En México existe desde hace años la discusión sobre cómo debe denominarse el quite en que el torero, en el último tiempo de un lance natural, gira sobre sí mismo para quedar en posición de repetir el lance por el otro pitón. En España llaman a eso navarra; en nuestro país, Pepe Alameda impuso la denominación de chicuelina antigua, con el argumento irrefutable de haberla visto realizar varias veces a su creador, antes de que el propio artista sevillano estrenara lo que todos conocemos por chicuelina; Alameda, además, certifica haber presenciado el estreno madrileño de ésta última en la corrida de Beneficencia del 10 de julio de 1925, en la plaza de la carretera de Aragón. Desde las hemerotecas, el ABC y otros diarios de la época confirman el suceso.

Ahora bien, ¿la chicuelina actual, la moderna, es, como el mismo Alameda afirma, “una afinación, por ajuste, de la antigua navarra”? En la Tauromaquia de Pepe Hillo, la navarra es descrita como un lance de capa en el que el torero “va tendiendo la suerte, y cuando (el toro) ya entra en jurisdicción, y está bien humillado, le arranca la capa por bajo, y con ella da una vuelta sobre los pies, volviendo a quedar de cara con el toro”. El texto, dictado por José Delgado al periodista José de la Tixera a fines del siglo XVIII, no aclara si el giro debe ser a favor o en contra del viaje del astado. En el primer caso, más que “chicuelina antigua”, el lance actual, que interpretara como nadie El Calesero, debería denominarse navarra; pero si el giro fuese en sentido contrario al impulso inicial de la suerte –como el cronista hispanomexicano argumenta– la razón le asiste a él y no a sus actuales colegas españoles, miméticamente imitados de este lado del Atlántico. Personalmente me inclino por el criterio de Carlos Fernández Valdemoro (alias “José Alameda”), sobre todo desde que vi, gracias a uno de los invaluables filmes de la colección de Julio Téllez, cómo Rodolfo Gaona, en 1910 y en la plaza de Irapuato, embarcaba al toro como para dar una verónica, y al concluirla, aprovechando que el astado prolongó hasta lejos la embestida antes de volverse, giraba sobre sí mismo en una especie de chicuelina sin toro, suerte que repite varias veces hasta integrar el quite completo. Un quite por navarras, evidentemente. Razón por la cual Alameda señala que las chicuelinas últimas de Manolo Jiménez son en realidad una “afinación de la antigua navarra”. Lo cual legitima, a mi parecer, seguir llamando chicuelina antigua al lance en el que el diestro gira en favor del viaje del toro. Aunque no lo haga con la cadencia, la gallardía y el sabor con que lo hacía nuestro añorado Calesero, el capotero más fino, elegante y original que conocí.

Del gran Pepe OrtizPero con el capote, superior a cualquiera ha sido “El Orfebre Tapatío” Pepe Ortiz, artista y creador nato que adornaba musicalmente las ariscas e irregulares embestidas de los toros de los años 20 y 30 del siglo pasado para inventarse los quites más bellos que se conocen, aunque poco se practiquen. Y aunque les cambien la denominación al antojo del “cronista” de turno, plagio frecuente en el caso de la tapatía o galleo con el capote a la espalda –como en la gaonera–, que Ortiz acostumbraba realizar avanzando hacia los medios luego del puyazo, y sus imitadores modernos hacen en sentido opuesto, es decir, para colocar al toro en suerte delante del picador. Una belleza, de cualquier manera. Y más meritoria, y por lo mismo menos común, que esa otro galleo en que el “Orfebre Tapatío” trazaba sus medias chicuelinas al paso que la crítica de su tiempo llamó “el quite por las afueras”, y que ahora se hace hacia los adentros, no para alejar sino para llevar al toro hacia el caballo.

La fértil imaginación orticista, ese don de improvisar que tuvo siempre, abierto su capote musical para atemperar, someter y embellecer embestidas fuertes y a menudo inciertas, derivó con frecuencia en desconocidos prodigios que escapaban a cualquier intento de denominación, de ahí que quedara para los restos como quite de oro la sucesión de lances dándole al toro la espalda y girando con el capote sujeto por detrás –de nuevo, como en la gaonera– con aquel “Periodista”, de La Laguna (28.01.34), en una corrida por la Oreja de Oro que no hubo más remedio que otorgarle, al final de la corrida y por pública aclamación, al maravilloso Orfebre Tapatío.

La orticina. Pero hay otro quite excepcionalmente bello de Pepe Ortiz que ya nadie practica y que guarda notoria analogía con la chicuelina antigua, ésa que muchos siguen llamando navarra: como en ella, el torero gira sobre sí mismo en favor del viaje del toro, sólo que anticipando ligeramente el giro a modo de embarcar al animal con el envés de la tela –la cara amarilla del capote–, lo cual proporciona al lance una precisión y un ajuste superiores a los de la falsa navarra. Sólo la he visto realizar una vez, y fue a un artista de la talla de Jesús Solórzano Pesado, que la dibujó primorosamente con un cárdeno de Mariano Ramírez en la despedida de Luis Procuna (10.03.74), y luego le dedicó el quite por televisión al mismísimo Orfebre Tapatío, quien veía transcurrir el último año de su vida en su refugio íntimo de San Miguel de Allende.

 

La mariposa. Creación del torero de Vaciamadrid Marcial Lalanda del Pino, su propio autor pormenorizó el origen de ese peculiar galleo en que, dando el pecho al toro y llevando el capote sobre los hombres y sujeto por detrás, se da tocando alternativamente al toro por uno y otro pitón a la salida del caballo. Según afirmación de Lalanda al periodistas Ángel Caamaño “El Barquero”, lo ensayó por primera vez en la hacienda jalisciense de La Punta hacia 1927–28, y más tarde lo llevó a las plazas. En México, el mejor especialista del mismo –con ritmo y cercanía que superaban la versión de su creador– fue Alberto Balderas. Yo solamente se la vi realizar a Valente Arellano, aunque es fama que la hacía muy bien Jesús Córdoba –creador, por otra parte, del bello quite de la cordobina–, al grado de provocar un altercado con Carlos Arruza, el 20 de noviembre de 1951, en Irapuato, enojado el Ciclón por considerar que, al tocarse en ese tipo de quite ambos pitones de un toro suyo, el leonés le había estropeado la embestida, dejándolo muy avisado para la faena de muleta.

Valente Arellano. El malogrado y sensacional torero de Torreón, además de atreverse con el repertorio orticista casi al completo –tapatías, quite de oro, chicuelinas ambulantes y, excepto la orticina, casi todo lo demás– fue un renovador del primer tercio tanto por el rescate de suertes en desuso u otras más recientes pero poco practicadas en su tiempo –caleserinasfaroles invertidos, tafalleras, vizcaínas, crinolinas…– como por sus aportaciones personales, de las que la complicada valentina, similar pero no idéntica a la crinolina ideada por “El Charro” Eliseo Gómez, y de la cual haría más tarde una personal creación nada menos que José Miguel Arroyo “Joselito”, otro artista del primer tercio con iniciativas de exhumador de suertes añejas, que él apodaba caracolina.

Herencias y parentescos. En cuanto a la hoy tan frecuentada zapopina –que no lopecina, aunque rabie El Juli–, fue creada por Miguel Ángel Martínez “El Zapopan” sobre la base del antiguo cambio de rodillas, que Fernando Gómez “El Gallo” patentó a finales del siglo XIX y en México popularizaron en los primeras décadas del XX Rodolfo Gaona y Juan Silveti. Como en el lance de El Zapopan, ellos tomaban con una mano, unidas, una punta del capote y la esclavina, y al producirse la embestida, la embarcaban dando amplio vuelo a la tela para, al producirse el embroque, envolverse en la capa para despedir al astado por un costado, ladeándose ligeramente. La diferencia está en que lo que ahora es un quite a pie en el que se van ligando estos vistosos lances, el cambio aquél se hacía de hinojos y a la salida del burel, que en teoría, en virtud de ese ímpetu inicial, se iría lo suficientemente lejos para no comprometer al diestro al revolverse; así y todo, el mérito era infinitamente mayor, dado que, arrodillado, el diestro no podía enmendarse en absoluto, como a menudo vemos hacerlo, rauda y socarronamente, en el quite actual. En su libro biográfico “Mis veinte años de torero”, Gaona recordaba haber dado ese lance al último toro en la inauguración del coso madrileño de Carabanchel (Vista Alegre: 15.07.1908); era el crepúsculo, había poca luz y el cornúpeta –un buen mozo de Carreros– acudió al florido cite paso a paso. Pero el futuro Califa de León consumó el cambio limpiamente, con tal dosis de emoción que, según aseguraba, “dos francesas se desmayaron en el tendido”.

Parabienes. Inútil pretensión sería querer agotar de un simple vistazo el interminable repertorio capoteril de la tauromaquia. Reciba el lector este pálido sobrevuelo a ojo de pájaro por tan opulento y poco visitado vergel como un modesto presente navideño, animado, eso sí, por los mejores deseos del columnista para que la vida y la Fiesta sigan su curso lo más venturosamente que sea posible.

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