Cada historia tiene algún héroe irrepetible, distinto a todos los demás. Pero la de la tauromaquia mexicana cuenta al menos con dos, nacidos en la misma casa. En realidad, Armando y Silverio Pérez Gutiérrez no tienen parangón en ningún otro rincón del microuniverso taurino. Tan distintos fueron que, incluso físicamente, en nada se parecían. Los hermana el hecho de ser hijos ambos de don Alberto y doña Asunción, y haber quedado huérfanos demasiado pronto. Esto convertiría al mayor en sostén de una prole numerosa en tanto heredero del viejo camión y el negocio de carnitas del padre. Responsabilidad a todas luces excesiva para un joven tan inquieto y temperamental como deseoso de apurar su propia existencia.

Carmelo (1908–1931). No acababan de pasar las turbulencias de la Revolución y ya Armando había elegido un porvenir atípico: sería torero, y para no angustiar a la madre viuda, decidió modificar su nombre y aparecer como Carmelo Pérez en los carteles. Del calvario de principiante acabaría librándolo Puebla –ciudad que iba a unir a los Pérez Gutiérrez en más de un sentido–, al convertirlo en su ídolo novilleril del verano de 1928. Incluso terminó tomando ahí la alternativa, en terna curiosamente idéntica a la de su doctorado definitivo, meses después, en el DF. Lo que no impidió que, a pocos minutos de la ceremonia, mandara bien lejos a su padrino Cagancho solo porque éste le aconsejó prudencia, al ver que el neófito realizaba irreflexivas locuras con un bicho de cuidado.

En realidad, Carmelo fue un innovador, un adelantado a su tiempo que, en 1929, no solo aguantaba de modo inverosímil embestidas broncas y sin pulir, sino lo hacía además metido en el viaje de los astados, llevando muy bajos los engaños y sin otra defensa que un temple extrañamente escapado del futuro. Para su presentación en México (05.05.29) lo anunciaron como “un novillero que asusta”, y sus nerviosos balbuceos ante el primero que le soltaron fueron tomados a chacota por la concurrencia, al grado que un gritón de sol que le espetó: “asustas… pero por feo”. Seguramente, el tipo se contaría entre los que, tras abandonar anticipadamente el coso, volvieron atropellándose al tendido, atraídos por el alboroto que el debutante estaba armando con el sexto de Ajuluapan, ganadería enclavada en el estado de Puebla. Y quizá fuera también de los que pasearon en hombros al nuevo fenómeno, llamado a rivalizar de inmediato con el maduro y poderoso Esteban García Barrera, abocado ya a la alternativa y eje de aquella temporada chica de 1929. Alternativa que Esteban nunca llegó a tomar, pues un boyancón de Queréndaro lo mató en Morelia en la nocturna del 2 de noviembre de ese año.

Al día siguiente, domingo 3, y contrariando opiniones sensatas, se doctoraba Carmelo en la capital con los mismos padrino (Cagancho) y testigo (Heriberto García) de su prematura alternativa poblana. El del doctorado, “Granado”, de Piedras Negras, lo trajo a mal traer, dando la razón a quienes veían en ese doctorado una insensatez llena de riesgos. Claro que Carmelo, rebelde a todo y a todos, se desquitó con un faenón de alarido al cierraplaza, “Madrileño”, que le valió una más de sus tumultuosa salidas por la puerta grande. Nadie contaba entonces con la cornada de “Michín”, de San Diego de los Padres, (Toreo, 17.11.29) que iba a apartarlo casi un año de los ruedos y, a la larga, precipitaría su muerte.

El sandieguino, retinto y bajo de agujas, de la reata de Saltillo y hermano de “Sangre Azul”, toro nobilísimo al que Rodolfo Gaona había inmortalizado años antes en el propio Toreo (14.01.23), resultó un bicho extraordinariamente codicioso y fiero, al que Carmelo recibió de capa muy cerrado en tablas con sus acostumbrados parones de manos bajas y zapatillas enterradas en la arena: pero “Michín” no estaba para eso, le comió terreno con un celo felino y se quedó con él al tercer lance. Lo que siguió fue la cogida más horrenda que El Toreo haya presenciado en su historia; el madrileño Antonio Márquez, primer espada esa tarde, asegura que nunca en su vida vio a un toro más ferozmente cebado en su presa. Siete cornadas recibió Carmelo en el medio minuto –tal vez más– que duró la cogida, particularmente sangrienta la que le atravesó por completo un muslo, pero técnicamente mortal la que le interesó y desgarró la pleura. Sobrevivió, casi de milagro, gracias a la pericia de los cirujanos Xavier Ibarra y José Rojo de la Vega. Incluso pudo volver a torear. Pero estaba ya marcado por la muerte.

El trágico final. Sin el testimonio del cinematógrafo y a tantos años de distancia, el nombre y la breve existencia de Carmelo son hoy pura leyenda. Sabemos que nunca se recuperó de la cornada en la pleura, y que solo su férrea voluntad le permitió superar precariamente un sufrimiento constante y atroz. Hay quien dice; sin embargo, que al reaparecer toreaba mejor que nunca. Pero, completamente debilitado, le costaba un mundo estoquear, y aun ligando tandas increíbles de naturales, ya casi nunca cortó orejas.

Cuando en la primavera de 1931 viajó a España, siguiendo la costumbre de la época, que permitía a los mexicanos en masa participar en la dura temporada peninsular, se ahogaba de tal manera al respirar que, en su única corrida, la de Corpus en Toledo, solo pudo despachar al primer toro de Terrones antes de pasar a la enfermería. El médico titular de la plaza de Madrid don Jacinto Segovia –padre del poeta Tomás– el cual, al sobrevenir la guerra civil española, haría de México su patria de adopción, le practicó entonces una operación, desaconsejada por los facultativos mexicanos, para cerrarle la herida del costado. Ya no levantaría cabeza hasta que una pulmonía otoñal se lo llevó, en la capital española, el sábado 18 de octubre de 1931, mientras sus paisanos toreros se embarcaban alegremente de regreso a la patria.

Silverio (1915–2006). Confesaba él mismo que decidió hacerse torero por el coraje de tener que lidiar días enteros con la burocracia aduanal en Veracruz, para rescatar los restos de su hermano Armando (Carmelo en los carteles). Lo cierto es que, a querer o no, debutó en 1933 en el poblano coso del Paseo Nuevo, y duró cinco años de novillero antes de tomar la alternativa en un recién estrenado Toreo de Puebla. Quien le cedió el primero de esa tarde, “Estudiante” de la Punta, fue Fermín Espinosa “Armillita”, que lo venía apoyando desde España, donde, en 1935, Silverio llegó a alternar, en la placita de Tetuán, con un Manolete tanto o más desconocido que él. Testigo fue Paco Gorráez.

El doctorado poblano (06.11.38) se lo refrendaría el mismo Armilla en el DF (11.12.38). Al año siguiente se marchó a torear a Portugal, alternando por supuesto con Fermín, y desde abril de 1940, cuando cuaja a “Pizpireto” en El Toreo de la Condesa, será figura estelar de la baraja más opulenta y lujosa que la tauromaquia nacional haya reunido jamás.

Inmortalizador de toros inolvidables (“Modelo”, “Guitarrista”, “Pescador”, “Divertido”, “Peluquero”, “Caraba”, “Cocotero”, “Cantaclaro”, “Barba Azul” y, entre tantos más y sobre todos ellos, “Tanguito” de Pastejé, el memorable 31 de enero de 1943), esteta de temperamento desigual pero sentimiento, profundidad y temple incomparables, se despidió el 1º de marzo de 1953 estoqueando en la México a “Malagueño” de San Diego de los Padres. Y legándonos la certeza de que existe un modo de sentir y hacer el toreo inequívocamente mexicano, y que nadie volverá a encarnarlo con la dejadez y expresividad extraordinarias del Faraón de Texcoco.

Lo que tanto se repite de otros –eso de ser torero de toreros–, Silverio lo vivió como nadie. En una época de agudas rivalidades y discordias entre los ases –Armilla, Garza, Balderas, Solórzano, El Soldado, Liceaga, Manolete, Arruza–, él armonizó con todos y logró que la torería de su tiempo lo viera no como un adversario a vencer sino como un fuera de serie capaz de hacerles a los toros lo que nadie. Y todo sin abandonar una sencillez y un compañerismo absolutamente desusados en el medio.

Otro tanto se ha escrito de Nezahualcóyotl, aquel extraño monarca texcocano que eligió la poesía sobre la guerra y fue amado por sus súbditos y querido incluso por sus enemigos, a los que rendía, más que por las armas, por la fuerza de un talante humano extraordinariamente magnánimo y gentil.

Nacho Pérez. Sobre la estela de la popularidad extraordinaria de Silverio se montó durante cierto tiempo el hermano pequeño de los dos anteriores, Ignacio, que encontró ciertas facilidades para debutar en El Toreo, e incluso llegó a hacer el pasíllo en una recién estrenada Plaza México, sin pasar nunca de novillero segundón.

Fue éste tercer eslabón de la dinastía texcocana una simple anécdota, un agregado a la saga familiar borroso y pasajero, en absoluto dotado para destacar artísticamente en los ruedos. Digamos que no le faltó voluntad ni decoro para mantener a salvo la indispensable dignidad torera. Pero su paso por la fiesta resultó completamente intrascendente.

Read 55 times Last modified on Monday, 18 September 2017 09:58
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