Sabido es que hace tiempo perdí toda identificación con el público de la Plaza México, que había sido para mí el aula en donde me formé como aficionado. No abundaré una vez más en los numerosos motivos, pero me urge referirme al último de ellos. Quizás porque me aplastó como una losa el domingo anterior, en la tercera corrida de la temporada. Esa tarde vi a la multitud –menos de medio aforo– venerar de tal manera a Enrique Ponce que resulta difícil recordar nada semejante. Y no me refiero a la fuerza emocional desatada, pues en innumerables ocasiones la fluida inspiración de un torero, la conjunción de su arte con la casta de un toro determinado, incendiaron de entusiasmo a la gran cazuela y pusieron sus tendidos al rojo. No fue eso, no, sino algo mucho más inquietante.

Y mi extrañeza sigue ahí, intentando descifrarse a sí misma, tratando de entender los por qués del multitudinario delirio, a impulsos, simplemente, de la presencia de un torero. Que por bueno que sea y por mucho aprecio que se le tenga, está obligado a actualizar sus relevantes cualidades delante de un toro para, entonces sí, recibir todos los honores que se quiera, tal como ocurrió siempre. Así fueron las apoteosis de los Armilla, Garza, Manolete, Camino, Martínez, El Cordobés y tantos más. A Ponce, en cambio, se le aclamó sin pausa casi desde que apareció por la puerta de cuadrillas. Y lo hacían los mismos que luego se mostraron particularmente esquivos con sus jóvenes alternantes. Claro que el valenciano estuvo bien, y hasta muy bien a ratos, a cambio de la mucha coba que dio con su acostumbrado repertorio de pico, patineta, abrazos, molinetes en la cola y la indispensable poncina, bajo cataratas de aclamaciones. Sin que distinguieran sus fanáticos la mies del rastrojo porque para ellos todo era maravilloso. Ahí radica, precisamente, el quid de mi extrañeza. O, para ser más directos, de mi franco desconcierto.

 

Cortázar al quite. Pertenezco a la gozosa cauda de lectores anónimos que crecimos al tiempo que el llamado boom latinoamericano ofrecía sus mejores frutos, décadas de 60 y de 70 del siglo pasado. Y en mi santuario particular –Borges y Rulfo se cuecen aparte–, el sitio de honor lo ocupan el colombiano García Márquez y el argentino Julio Cortázar (Bruselas, 1914–París, 1984). De éste celebrábamos con deslumbramiento su prosa lúcida y juguetona al par, singularmente poética y humanizante. Y no sigo por ahí porque éste no es un espacio de crítica literaria sino taurina. Pero es el caso que uno de los relatos cortos del gran cronopio –el titulado “Las ménades”– me visitó de súbito mientras del graderío bajaban como un alud las desproporcionadas manifestaciones de idolatría hacia Ponce, durante y al final de su faena al salinero de Teófilo que regaló. Y que luego, con pocas excepciones, serían exaltadas con parecido furor en los medios que aún hablan de toros.

 

De “Las ménades”. El tema del cuento cortazariano es un concierto de música clásica en el único teatro de una ciudad de provincia. A lo largo de 25 años, el director de la orquesta local –hechura suya– ha visto crecer su prestigio entre los lugareños hasta extremos de veneración absoluta. Y el concierto de aniversario parece lo más a propósito para el desborde admirativo. El resultado será, efectivamente, apoteósico. Solo que hay una falla, una fisura que se va ensanchando en el alma del narrador conforme la velada transcurre y las masas acrecientan su entusiasmo. Entresaco algunas cláusulas del antológico relato, por si el lector gusta cotejarlas con lo ocurrido el domingo con Enrique Ponce. Yo ya lo he hecho, y la analogía entre ficción y realidad es francamente asombrosa. Vean si no:

“Una vez más, el viejo zorro había ordenado su programa con esa insolente estética que encubría un profundo olfato psicológico, el gran masaje vibratorio que era su especialidad, astutamente dirigido a los habitues de nuestro teatro, gente bien dispuesta que prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer… A veces pienso –decía con entusiasmo la señora de Jonatán–, que el Maestro no solo ha hecho historia, sino que ha formado un público a su medida… El Maestro entraba y salía, con destreza estudiadamente elegante… Guillermina Fontán jadeaba apresurada, ella y su esposo se miraban con lágrimas en los ojos, conmovidos por esa fraternidad en la admiración… Me pregunté una o dos veces si las ejecuciones justificaban semejantes arrebatos de “su” público, pero los homenajes son las grandes puertas de la estupidez y presumí que los adictos al Maestro no eran capaces de contener su emoción… a la derecha, dos o tres plateas más allá, vi a un hombre inmóvil, con la cabeza gacha. Un ciego, sin duda… solo él y yo nos negábamos a aplaudir. Hubiera querido estar a su lado, hablarle. Alguien que no aplaudía esa noche era digno de interés… el resto se rompía las manos, nadie se quería quedar atrás… La fuerza de la ovación empezaba a alimentarse a sí misma, crecía por momentos y se tornaba casi insoportable… De las galerías altas venía un fragor que obligó al Maestro a alzar la cabeza y saludar haciendo una reverencia… aquello exacerbó el entusiasmo… era más bien un reblandecimiento sentimental en el que todos fraternalmente se reconocían… aquella multitud de la que formaba parte inexcusablemente me daba de pronto entre lástima y asco… tal vez buscaba en ese instante asimilarme al ciego, que permanecía rígido y sin aplaudir… Los clamores eran incapaces de detenerse, como si en ese jadeo de amor que venían sosteniendo el cuerpo masculino de la orquesta con la enorme hembra que era la sala entregada, ésta no hubiera querido esperar el goce viril y se abandonara a su placer entre retorcimientos y gritos de insoportable voluptuosidad… los aplausos y las exclamaciones confundiéndose en una materia insoportablemente grosera y rezumante pero llena a su vez de cierta grandeza, en el preciso momento en que el Maestro, igual que el matador que envaina su estoque en el toro, metía la batuta en el último muro de sonido y se inclinaba hacia adelante como corneado en el impulso final… Saludó solemne, y al hacerlo miró a su derecha, donde un hombre medio histérico acababa de saltar al escenario, seguido por varios más… Cientos de pañuelos funcionaban como olas de un mar que crecía grotescamente… Hasta el doctor Epifanía, un buen melómano, consideró que el Maestro había estado genial. Lo curioso es que en todo momento yo había tenido la impresión contraria y no sentía ningún deseo de sumarme a esas demostraciones y al coro de las alabanzas que se multiplicaban… Sentándome en una platea solitaria dejé que pasaran los minutos, mientras iba notando el decrecimiento de los gritos que al fin cesaron, la retirada confusa y murmurante del público… uno que otro individuo se desplazaba como borracho… Cuando me pareció que ya se podía salir y atravesé el largo pasillo… me sorprendió un brusco tropel que encabezaba una mujer de rojo mirando altaneramente, y cuando estuve a su lado vi que se pasaba la lengua por los labios, lenta y golosamente se pasaba la lengua por los labios que sonreían.”

Si usted, al leer la genial descripción que del ficticio concierto hace Cortázar reemplaza las palabras teatro, sala, platea y escenario por plaza, coso, barrera y ruedo. Y si en vez de concierto ymelómanos piensa en toreo y afición, tendrá la descripción exacta de mis impresiones del domingo 3, ante la apoteosis kitsch del divo de Chiva.

 

Desvalorizar lo propio. No quisiera pensar que la distancia sideral entre la arrebatada respuesta a Ponce y la notoria frialdad hacia los espadas nacionales se haya debido a la apostura (y las posturas) del Quetzalcóatl valenciano, ni que el rudo trato dispensado a Joselito Adame estuviese inspirado en lo oscuro de su tez, lo exiguo de su talla y su rictus congelado y tenso, dentro de un terno azul rey que parecía quedarle grande. Después de todo, El Payo es rubio y esbelto, y la gente lo trató apenas un poco mejor que al hidrocálido. Y eso que Octavio trazó aquella serie de suavísimas verónicas, rematadas con media de lujo, y luego, en su faena a “Murmullo” –el docilón pero descastadísimo sexto– hasta me recordó, al correr con exquisitez la diestra mano, al viejo Humberto Moro y su izquierda de oro. Prefiero quedarme con la idea de que el fervor acrítico e incontenible por el español se debió a que supo pregonar a los cuatro vientos que cedía sus emolumentos a los damnificados del sismo (por medio de Carlos Slim, ese desinteresado benefactor de los desamparados). Lo cual no justifica que la merecida oreja otorgada a El Payo se protestara a causa de un pinchazo en lo alto, mientras, por otro lado, se levantaba un improcedente coro de “¡rabo… rabo…!” cuando el juez Braun limitó el premio al ídolo hispano a dos apéndices del obsequiado “Vivaracho” –y ya fue mucho–, luego del sartenazo caído y trasero que utilizó para pasaportar al pajuno sardo de Teófilo Gómez.

En cuanto a Joselito Adame, la injusticia no pudo ser más flagrante. Empero, alguien debiera leerle con urgencia un manual sobre las cosas que no debe hacer nunca un aspirante a figura. Cosas como la zambullida a portagayola, el entrar a matar con un sombrero charro en vez de muleta tras una faena meritoria pero que no había conmovido a nadie, o su insistencia en cubrir el segundo tercio, que domina mal y que pudo costarle algo más que una paliza terrible. Dada su probada vergüenza torera, ese feo revolcón seguramente le dolió menos que el rechazo y desdén de la veleidosa multitud.

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