En lo que hace a plazas y ferias de primera, El Pilar tiene el cerrojo a la temporada española. Y este año encerraba especial importancia para nuestra torería la presencia de tres mexicanos en su cartelería, potenciada por la alternativa que uno de ellos –Joselito Adame– le otorgaría a Leo Valadez. Pero es que, además, la feria lucía compacta y maciza por todos los flancos, incluida la presentación de Roca Rey en el coso de La Misericordia, y la de una divisa francesa –la de Robert Margé– que había llamado la atención desde los corrales por el cuajo y la leña de su encierro.

La tercia mexicana. Con los voluminosos toros franceses cumplía Luis David Adame su décimo contrato en la temporada europea. Ese domingo 8 la plaza no se llenó, pero quien allí estuvo no lo lamentó. Bueno el encierro de Margé, con David Mora favorecido por el mejor lote; sin aprovecharlo del todo, consiguió cortarle la oreja al cuarto. El segundo espada, Román, enseñó el carácter y la decisión que tanto han contribuido a sacarlo del anonimato, pero esta vez mostró además mayor seguridad y cierto empaque. También le correspondió un astado de premio, el segundo, pero la espada se llevó el presentido trofeo. Pero la faena tuvo emoción permanente y muchos detalles valiosos. El valenciano promete reforzar su papel de animador la próxima temporada, crucial para él.

¿Y Luis David Adame? Se encontró de primeras con que el auspicioso burel de su debut se lesionaba una parta al saltar al callejón, y tuvo que ser devuelto. El sustituto, de El Torreón, no salió igual: poca clase y deslucida salida del muletazo. Pero el de Aguas se apretó con él y metió al público en su faena, hasta ponerle el corazón en un puño con la tanda final de bernadinas. Tres descabellos redujeron el homenaje a una salida al tercio.

Con el sexto, un torazo imponente y con mucho que torear, la disposición de Luis David rompió con todos los obstáculos. De pie y de rodillas, con la diestra y con la zurda, el mexicano estuvo muy por encima del molesto animal hasta imponerse, con la entrega por delante pero toreando y pudiendo siempre. Es verdad que se la jugó, pero sabiendo los cómos y los porqués. Y como se volcó con la espada hubo oreja. Un triunfo de ley.

La alternativa. “Agitador”, con 507 kilos, se llamó el de Fuente Ymbro con el que Leo Valadez se hizo matador de toros. Fue un toro negro, fuerte y que siguió con obediente codicia los engaños. Cuando Joselito Adame le entregó muleta y estoque, Leo se arrodilló en los medios e inició por derechazos su faena. De pie, mejoró con la zurda los redondos de las dos primeras tandas. Y cuando “Agitador” empezó a tardear, se puso nuevamente de hinojos para desafiarlo de frente y en corto, a pecho descubierto, y ligarle varias manoletinas en esa postura. Todo –hasta un quite por zapopinas que había levantado clamores– se esfumó con la espada. Salida al tercio y ovación al toro en el arrastre.

Encorajinado, Valadez se ajustó desde el primer momento con el cierraplaza, que no tenía la misma calidad. Sí el torero, muy resuelto ante el bicho más descompuesto y agresivo del sexteto, tanto que lo volteó aparatosamente cuando aguantaba con la derecha una bronca embestida desde largo. Sobresaltada la faena, hasta ligar dos tandas formidables con la izquierda. El estoconazo permitió por fin que la gente respirara. Y solicitara la oreja, que se concedió con entera justicia.

Joselito. “Los momentos serenos de la tarde los vivió e hizo vivir Joselito Adame con el descaradísimo sobrero de Fuente Ymbro, toro apagado y un punto distraído que el torero de Aguascalientes tuvo enseguida en la mano y metido en vereda como en madejas suaves, lindas y templadas, firme la figura, sin trampeo. Una última tanda de naturales sacados con tenaza fue soberbia.” Así describe Barquerito la segunda faena del padrino de la histórica alternativa, luego que el sosote primero le negara cualquier oportunidad de lucimiento. Al cuarto lo pinchó, pero aun así era faena de premio. José recorrió el anillo bajo una catarata de convencidos aplausos.

Garrido. Testigo de la efeméride del doctorado de mexicano a mexicano fue José Garrido. Y el extremeño mantuvo, a sangre y fuego, su impronta de torero que aúna plasticidad y entrega a partes iguales. Aunque esta vez acentuara lo segundo, a juzgar por la manera en que se arrimó al fiero ejemplar de Lagunajanda reemplazante del quinto Fuente Ymbro. Su estoicismo ante la bronquedad le costó un volteretón que hubiera puesto fuera de combate a cualquiera –llevaba una cornada cerrada en el gemelo–, pero a Garrido le agitó la casta torera y su final de faena fue un puro alarido. La oreja, merecidísima, se sumaba a la que ya tenía en la espuerta por una faena de corte más sosegado a su buen primero.

Cayetano herido, Ponce bajo palio y Ureña en hombros. Para el miércoles 11 estaba anunciada la alternativa de Jesús Colombo, mas la grave cornada que el venezolano sufrió el domingo en Valencia obligó a posponer el acontecimiento. Ginés Marín, que lo sustituía, no tuvo toros. Sus alternantes, sí.

Los encabezados se los llevó la herida de tres trayectorias que el bravo y noble segundo, de Parladé, le infligió a Cayetano cuando citaba en corto con la muleta en la izquierda. Había tenido sabor y ligazón la primera parte de la faena y el público estaba encendido. Y como el hijo de Paquirri tuvo el rasgo de volver a la cara del toro con un sangrado impresionante –cornada limpia pero muy extensa–, y como además se volcó en la estocada, las orejas de “Manzanito“ fueron su justa recompensa. Y es que el toreo, cuando a la emoción estética la potencia el drama, dimana una fuerza irresistible.

Enrique Ponce concluyó en Zaragoza el periplo más feliz de su dilatada trayectoria. Haga lo que haga, la crítica en pleno lo jalea, la suerte con los toros lo acompaña, la gente está con él. Y el de Chiva se viene arriba, le da por su lado a todo mundo y redondea una tarde tras otra. Así en La Misericordia, donde tras estrellarse en un desabrido abreplaza le cortó la oreja al cuarto, dio una vuelta más en el que despachó por Cayetano y acabó la temporada como la había empezado: en plan triunfal y entre piropos.

Otro tanto –por algo lo he llamado el Ponce de los medianos– acontece con Paco Ureña. Por supuesto, el lorquino contiende con toracos que el valenciano sólo mira por la tele, pero él sale a arrimarse, de preferencia descalzo, y no se cansa ni se arredra venga como venga la embestida. Unas veces da en clavo y otras en la herradura, pero todo le ovacionan y, pese a su irregular espada, le llueven las orejas. Dos en este caso, una por toro del mejor lote de Antonio Bañuelos corrido el jueves 12, con paseo en andas al canto. En cambio, a Curro Díaz y El Fandi les costó un potosí levantar algún murmullo aprobatorio. Y eso que estuvieron en toreros, dentro de lo que cabe.

Talavante y Roca Rey. La corrida estrella fue la del viernes 13. Por cartel, por entrada y por resultados. La primera de seis orejas se la cortó al primero de Cuvillo un Castella académico y templado, ante embestidas un tanto sosas de tan suaves. A los dos suyos, el de la oreja y el de la salida al tercio, el francés los estoqueó por todo lo alto.

Talavante puso un broche imperial a su temporada con el triunfo más concluyente de esta feria, acaso la más redonda del año. Bueno a secas su lote y desbordante el torero, que paseó uno y dos trofeos respectivamente. A Alejandro no se le ve ni se le reconoce lo suficiente su constante compromiso con la maestría como ajuste a las condiciones de cada toro, con la exposición auténtica como cercanía máxima de los pitones, con el temple como acendrada lentitud, y con la frescura y la originalidad como clasicismo no encorsetado sino libre a la imaginación y la inventiva. Pero la segunda oreja del probón “Contento” la empujó un público entregado. Hasta ese punto se reconocen los zaragozanos en este torero desde la tarde en que les regaló su inolvidable faena a aquel formidable jabonero, “Esparraguero” de nombre y también de Núñez del Cuvillo (09.10.2011).

Roca Rey debutaba en Zaragoza. Y su tarjeta de presentación, con el terciado y veleto “Tortolito”, primero suyo, fue el quite de la feria. O de la temporada, quizá. Fue un manojo de lances mexicanos que estremeció a la plaza hasta los cimientos: un echarse el capote a la espalda a la manera de Lorenzo Garza, una tanda de gaoneras en los medios, seis o siete, que fueron ganando en ceñimiento, suavidad y mando mientras el torero imitaba a una estatua gris plomo y plata con las plantas separadas y los brazos sueltos, la luminosa caleserina final y una ampulosa, lentísima revolera. Después estuvo siempre en su sitio –el de una figura en plenitud–y cobró una oreja por toro. Pero todo eso, siendo mucho, quedó en simple apéndice de aquel minuto maravilloso.

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