Cuando hace pocas semanas se tocó aquí el tema de los manos a mano celebrados en la Plaza México desde su inauguración –insustanciales casi todos–, más de un lector me inquirió acerca de los del viejo Toreo de la Condesa, en particular los que tuvieran por protagonistas a Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza, la gran pareja de la época de oro mexicana, tocados a la pasada en esa columna. Revivir aquello, que uno, por razones de edad, sólo alcanzó de oídas, equivale a sumergirse de lleno en un México que, identificado con más fuerza que nunca consigo mismo, su historia y su cultura, amaba las corridas de toros y se mantenía atento a cuanto en el entorno taurino ocurría, celebrando como propias las victorias de sus favoritos y sufriendo en carne propia sus reveses, en un tiempo en que las figuras ni pedían ni daban cuartel, y los toros, que lo eran de verdad, portaban permanentemente en los pitones la promesa de gloria y sangre indispensable para dotar de emoción y grandeza cuanto suceda en un ruedo.

Armilla, arrollador

Estadísticamente, Fermín Espinosa Saucedo no tuvo rival entre los grandes de la época de oro, que no eran cualquier cosa. Con Pepe Ortiz, el heredero cronológico y artístico de Gaona, alternó tres veces mano a mano. Y ocho con Alberto Balderas, siete con Jesús Solórzano y El Soldado, cinco con Domingo Ortega, dos con Silverio y Vicente Barrera, y una con Arruza, El Niño de la Palma, Cagancho y Curro Caro. Pero con ninguno fue tan enconada la pugna como con Lorenzo el Magnífico: ambos pusieron el coso de la Condesa a reventar en una docena de ocasiones, y si la expectación era siempre mayúscula, lo que suscitaban nada más abrirse de capa y desplegar sus muletas –aquellos engaños pequeños y sin apresto, de vuelo natural– no tiene descripción posible. Habría que haberlo vivido para comprenderlo, porque estos tiempos nuestros no sirven para dar idea de los niveles que el apasionamiento suscitado por los héroes taurinos de entonces. Anécdotas hay a pasto a propósito de aquellos agarrones legendarios, que de la arena pasaban al tendido y de ahí a la calle y a donde quiera se hablara de toros, que era en todas partes, pues hasta las abuelas terciaban en las discusiones y los maestros de escuela y los artistas populares y los creadores de la alta cultura, mientras gobernantes y políticos ponían a prueba la aceptación o rechazo de la gente presentándose con frecuencia en las plazas. Naturalmente, todo mundo toreaba, desde Cantinflas y Gabilondo Soler “Cri–Cri” hasta ídolos populares del cine y la canción, como Pedro Vargas o Jorge Negrete, por no hablar de militares y locutores famosos, estudiantes de las distintas facultades, artesanos y académicos de fuste.

Fermín cortó, en las doce confrontaciones directas con su casi paisano –Saltillo contra Monterrey– nada menos que 16 orejas y siete rabos, por seis y un rabo de Lorenzo. Éste se desquitaba arrasando en sus famosas encerronas con toros elegidos por don Antonio Llaguno para el torero de la casa, no otro que Lorenzo Garza Arrambide. Pero la disparidad en el número de trofeos no da idea de lo que aquellos encontronazos suponían para la afición en general y para armillistas y garcistas en particular. El delirio, el sacudimiento de pasiones más vertiginoso que ha conocido este país en materia taurina. Porque si Fermín imponía su maestría casi por decreto –por decreto y secreto de su portentosa, infalible grandeza en los tres tercios de la lidia–, la respuesta de Lorenzo podía ser el mitin más escandaloso… o la obra de arte de un genio del toreo dispuesto a pronunciar la última palabra.

Hay que suponer lo que serían las vísperas del quinto mano a mano entre los colosos del norte, anunciado como beneficio de Armilla para el 24 de enero de 1937.

Antecedentes

Cuando Garza irrumpió a su tempestuosa manera, Armilla estaba ya sólidamente instalado como primerísima figura, porque ni Balderas ni Ortega ni Solórzano habían podido con él en reiterados choques directos. Lorenzo se puso de moda a partir del 3 de febrero de 1935, en que se quedó solo con seis buenos mozos de San Mateo cuando el primero, “Madroño”, se llevó por delante a Balderas y le infligió un cornadón. Esa tarde, el regiomontano dejaría escrita una de las páginas más gloriosas del toreo en México, la de su consagración repentina y absoluta. El desafío era demasiado grande para que Armilla lo eludiera, cosa que, por lo demás, nunca acostumbró hacer, torero para todos los hierros y todos los alternantes. Pero, de entrada, fue Lorenzo quien cobró ventaja: ese 3 de marzo del 35, triunfando ambos, el único rabo se lo llevó a su casa.

La temporada previa al año del boicot supo del primer escándalo fuerte de Garza. Fue en la tercera confrontación entre ambos, luego que aventajara al de Saltillo en la segunda (salió en hombros y Fermín a pie: 01.12.35). Armilla, ansioso de revancha, anunció para su beneficio el mano a mano, Lorenzo irritó a las masas malmatando a su primero de ese día, y cuando quiso estirarse ante el cuarto se le echaron encima. Y entonces fue y directamente se inmoló, ante la injusticia se dejó coger por “Ropavejero”, heredándole a su alternante el resto de un encierro de La Laguna fuerte y encastado. Armilla no desperdició la ocasión, y aprovechando que “Zagalejo”, el sexto, resultó bravísimo, dictó con él una cátedra memorable y le cortó el rabo. Vino luego, estando ambos en España en plan arrollador, la negativa de los hispanos a alternar con mexicanos –el famoso boicot del miedo, llamado así por Juan Belmonte–, y en el invierno de 193637 la temporada grande más recordada de la historia: cinco mexicanos solamente, en una orgía de manos a mano. Eran éstos Fermín, Balderas, Solórzano, Garza y El Soldado. Allí reventó la época de oro.

De “Pardito” a “Sarnoso”

Fermín Espinosa –objetivo directo del boicot antimexicano–, se presentó justamente con Lorenzo, que en la corrida anterior, por contrastar con el triunfo de Balderas, desató una más de sus sonadísimas broncas. Los de San Mateo, escogidos, le prometían desquite, pero fue Armilla quien plantó su bandera en la cumbre y se hizo inalcanzable: a las orejas del abreplaza “Cantarito” y al rabo de “Garboso” acabaría añadiendo la pata del quinto, “Pardito”, que, autorizada o no, paseó entre aclamaciones en varias vueltas al anillo. Lorenzo, en plan de absoluta seriedad, empeñoso y torero con el lote menos propicio, terminó cortando la oreja del sexto, “Clavellino”. Pero, aun respetado por el público, su derrota estaba sentenciada. Y fue una derrota inapelable hasta para su prensa más adicta. Como para remacharla, Fermín lo propuso otra vez de único alternante en su corrida de beneficio. Y para mayor seguridad, mandó traer seis pavos de Xajay, ganadería dura, que le traía el recuerdo de su triunfo definitivo sobre Domingo Ortega.  Era el 24 de enero de 1937. Pasado mañana se cumplirán 81 años.

Los de Xajay salieron complicados, nada nuevo. Fermín lidió los suyos con aplomo y maestría, sin pasar apuros pero sin triunfar. La novedad radicó en el éxito clamoroso de Garza, que estuvo hecho un león toda la tarde, y puso en delirio a la multitud arrimándose como desesperado al sexto, “Sarnoso”, cuya enclasada bravura le permitió prodigar alardes de clase y señorío envueltos en su personalidad avasalladora. Le cortó las orejas, con petición de rabo y salida en hombros. Si no en las cifras, cuenta saldada en el ánimo de sus apasionados y cada día más numerosos partidarios.

Armilla restaura el orden

No tardó mucho Fermín en enseñar las uñas, pues en la Covadonga del mismo ciclo de 1936–37 izó los rabos de los parladeños “Cerillero” y “Carolino”, de La Punta, ganadería incómoda para Lorenzo como se confirmaría al año siguiente, en puntual reposición del mismo cartel con parecido resultado. Vinieron después años difíciles, marcados por la escisión sellada por el Pacto de Texmelucan y la temporada 1939–40, partida en dos por las facciones que encabezaban, precisamente, Armillita y Garza. De los otros cinco manos a mano entre ambos sobresale la apoteosis armillista del 16 de febrero de 1941, tarde gemela a la de “Pardito” hasta en la procedencia del ganado –de Torrecilla, vacada hermana de San Mateo–; ese día, Fermín también inmortalizó al quinto, “Chocolate”, y de matar bien les habría tumbado el rabo a los otros dos, “Flautista” y “Payaso”, pues estuvo en coloso toda la tarde. Para mayor similitud con el 20 de diciembre de 1936, Garza aminoró daños cercando con la zurda al sexto, “Capitán”, para cortarle la oreja.

Ya solamente quedaba una bala en la cartuchera del mano a mano más apasionante de la época. Y ambos la cubrieron con gran dignidad el 17 de enero de 1943, pinchando dos buenas faenas y respetándose y respetando hidalgamente su leyenda. Dos domingos después Fermín inmortalizaba a “Clarinero” y Silverio Pérez a “Tanguito” de Pastejé. Lorenzo, hostilizado por el influyente político y empresario Maximino Ávila Camacho, optó por un estratégico retiro, que no duraría mucho.

Empezaba otro capítulo, con nuevos y viejos protagonistas, dispuestos a continuar sacándole lustre a la época de oro del toreo en México.

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