos toreros olvidados del sistema que, salvo rarísimo acaso, no encuentran en los mastodontes que les sueltan más que un riesgo alto y sin resquicios para el éxito. Y tampoco ha servido de mucho como impulso de las carreras de quienes en el pasado se alzaron con el triunfo ante tales encierros, llamados a suscitar morbo entre la gente y hacer pasar fatigas a los toreros.

La tal semana, que extiende hasta junio la tradicional feria de mayo, esta vez incluyó hasta una presunta corrida–desafío –con manga trazada en blanco sobre el piso para “medir” la bravura con el caballo–que no pasó de mascarada por culpa de un encierro mixto de la familia Buendía que no agregó lauros al célebre linaje santacolomeño. Tuvo, menos mal, par de bureles de buen estilo pero quizá excesiva casta, los dos del lote de Iván Vicente, buen torero de cuello frío y pocos contratos como para atreverse a ligarles los pases sin quitarles la muleta para enmendar el terreno. Sus alternantes –los Javieres Cortés y Jiménez– bastante hicieron con dar la cara, el madrileño Cortés a cambio de una severa paliza y un puntazo leve, infligido por el galafate jabonero de Marca que remendó el encierro original, sin aportar otra cosa que más bronquedad y mansedumbre.

En el fondo es modalidad que denuncia la progresiva descomposición y sinsentido del gigantismo que desde hace décadas arrastra la feria isidril, a ciencia y paciencia de todo mundo. Produce dinero a carretadas, eso qué ni qué. Pero a costa de cargarse casi todo lo demás. Este año no fue la excepción y ya vendría siendo hora, por un lado, de pedir a los orondos criadores de tales alimañas –me refiero a Dolores Aguirre, Miura y Saltillo, principal pero no exclusivamente– unos mínimos de pudor y seriedad al seleccionar no solamente sus pavorosos encierros, sino, en los tentaderos, los atributos deseables para el toreo, más allá del kilaje, alzada y arboladura que caracteriza a las reses que mandan a Madrid.

El rabo a Ventura 

Y el sábado, historia grande con el insólito rabo otorgado a Diego Ventura, primera vez que en Las Ventas se premia así a un rejoneador. Se lo cortó al tercer toro de Los Espartales –“Marqués I”– por una lidia cuyo mérito radicó en las dificultades interpuestas por el bicho y contó con la puesta a punto de la incomparable cuadra del sevillano–portugués, integrada por ejemplares tan fantásticos como “Nazarí”, “Fino” o “Bronce”. Mano a mano con Andy Cartagena, Ventura sumó nada más cinco orejas y un rabo.

Se recuerda como el último rabo concedido en la primera plaza del mundo el del toro “Cigarrito” de Atanasio Fernández, que Palomo Linares cortó en tarde asimismo apoteósica para Curro Rivera (cuatro orejas paseó aquel 22 de mayo de 1972 en que alternaron ambos con el zamorano Andrés Vázquez). Porque para encontrar efemérides semejantes hay que retroceder a los años previos a la guerra civil española. En Las Ventas, cortaron rabo Juan Belmonte (21.10.34, a un murube de Carmen de Federico), de nuevo Belmonte y en la misma corrida Alfredo Corrochano (22.09.35, toros de Coquilla), al siguiente domingo el madrileño Curro Caro y el regiomontano Lorenzo Garza (29.09.35, a sendos astados de Fermín Martín); poco antes, el preciado galardón había ido a parar a manos de Manolo Bienvenida (02.06.35, de un toro de Pérez de la Concha) y poco después a las de Domingo Ortega (10.05.36, del quinto de Murube).  De modo que el de Ventura viene a ser el noveno que un lidiador obtiene en los 87 años de vida del coso de Las Ventas.

Read 16 times
More in this category: « San Isidro IV
Login to post comments
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…