De las ferias regionales de esta temporada la que continúa cronológicamente a Xico –que ya vimos de qué indignante manera se clausuró– es Teziutlán. Y allá fuimos, a El Pinal, un coso con mucha tradición y sabor al que lo señores Llerena han puesto de lujo, con una moderna cubierta que deja en el medievo las pintorescas carpas de antaño. Y para empezar, este plato fuerte: Jerónimo y Joselito Adame, mano a mano con seis de Piedras Negras. Naturalmente, la plaza se llenó. Y visitar Teziutlán significa disfrutar de la calidez de su gente y comer como reyes, pues la cocina serrana, de la más sencilla a la más sofisticada, conserva un toque de sazón inequívoco que la hace única.

Piedras Negras retorna

El encierro de la prócer vacada tlaxcaltecaa –hermoso, serio y con edad– tuvo casta reconcentrada y mucho que torear. Y salió arreando, nada de puyacitos simulados: había que pegarles y, para empezare, al primero se le castigó de firme. Con ese abreplaza –encastado de inicio, aplomado en la muleta– Jerónimo no anduvo cómodo en la faena y sí bastante moroso con la espada. Le pitaron. Más tarde dispondría de lo mejor del muy buen lote de Marco Antonio González sobresaliendo el quinto, tercero del poblano. Un toro por el que los ganaderos, padre e hijo, fueron llamados a compartir el triunfo del torero, culminación de una gran tarde. Piedras Negras, con esta corrida, alcanzó el nivel que todo mundo espera de una divisa señera y una crianza comprometida con la mejor tradición y la bravura auténtica.

Jerónimo, puesto y dispuesto

Si con el abreplaza no estuvo, a los otros dos les dio fiesta a placer y sin titubeos, lo mismo en sentidos lances de mentón encajado y suerte sabrosamente cargada, rematados con esa media personalísima que tanto prodiga ahora, que en quites de ahondado o pinturero trazo. Y en ambas faenas –más pródiga la del cárdeno “Mezcalero”, que como no hay quinto malo mereció honores de arrastre lento– llevó la muleta muy baja en derechazos y naturales dimensión y lentitud asilveriadas. Si al muletear al tercero destacó una tanda izquierdista de escándalo, con “Mezcalero” armó el alboroto toreando sobre la derecha –por el otro pitón el cárdeno se ceñía y buscaba– en series perfectamente ligadas e invariablemente rematadas con larguísimos pases de pecho. Se adornó en ambos por manoletinas de rara cadencia. Y los mató, eso sí, más pronto que bien, paseando la oreja del tercero y las dos del quinto, algo protestada la segunda porque la estocada estaba visiblemente desprendida.

Dejó sensación de torero en plenitud, que anda con gusto y a gusto, expresivo y sobrado, ante toros de verdad, como sin duda lo fueron los piedrinegrinos.

Magistral Joselito

En Teziutlán, a diferencia de otras plazas, la gente está acostumbrada a ver tumbos estrepitosos y astados duros de pelar. También a que a los toreros les hierva la sangre y les dé por justificarse. No quedó defraudada porque el primero de Joselito Adame salió como flecha del toril, sacó astillas del burladero y derribó a César Morales, el primero de a caballo que se le puso delante. José se sintió retado por la encastada bravura del correoso animal y, muleta en mano, le pudo en todo momento. Y le corrió la derecha con raza de torero y poderío de maestro. Tanto que el animal acabó por rendirse, afectando al final el nivel emotivo de una faena de mucho fondo y positivo mérito, no bien comprendida por el grueso del público, que protestó la segunda oreja.

Con sus otros dos adversarios, José mantuvo el mismo tono dominador y de constante entrega, pero ni los piedrinegrinos colaboraron ni él estuvo breve con los aceros.

Ponce de León y El Zapata

En menudo aprieto se vio este columnista el jueves pasado, en Huamantla, al tener que compartir cartel con dos toreros de verdad, que además resultaron excelentes y acuciosos lectores. Se trataba de presentar “Ofensa y defensa de la tauromaquia” al público de dicha ciudad –cuya feria anual vive sus mejores días–, y ambos demostraron, sin necesidad de mencionarlo directamente, que toreros que ignoran la historia de la Fiesta terminan siendo toreros sin historia. Alejados del autismo de otros colegas suyos, los dos se manifestaron muy conscientes del peligro que corre la Fiesta y decididos a apoyarla activamente, el de Tlaxcala delante del toro y ambos en cuanta tribuna apropiada los convoque.

Si Ponce de León lo puso de relieve en su breve y sustanciosa intervención, con la que, como buen primer espada, abrió plaza y rompió el fuego, aportando en todo momento una visión del toreo basada en una formación ética y taurina que algo daríamos porque fuera hoy la dominante, Uriel Moreno sorprendió a todo mundo con un aplomo profesoral, al grado de llevar señaladas abundantes páginas del libro con breves anotaciones personales, reveladoras de gran agudeza y talento. No tuvo tiempo de leerlas y comentarlas todas, cosa que nos hubiera encantado a los presentes (como Rafael Gil “Rafaelillo”, entre otros destacados personajes); pero con lo que pudimos escucharle, relativo a la profundidad en el toreo –no la que se atribuye al simple hecho de torear llevando bajos los engaños, sino a ese especial estado de gracia que, independientemente de consideraciones técnicas, invade al torero en los instantes culminantes de su arte–, o al misterio o magia del toreo, y su autointerrogación acerca de lo que se pierde, en términos de expresividad y verdad, si ese extraño ser vestido de luces no es capaz de sentir miedo incluso en lo mejor de una buena faena. Observaciones, en fin, que revelan en El Zapata a un hombre de sobresaliente inteligencia y, simultáneamente, a un artista sensible y preocupado por profundizar en los secretos de su oficio.

Ni que decir tiene que la pasamos de maravilla. Y que este columnista se siente obligado a manifestar sincero agradecimiento a la generosidad de ambos diestros, del numeroso público presente en el Museo Taurino anexo a la centenaria plaza de toros de Huamantla y al Instituto Tlaxcalteca de Desarrollo Taurino encabezado por Luis Mariano Andalco, entidad organizadora de los actos culturales paralelos a las corridas de feria. La tradicional de las Luces, mañana por la noche, reúne en su cartel al rejoneador Santiago Zendejas y a  Joselito Adame, Octavio García “El Payo” y Angelino de Arriaga con toros de Xajay, y para el cerrojazo, el sábado 18, están anunciados Luis Pimentel a caballo –con los Forcados Teziutecos–, y a pie Jerónimo, Nacho Garibay y Arturo Saldívar con ganado de La Soledad.

Sánchez Mejías y García Lorca

Precisamente un lunes 13 de agosto –como hoy, pero hace 84 años– fallecía en un hospital madrileño Ignacio Sánchez Mejías, una vez declarada la temible septicemia gaseosa en la herida –profunda pero no extremadamente grave–que la tarde del sábado anterior le había infligido “Granadino”, de Ayala Hermanos, en el pequeño coso de Manzanares, durante la primera corrida de esa feria manchega.

Se cerraba así la vida de un personaje extraordinariamente vital, que habiendo nacido en Sevilla tuvo en México su primer contacto con el ganado de lidia; que, a la usanza ya en desuso de siglos anteriores, inició su andadura como banderillero –de Corchaíto, de Belmonte, de Joselito El Gallo–, que se casó con Lola, hermana de los Gallos, y que un buen día decidió empuñar muleta y espada para hacerse matador. No sólo lo consiguió en un santiamén, sino que llegó a figurar en lo más alto del escalafón, y todo esto sin poseer más cualidades que un valor descomunal, viva inteligencia y carácter, mucho carácter.

Cuando ocurrió su percance mortal acababa de reaparecer, con 43 años, luego de un retiro de lustro y medio que dedicó a la literatura dramática –dos obras suyas llegaron a ser representadas en teatros de Madrid y Sevilla–, y a apoyar, con dinero y con sus vastas relaciones sociales, a los entonces jóvenes y desconocidos poetas de la célebre generación del 27, cuyo tributo de gratitud hacia el amigo desaparecido sería, en cambio, imperecedero. Cobró forma en las sentidas elegías que le dedicaron García Lorca, Gerardo Diego, Rafael Alberti y un sinfín de plumas de menor calado, quedando para la posteridad, por encima de cualquier otro poema póstumo escrito en castellano, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, que Federico García Lorca publicó a principios de 1935 como triste premonición de lo que habría de ocurrirle al propio poeta en las afueras de su Granada natal apenas estallada la guerra civil que ensangrentó a España y que contó también entre sus víctimas a los hermanos Ayala, criadores de aquel “Granadino” que, según relataba Fermín Armilla, que fue quien lo estoqueó, no ofrecía más riesgo que una marcada querencia hacia los adentros, de modo que Ignacio se entableró solo al insistir en un inicio de faena sentado en el estribo que le resultaría fatal. Como fatal fue su decisión de no dejarse operar en Manzanares sino en Madrid, lo que ligado a las deficientes y lentas comunicaciones de aquel tiempo resultó determinante para el funesto desenlace.

Por cierto, nuestro Fermín Espinosa le cortó el rabo y dos patas al  quinto toro de la fatídica tarde, en que alternaron también Simao da Veiga a caballo y Alfredo Corrochano.

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