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Supongo que, por más que uno se esfuerce por evitarlo, siempre seremos un poco injustos con el presente en beneficio de los recuerdos y remembranzas de nuestros años mozos, de ese deslumbramiento del primer contacto, ese caer abrumado de luz y preguntas ante la revelación del toreo. En mi caso coincidió con una muy interesante baraja, cronológicamente encabezada por los Tres Mosqueteros y clausurada por el León de Tetela Joselito Huerta. Hoy, cuando el sentido deceso de Juan Silveti, último testimonio vivo de aquellos grandes, hace volver la vista atrás, el hijo del “Meco” retorna a la memoria como paradigma ejemplar del toreo clásico, tan raro de ver con la pureza que alcanzó en las manos de Silveti. Que no fue el más taquillero de su época, ni quien triunfara con mayor asiduidad, ni el que duró más en el candelero. Pero en materia de bien torear, ha habido muy pocos de su nivel aquí o allá. Entonces y en cualquier tiempo.

 

¿Tigrillo? El estilo de Juan Silveti Reinoso nada tenía que ver con la temeraridad cruda y ruda de su padre. Toda la fiereza del “Tigre de Guanajuato” era sutileza y suavidad en el “Tigrillo”, como se conoció al segundo Juan Silveti en sus primeros tiempos. Había abandonado sus estudios en la UNAM, subyugado por la tauromaquia campirana que abrevó en Piedras Negras, y una fulgurante campaña novilleril en la temporada chica de 1949 lo condujo a la alternativa, recibida de Fermín Rivera el 15 de enero de 1950, con el toro “Colegial” de La Laguna y Manolo dos Santos por testigo. Que lo sería también de su confirmación madrileña, recibida de manos de Antonio Bienvenida minutos antes de desorejar a “Pavito”, de Manuel Sánchez Cobaleda, el de la ceremonia. Acaba de reanudarse el intercambio taurino hispanomexicano, y “Giraldillo”, cronista titular del ABC, escribió lo siguiente: “Por ver a Silveti, pueden darse por bien empleados todos los trabajos hechos para arreglar el pleito… es un torero completo, seguro, con arte… perfecto con el capote, extraordinario con la muleta” (17.06.51).

 

Las Ventas, su plaza. Con Lorenzo Garza, Carlos Arruza, Curro Rivera y Joselito Adame, Silveti integra el quinteto de toreros nuestros que más asiduamente triunfó en el coso venteño. En nueve actuaciones madrileñas, iba a cortar Juan siete orejas y ser llamado a dar la vuelta al ruedo tres veces más bajo fuerte petición. Y todo esto con ganaderías ajenas al circuito comercial de las figuras. Solamente en 1952 –su año más triunfal– abrió la puerta grande por duplicado, tras quedarse solo con cuatro toros de un corridón de Pablo Romero: heridos sus alternantes Rovira y Pablo Lozano, además de dar la vuelta en otros dos astados desorejó por partida doble a “Campero”, quinto de la tarde (25.05.52); y luego, en la corrida del Montepío, desorejaría a “Granillero” y “Grillito”, dos buenos mozos del Conde de la Corte para salir en hombros al lado de Antonio Bienvenida y Manolo Carmona (12.10.52), uno de los contados festejos que han quedado grabados en los anales de Las Ventas. Ese año, en una de las corridas del verano, había alternado con otro paisano, el leonés Antonio Velázquez, y ambos cortaron sendas orejas a ejemplares de Juan Pedro Domecq, en terna con Rafael Llorente (22.06.52). Tres diestros que el mismo cronista calificó de “incómodos”, probable razón por la que los dos mexicanos no fueron incluidos en la isidrada siguiente. Para Velázquez, además, fue esa su última tarde en Madrid.

Pero no para Silveti, que regresó Las Ventas cinco veces más, ya en tono menor, luego de pasear su último apéndice madrileño (26.04.53), el número siete de su cosecha. En  total, en sus cuatro temporadas españolas –del 51 al 54– iba a sumar la respetable suma de 74 corridas, incluida su gran tarde sevillana en la corrida de la Prensa del 17.06.54, cuando le cortó las orejas a un ejemplar de Guardiola, y sin olvidar su triunfal paso por Bilbao en las Corridas Generales de 1953 y una herida grave en Linares en el aniversario seis de la muerte de Manolete; se desquitó abriendo la puerta grande al año siguiente (29.08.54).

 

La México, remisa. En México mantuvo Juan su posición de figura durante más de una década aunque sin prodigarse mucho en la Monumental, donde faltó varios años por defender su cotización frente a la cicatería del empresario Gaona, primero, y del nefasto Ángel Vázquez después, cuando incluso se sumó al grupo de inconformes con el estilo beisbolero del empresario cubano que acabaría por retirar de los ruedos al propio Silveti y a Jesús Córdoba, casualmente los dos de su generación que más profunda huella habían dejado 10 o 15 años atrás en ruedos españoles. Donde los últimos de la esa generación que triunfaron resueltamente en la península fueron José Huerta y Alfredo Leal, ya bien entrados los años 60, en los que Silveti no se movió de América.

La primera de ocho orejas obtenidas en el embudo de Insurgentes se la cortó, a cambio de una seca cornada, al burriciego “Tío Fel”, de Zacatepec, cuando cumplía ya su tercera temporada grande (29.12.53). Y el 15.04.56 cortó por primera vez dos orejas a un mismo toro, “Guerrita”, de Piedras Negras; pero su año grande fue el que cerraba la década estrella de su carrera, pues obtuvo sendos rabos en actuaciones consecutivas, el de “Holgazán” de La Laguna (10.04.60), y el de “Esclavino” de La Punta (15.05.60); a esos dos faenones yo agregaría, como superior a todos, el que cuajó con “Farolero” de Valparaíso en Cuatro Caminos, en aquel memorable beneficio a Curro Ortega en que estuvieron cumbres Arruza a caballo y Capetillo, Silveti y Huerta a pie. Cuatro actuaciones históricas entre las que sobresalió, por empaque, sello y señorío la del cachorro del viejo Silveti, que ofreció con “Farolero”, desde las mecidas verónicas hasta el dibujado volapié, un perfecto modelo de majestad, clase y sabor toreros.

Todavía prolongaría Juan esa sensación de imbatible en su estreno de la temporada siguiente: llenó la México y bordó imponente faenón con “Marinero”, de La Laguna, que le habría supuesto un rabo más de no mediar par de pinchazos, que redujeron los premios a una oreja (08.01.61); pero ésta fue, contra cualquier pronóstico, la última suya en la Monumental. Antes de llamarse a silencio iba a dictar otro par de cátedras en la grande de 1961–62, que con tal de eludir los altos impuestos del DF Gaona trasladó a El Toreo de Cuatro Caminos. Allí, Juan inauguró la serie cortándole la oreja a otro lagunero, “Sacristán”, por una de las faenas más justas, limpias y toreras que recuerdo (31.12.61); y semanas después, perdió con el acero la de un probón animal de El Rocío, cuando extrajo, de embestidas inciertas, pases completísimos, de temple ejemplar (04.03.62). Nótese el grado de exigencia de la afición capitalina de entonces, que medía el otorgamiento de apéndices con un rasero de severidad tal que sólo se premiaba lo excepcional.

En total, Juan Silveti Reinoso hizo en la Plaza México 23 paseíllos y cortó ocho orejas y dos rabos. Su última comparecencia se saldó de manera penosa: lejos de su mejor momento, trazó sin embargo una impecable faena con “Agua Azul” de Torrecilla, tan noble como soso; empero, la sosería del bicho contagió al tendido, y en vez de ovaciones brotaron protestas (29.01.67). Algo incomprensible, como con extrañeza reportaron en sus reseñas cronistas tan expertos como Juan Pellicer, Alfonso de Icaza y “Jarameño”, entre otros. Hasta es posible que la decepción resultante haya precipitado la retirada de uno de nuestros toreos más clásicos, que se fue por la puerta trasera, sin la atención ni los honores que su ejemplar trayectoria merecía.

 

Recuerdos personales. Mi admiración por Juan permaneció intocable. Tanto que recuerdo como si fuera hoy las tres veces que estreché su mano. Y lo que le pude decir mientras lo abrazaba con fuerza en el homenaje que se le rindió en El Relicario en 2002 creo que nos emocionó hasta humedecernos levemente las pupilas. Antes, vestido de celeste y oro, me había dado su autógrafo al final de una corrida en que el ganado le malogró la tarde a la terna con más arte de su generación, formada por el propio Silveti, Humberto Moro y Alfredo Leal (20.11.61). Por último, lo pude saludar con idéntico afecto a la entrada de la Plaza México, siempre yo como aficionado anónimo y él como el maestro sencillo y risueño –y hasta socarrón, según sus allegados– que toda su vida fue.

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