Bullfighting llaman a esto los gringos, tan despistados como de costumbre. Porque sólo en su interpretación más primitiva puede concebirse la corrida de toros como pelea. Pugna misteriosa y acaso necesaria –necesaria desde la perspectiva simbólica, que es como decir humana– no plantea una lid con armas idénticas, sin otro móvil que la destrucción del oponente o el exhibicionismo narcisista, sino la superación mediante el ingenio de una fuerza formidable de la naturaleza. Como la derrota de lo instintivo por lo racional es aquí cuestión de vida o muerte, el rito le otorgó al hombre poderes sacrificiales de victimario. Pero en tauromaquia el desenlace no está asegurado de antemano aunque el programa señale como víctima al animal,  ya que le otorga a éste el derecho a revertirlo todo sobre la marcha y transformar al sacrificador en su víctima. Para garantizar tan singular paradoja, ambos deben entrar en liza con sus armas íntegras. El rigor del rito, la lealtad al mito, lo exige así. Y el reglamento taurino lo marca (otra cosa es que se respete).

Competencias

Dado este esquema de base, la corrida de toros es más un diálogo entre la fuerza y el ingenio que un duelo entre un verdugo y su presunta víctima. La naturaleza diversa de los contendientes acrecienta el interés de la pugna. Y la masa que la sigue, en su avidez, aspira siempre a que sea quien la representa el que prevalezca. Es lo humanamente deseable, dentro de la avanzada complejidad del montaje simbólico. Y es lo que normalmente ocurre, a menos que el destino –el toro– lo desbarate.

Pero la misma riqueza espectacular del duelo determinó, desde épocas lejanas, que ciertos toreros, al descollar sobre los demás, suscitaran vehementes adhesiones. De ahí la relevancia histórica de los emparejamientos que en distintos momentos reclamaron los públicos, con tal de ver batirse a esos ídolos cuya peculiar manera de superar el peligro establecía, en el imaginario colectivo, una comparación de poderes y estilos que pronto derivó en la exigencia de verlos alternar toro a toro sin terceros que aplazaran su pugna directa. El mano a mano nació de parto natural, hijo de la estética emotiva de la lidia.

Históricos

Las épocas más fértiles del toreo coinciden con la pugna entre parejas famosas, de la de Pepe–Hillo y Pedro Romero a la de Joselito y Belmonte. Esto en España, porque en México, la pugna Armilla–Garza prevalece sobre cualquier otra, incluida la también crucial de Lorenzo con Luis Castro. Entre unas y otras, hay constancia de choques no menos ríspidos que, si nos concentramos en nuestro país, incluyen a los diversos retadores de la hegemonía de Gaona –el Meco Silveti, por ejemplo, o los sevillanos Juan Belmonte y Sánchez Mejías–, hasta la época más floreciente del toreo mexicano, marcada a fuego por la gran temporada 1936–37, en la que nuestra tauromaquia se sacudió el colonialismo hasta entonces dominante gracias al irrepetible grupo de figuras que, encabezados por Fermín Espinosa  “Armillita”, integraban, por orden de alternativa, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, y posteriormente Silverio Pérez y Carlos Arruza, ya sin tantos manos a mano como en los históricos años 30, cuando la cifra, en el viejo Toreo, llegó a 80.

Imposible olvidar la contribución de los ases iberos que llegaron a convertirse en favoritos de la afición mexicana, artistas de la talla de Manuel Jiménez “Chicuelo” o Joaquín Rodríguez “Cagancho”, que desde luego no fueron los únicos que dejaron aquí honda huella, pero si los que más persistente y significativamente se enfrentaron mano a mano con lo mejor de la torería de su tiempo, entre la segunda y la cuarta década del siglo XX, cuando lo hizo también Domingo Ortega. Figuras hispanas posteriores, como Manolete, aportarían lo suyo, pero ya sólo en carteles de tres o más alternantes.

En la México

Su estreno coincide con el de los modernos usos administrativos –Camará, Gago, Dominguín padre–, reacios a la confrontación directa en plazas grandes, aunque pareciera desmentirlo aquel mano a mano inaugural entre Silverio y Manolete (16.02.46), parejamente triunfal, por cierto, pero que no modificó la tendencia. Misma que los apoderados locales abrazaron gustosos, aunque quedara margen para alguna pugna entre dos dictada por la mera nostalgia –un Garza–Silverio o un Garza–El Soldado completamente extemporáneos–, o por el coraje indómito de ciertos toreros –concretamente Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez, dos llenaplazas que nunca rehuyeron la pelea–. Al León de León y al Volcán hidrocálido se debe, precisamente, el mano a mano más triunfal –en el recuento de apéndices– que la Plaza México ha presenciado (27.03.49, con Torrecillas). Porque los que esporádicamente se fueron dando interesaron más bien poco, señal de su sinsentido. El ArruzaDos Santos, por ejemplo, no tuvo más objeto que amplificar el maratoniano gesto de la pareja al anunciarse en tres ciudades distintas un mismo día (Morelia, DF, Acapulco, 01.04.51); y nadie logró explicar la iniquidad de enfrentar a un Armillita desmotivado y sin facultades con el radiante Julio Aparicio en lo mejor de su gran campaña mexicana de 1954… Y así por el estilo.

Raro ha sido un mano a mano legitimado por el clamor de la afición, como cuando se debatía sobre quién, si Fermín Rivera o Emilio Ortuño “Jumillano”, era el máximo triunfador de una temporada arrasadora de ambos. El domingo anterior (20.02.55) habían cortado sendos rabos. Hervía el ambiente. En esas circunstancias, Alfonso Gaona olió el negocio y se apresuró a anunciarlos mano a mano, lo cual, cosa rara, ambos aceptaron sin rechistar. Incluso aviniéndose a que la corrida se celebrara en sábado, ya que al día siguiente tenían contratos foráneos que cumplir. Falló el ganado –flojito, de Coaxamaluca– pero la gente había agotado el boletaje y los espadas, con tal de no defraudar la expectación, apelaron al torito de obsequio (y de nuevo, sendos rabos, de “Traguito” de Tequisquiapan y “Lucerito” de Ernesto Cuevas: 26.02.55). También funcionó bien el téte a téte entre el venezolano César Girón y el poblano Joselito Huerta, otro par con los riñones bien puestos, como los picantes Piedras Negras que los pusieron a prueba (22.01.56).

En el reino de MM

De Manolo Martínez pueden decirse muchas cosas negativas pero no que le faltaran carácter ni agallas para defender su sitio en el ruedo, sin rehuir la confrontación directa con nadie. Por algo posee el mayor número de manos a mano en la historia de la Monumental, aunque solo fueran nueve (contra 50 de Armillita y 44 de Garza en El Toreo de La Condesa). De sus cuatro con Curro Rivera invariablemente emergió victorioso, el último al festejarse la corrida 500 de la Monumental (09.03.80). Sólo el bravo Antonio Lomelín le ganó al norteño la pelea gracias a su faena de rabo al magnífico colorado “Luna Roja” de Xajay (30.03.80), lo que no quiere decir que Manolo no haya dejado de tocar pelo en una tarde de confrontación real, no ficticia. Antes, MM había aceptado, sin ceder un ápice, el desafío de gallos de cresta tan colorada como Joselito Huerta y El Niño de la Capea. La siguiente generación lo tomó ya en pronunciado descenso, pero aun así se avino a contender tanto con Miguel Armilla (abúlicos ambos) como con un Jorge Gutiérrez pletórico, que literalmente lo sacó de la Fiesta (04.03.90: última corrida de la fructífera historia taurina del as regiomontano).

Por lo demás, el mano a mano obligado, ése que se deriva directamente de la pareja marcha triunfal de dos espadas con capacidad para arrebatar, ha escaseado en el historial de nuestro coso máximo. Inclusive cuando el clamor popular lo reclamaba y ni empresas ni apoderados ni diestros respondieron, dejando perderse en el vacío las voces que pedían el choque directo entre Huerta y Camino (1962–63), o entre El Capea y Gutiérrez (89–90). A cambio, la competencia auténtica fue suplantada otras veces por meras ocurrencias, como eso de enfrentar a heterodoxos sin arraigo (Cordobés hijo–Glison, 25.12.95) o a artistas desiguales hasta en la edad (El Pana–Morante, 06.01.2008). Por no hablar de otros manos a mano sin pies ni cabeza, registrados a lo largo de los 71 años que la Plaza México tiene en pie.

Recuento

De los 58 habidos en la gran cazuela, sólo 20 entre diestros mexicanos –conclusiones a cargo del lector–, el último de ellos aquel pleito simulado entre El Zotoluco y Rafael Ortega, hace ya la tira de años (28.11.2004). Las confrontaciones hispanomexicanas suman a la fecha 32, con seis más entre un mexicano y un extranjero no español. Y los participantes más asiduos han sido Manolo Martínez (9); El Zotoluco (7); Curro Rivera (6); Manzanares padre, Jorge Gutiérrez y Miguel (5); José Huerta y Enrique Ponce (4); Silverio, Velázquez, Cavazos, Capea, Manolo Mejía, El Juli y Joselito Adame (3); Garza, El Soldado, Fermín Rivera, Rafael Rodríguez, Capetillo, Mariano, Caballero, Rafael Ortega, Nacho Garibay, Castella, José Tomás y El Payo (2); hay otros 27 espadas con una sola participación. Y de todo ese mar, muy poco quedó a salvo de la opacidad y el olvido.

Read 159 times
Login to post comments
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…