Domingo, 27 August 2017 19:00

Manolete, a 70 años de su muerte

Escrito por  Alcalino
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Manuel Rodríguez Sánchez nació en la Córdoba andaluza el 4 de julio de 1917, y murió la madrugada del 29 de agosto de 1947 en el hospital de Los Marqueses, en Linares, población de la provincia de Jaén situada entre el sector oriental de la Sierra Morena  y la parte alta de la depresión del Guadalquivir. Su deceso llegó como consecuencia de la gravísima cornada en la ingle derecha sufrida la tarde anterior, en el coso de la misma localidad, al entrar a matar al quinto toro de Miura –“Islero”, número 21– durante la primera corrida de la anual feria de San Agustín, cuando alternaba con Rafael Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana II” y Luis Miguel “Dominguín”. El cartel más veces fotografiado, reimpreso y publicado en la historia del toreo, a tono con la extraordinaria resonancia del luctuoso suceso, que se llevó para siempre a quien posiblemente haya sido el torero más famoso e influyente de que exista memoria.

 

De aspirante desahuciado a mandón indiscutible 

Manolete fue muchas cosas en los pocos años que duró su ejecutoria taurina. Desde que, en 1933, empezó a acompañar en festejos diurnos y nocturnos las comicidades de la Banda del Empastre, lidiando un becerro en la parte seria del espectáculo, hasta el momento de su trágica muerte, que puso a vibrar los cables que transmitían entonces las noticias a todos los rincones del orbe, que en su caso incluyeron países donde jamás hubo corridas de toros. Hasta Winston Churchill envió sus condolencias a doña Angustias Sánchez, la madre del diestro, viuda de otro Manuel Rodríguez “Manolete”, matador también cordobés, de escaso cartel y fortuna esquiva, que falleció de muerte natural el año 1923.

Su primera liga con México se da por pura casualidad el 1 de mayo de 1935, al verse anunciado en la placita madrileña de Tetuán de las Victorias al lado de dos novilleros aztecas tan desconocidos como él –Silverio Pérez y Liborio Ruiz–, y el español Félix Fresnillo “Valerito Chico”, con ocho novillos de Esteban Hernández. Tan innominado era que se le anunció como Ángel Rodríguez “Manolete”, sea por error de la empresa o del impresor. Festejo intrascendente, del que resultó relativo triunfador el tal Varelito Chico. La actuación de Silverio fue calificada de “valiente”, pero a Manolete, en su resumen de la temporada del 35, Juan Ponce lo despachó de esta manera: “Es hijo del famoso (?) extorero de Córdoba Manuel Rodríguez y matando me gustó (…) Con el capote y la muleta es muy malo. Codillea, no manda (…) en sus faenas de muleta, dadas las condiciones excepcionales de sus dos novillos, probó a hacerlo de todo (…) y todo tan soso, tan insulso, con tanta carencia de arte, de estética y de gracia que se puede dar algo por no volver a ver a este equivocado novillero…”

 

Levantar la fiesta en un país roto 

El “equivocado novillero” de Córdoba sorteó como pudo los rigores de la guerra civil (1936–1939), época de la cual data su nexo con José Flores “Camará”, olvidado diestro cordobés que de joven alcanzó a alternar con Gaona, Gallito y Belmonte, y que durante los años de la contienda toreaba cuanto festejo podía, incluso corridas mixtas, en una de las cuales, en 1937, conoció al nuevo Manolete; y tanto llamó su atención el novel que, a poco de eso, decidía apoderarlo. Se iniciaba así un vuelco histórico en el concepto mismo del apoderamiento, pues, a partir de Camará con Manolete, esa especie de secretario del torero a cambio de un pequeño estipendio pasó a convertirse en el proyectista y gestor de su carrera hasta en los mínimos detalles. Desde entonces, si la capacidad de su torero lo respaldaba, el universo taurino lo domina el apoderado.

Ya novillero puntero, Manolete –bajo el influjo de Camará– decidió apresurar su alternativa, otorgada por Chicuelo en la Maestranza de Sevilla en presencia de Gitanillo de Triana II con el toro “Mirador” de Clemente Tassara (02.07.39). Por cierto que, en los registros de la ganadería, el bicho estaba registrado con el nombre de “Comunista”, palabra innombrable bajo el represivo control del franquismo victorioso.

Eran tiempos difíciles para España y para la tauromaquia: la mayor parte de las ganaderías castellanas fueron arrasadas por los ejércitos de uno y otro bando, y la escasez de ganado se correspondía con la de toreros con fuerza taquillera, pues las antiguas figuras sonaban rancias a los oídos de un pueblo hambriento y ahíto, y el surgimiento de nuevas lo había cegado brutalmente la guerra. Sobre ese promontorio de desaliento generalizado plantó Manolete su bandera, y no tardaría en trasformar la crisis en imperio de su arte. Seguramente, los mismos que alguna vez lo acusaron de codillero y desabrido tuvieron que rendirse ante la evidencia de un toreo de serenidad, quietud y magnetismo personal avasalladores. El mismo con el que triunfó desde la tarde misma de su alternativa y la de su confirmación en Madrid (12.10.39, de manos de Marcial Lalanda, con Juanito Belmonte Campoy como segundo espada –también confirmante– y, por delante, un novillo de Antonio Pérez de San Fernando para el mismísimo Juan Belmonte, en calidad de rejoneador). Poco después, era la sensación y gloria de toda España. Y no sólo la taurina.

 

Manolete en México 

Ya era Manuel la primera figura nacional, incluso sobre toreros tan considerables como Pepe Luis Vázquez, Pepín Martín Vázquez, Antonio Bienvenida o Luis Miguel Dominguín, cuando llegó la hora de su presentación en México. Suspendido el intercambio de toreros entre su país y el nuestro a raíz del boicot de 1936, al reanudarse las relaciones con la firma del primer Convenio, Camará se abstuvo de presentarnos a su pupilo en el invierno de 1944–45, por lo que el debut de Manolete en El Toreo de la Condesa se produjo hasta el 9 de diciembre de 1945. Padrino de su confirmación fue Silverio Pérez, y testigo Eduardo Solórzano. Con “Gitano” de Torrecilla, que abría plaza y resultó alegre y noble, el Monstruo de Córdoba armó un escándalo monumental y le cortó el rabo. Realmente era un torero imperial, desde que abría su capote hasta que consumaba el volapié con verdad absoluta; en su toreo, el mando se basaba en la quietud y la severidad de su arte magnífico en un temple de ensueño. Entrevistado por la revista valenciana Triunfo poco antes de la tragedia de Linares, al evocar una tarde capaz de sintetizar su carrera a través de logros y sensaciones opuestos, el Manolete eligió esta del 9 de diciembre del 45: “ese día –declaró– viví con la mayor intensidad las dos caras de la fiesta; la del triunfo absoluto, y la del dolor de una cornada lejos de los míos”. En efecto, al recibir al segundo de su lote, “Cachorro”, éste le había causado, de seco derrote, una herida grave en el muslo derecho. Lacónico como era, al ser inquirido sobre el genio avieso del “Cachorro”, Manolete comentó. “la cornada no me la dio el toro, me la dio Silverio, con las barbaridades que le había hecho al anterior”. Se refería a la célebre faena del texcocano con el cárdeno “Cantaclaro”, cuarto de la histórica corrida.

En México, Manolete participó en dos temporadas grandes. Inauguró la Plaza México el 5 de febrero de 1946 –con El Soldado y Luis Procuna, toros de San Mateo–y le cortó a “Fresnillo” la primera oreja en los anales del coso. En total, toreó en nuestra república 38 festejos, 17 de ellos en la capital, donde cortó hasta siete rabos y cuajó las faenas absolutamente inolvidables de “Gitano” (09.12.45), “Monterillo” (05.02.46), “Espinoso” (16.02.46), “Platino” (17.02.46) y “Manzanito” (11.12.46). Claro que encontró réplicas no menos geniales en alternantes de la talla de Armillita, Garza, Silverio, Procuna e inclusive el veterano Chucho Solórzano. Y tanto arraigó en México y en el alma de sus aficionados que seguramente, con convenio o sin él –sus paisanos lo rompieron nuevamente a principios de 1947– habría vuelto una y otra vez, a torear o simplemente a disfrutar de la vida, de no haberse interpuesto “Islero” en Linares aquella tarde aciaga de agosto.

 

¿Qué sucedió realmente?

 

Un suceso, el de la trágica muerte de Manuel Rodríguez Sánchez, en torno al cual se ha tejido una cadena de mitos y consejas prácticamente inextricable. Desde el presunto afeitado del miura que lo mató –para nada descartable, dados los hábitos impuestos por Camará a empresas y ganaderos–, hasta la casi certeza de que el colapso que acabó con su vida se debió a la transfusión de un plasma sanguíneo en mal estado, ordenada por Jiménez Guinea, el famoso médico de toreros urgentemente traído de Madrid por Gitanillo de Triana a bordo del lujoso Buick azul de Manolete. O la negativa de Camará y Alvaro Domecq a permitir que Lupe Sino, la amante del Monstruo, pudiera acompañarlo en sus últimos momentos… o el incierto destino del enorme capital reunido por Manolete a través de sus ocho años en la cumbre más alta de la torería.

Algo que no lo convierte en el mejor de la historia, pero sí en el de más cotizado y famoso de su época. Y uno de los más geniales de todos los tiempos.

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