Jerónimo Ramírez de Arellano Muñoz es quizá el último torero no escolarizado de México. No que careciera de un aprendizaje formal –lo tuvo, de la mano del maestro Raúl Ponce de León–, sino que nunca cursó su enseñanza taurina en alguna de las escuelas españolas a las que acuden regularmente nuestros actuales aspirantes. Es, en ese sentido, un torero de otro siglo. Y, tal vez por lo mismo, un torero distinto. Con virtudes y defectos propios, no “aprendidos”. Y, sobre todo, con sello, con estilo, con personalidad incopiable. Todo eso que el otro domingo estalló de repente ante más o menos mil espectadores en la Plaza México. Y que ha sido la faena más representativa en años del legítimo sentimiento mexicano del toreo. No en balde, Silverio mismo, en una sobremesa inolvidable, lo señaló con su media voz sosegada y dulce: “Éste es de los nuestros”, dijo. Y no agregó nada más. A buen entendedor pocas palabras.

La sobremesa de referencia tenía lugar en un salón–comedor improvisado en el patio de cuadrillas de “El Relicario”, la plaza de toros en la que Jerónimo recibiría la alternativa solo tres meses después. Nos había unido el deseo de conmemorar los cincuenta años de la alternativa del Faraón de Texcoco en otro coso poblano mucho más grande y capaz, El Toreo de Puebla, un 6 de noviembre de 1938. A su vuelta de España, donde había participado en el Encuentro Mundial de Novilleros vigente por ese entonces, había tenido Jerónimo dos tardes decisivas allí mismo, a pocos metros de donde agasajábamos al gran Silverio. Y a falta de contratos –ya las novilladas estaban sentenciadas a muerte por la empresa capitalina–, el paso obligado era la borla de matador, que le otorgaría Enrique Ponce el 6 de febrero del 99, una tarde en que el testigo, Rafael Ortega, se engulló tranquilamente a los dos porque toreó como nunca. 

Promesa sin cumplirNo es verdad que Jerónimo fuera la “eterna promesa” que nunca llegó a cuajar. El mismo año de su alternativa, apoyado comercialmente por el empresario de telecable Alberto Ventosa y con Ponce de León al lado, el poblano adoptivo fue carta de triunfo y de arte en Aguascalientes, Tijuana, Guadalajara y otras plazas clave del interior del país. Y arrasó en Puebla, donde se había dado a conocer como promesa, donde afianzó su cartel de novillero puntero y a donde regresó para cuajar una feria redonda. Hoy, cuando El Relicario es apenas un recuerdo, gracias a una nefasta sucesión de gobernadores hechos a gobernar a espaldas del pueblo, parece cuento de hadas una feria de nueve corridas como aquella de 1999. Con el Juli viajando entre San isidro y Puebla para participar en ambas, y Jerónimo imponiéndose a todos para alzarse como máximo triunfador. Y eso que por poco se le va vivo “Notario”, de Montecristo, con el que había cuajado una de las faenas más bellas de su vida: la “faena de los 24 descabellos”, se me ocurrió titularla para 6 Toros 6.

Todo ese ímpetu –40 corridas en el país, triunfales la mayoría y denunciando cada vez más sitio ante los toros–, quedó frenado al coincidir con su cambio de apoderamiento una confirmación sin pena ni gloria en Insurgentes (12.12.99, de manos de Litri, que se despedía, y como testigo Ponce, con una corrida imposible de Xajay). Lo que vino después fue para Jerónimo y partidarios pura incertidumbre, escasez de contratos, faenas a medio cuajar, sempiternos problemas con la espada y hasta algún intento por aldulterar su estilo, consecuencia, supongo, de la intervención de consejeros mal encaminados.

El resultado fue un torero básicamente regional, falto de apoyos en los medios y en los despachos, que daba una de cal y dos de arena. Un torero de destellos, ya no de faenas. Que aun así bordó unas cuantas para el recuerdo –a uno de Lebrija al que mató mal (01.05.2000); a muy serio astado de El Colmenar al que desorejó en festejo nocturno (19.03.04); y a un par de tíos de La Estancia con los que retomó su vena más profunda aunque los mató a pellizcos, mano a mano con José Rubén Arroyo (12.05.06)–. Siempre en El Relicario, y ya con eco muy escaso. Entre otras cosas porque, pese a cobrar algunas orejas de poco peso, la México nunca se le dio bien dada. Y menos todavía cuando se negó a adherirse a una Asociación de Matadores descaradamente manipulada por la empresa.

Al cabo de una lucha aparentemente perdida optó por hacer mutis, se casó con una chica argentina, se radicó en Teziutlán y se fue olvidando del tema, aunque esporádicamente volvía a calzarse el terno. Incluso en la México, donde llamó la atención, por sabor y solera, y hasta cortó una oreja más, hace ya cuatro temporadas (05.01.14).

La faena a “Vaquero”. 523 kilos pesaba el cuarto de Caparica, un negro mulato axilado con toda la barba, dentro de la corrida mejor presentada en años. Resurgió con él la verónica de Jerónimo, la mano que manda más alta de lo que se acostumbra, la barbilla encajada, como los riñones, y el cuerpo todo meciendo el toreo. Y la media, alta también, e igual de sentida, teniendo que escapar por piernas porque por ese lado “Vaquero” se frenaba. Pero al primer caballo lo derribó poderoso, y tras arrollar sin consecuencias a Jerónimo, que acudía al quite, se dejó pegar un segundo puyazo en toda regla. Luego, en el segundo tercio, esperó un tanto a los banderilleros, anunciando ya cierta probonería.

No le importó mucho a Jerónimo que, muleta en mano, se dobló con él. Lo rutinario pero con otro aire, cargada la suerte de torería. Y nada de encimismos: a los medios y a dar distancia. Y allí, sobre la derecha, un toreo como del inframundo, así de hundidos toro y torero. La muleta peinando la arena suavemente, “Vaquero” la seguía porque no tenía otro remedio. Y Jerónimo en éxtasis. Cuando, como remate de la tercera tanda, aún más dormida y prolongada que las anteriores, se cambió de mano la muleta por delante, en una suerte que, huyendo de modernismos al uso, pudieran haber facturado Gaona o Armilla, el hombre simplemente se estaba dejando ir, dejándose llevar por su propio yo torero, tan distinto al de cualquier otro. Para, sin ceder un ápice de terreno, rematar con el de pecho zurdo, larguísimo. Había iniciado esa serie –todas de seis u ocho muletazos prácticamente sin enmienda– con una alegre fedayina. Pero por el otro pitón, “Vaquero” se negó en redondo, poniéndose por delante y reponiendo con peligro. De vuelta a la derecha, tras dibujado trincherazo, Jero ya tuvo que obligar y tirar mucho del animal. Y entonces, a matar, sin manoletinas ni espaldinas ni adornos superfluos. Bastó con los hondos trincherazos para encandilar al bicho y torearlo en redondo, o para cerrar sabrosamente las tandas derechistas. Y los medios pases, ayudados por bajo torerísimos, que empleó para fijarlo y preparar la estocada. Yéndose en derechura, atizó un volapié neto, a toma y daca. Rodó “Vaquero”, que en manos de Jerónimo pareció mejor de lo que era. Los pocos centenares de eventuales presentes en el graderío, y los cabales que algo presintieron y se reunían en grupos pequeños aquí y allá, sacaron los pañuelos para solicitar frenéticamente las orejas del de Caparica. Una concedió Braun, dejando en el aire la insistente petición. Fue lo de menos. Porque ese hombre de negro y oro viejo –que había brindado la muerte de “Vaquero” a Pedro Caixinha, que antes de entrenador de equipos de futbol fue forcado– ya está curado de espanto.

No sabemos si el domingo 7 de enero de 2018 Jerónimo habrá tomado su segundo aire ni si eso le servirá para relanzar su carrera. Lo que sabemos es que es un hombre –y un ¡torero!– con cuarenta años de edad, y que El Calesero tenía 42 cuando se soltó el pelo. Y Antoñete frisaba los 50 cando se puso en figura. Y El Pana contaba ya 55 cuando inmortalizó a “Rey Mago”, hace ahora once años. Porque el arte grande no es cosa de edad. Casi diría que, salvo excepciones, no es cosa de jóvenes. 

Caparica y Juan PabloLa vacada michoacana de los señores Viezcas y Muñozcano ha debutado en la México con una corrida ejemplarmente presentada. Hubo un berrendo en cárdeno –“Divino”, el abreplaza, con 527 kilos–, y un tercer toro, el cárdeno “Ilusionista”, que deben ser los cuatreños más hermosos que han salido a la arena de la México en décadas. Y sin que hubiera más toro destacado que “Vaquero” –por el pitón derecho, claro– un dato más, para honra la divisa negro, tabaco y grana de Caparica: vimos dos tumbos y más puyazos en regla que durante muchos años en la México. Además, los seis, mal o bien, pelearon en los medios sin hacer por rajarse. Con dedicatoria clara a los que piensan que el toro de lidia mexicano es una reliquia del pasado.

En cuanto a Juan Pablo Llaguno, su  dedicatoria está dirigida a las empresas “mexicanas” que padecemos. Un torero con tantas posibilidades –cabeza clara, valor sereno, sello propio, finura y gracia– no puede ser un torero de tres corridas al año. Por ese camino, se lleva la Fiesta al despeñadero. Pero hay otro –el idóneo, el mejor– para el cual sobran toros y toreros de genuina valía en este país.

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