Después de la de José Tomás el día de la Guadalupana, la faena más rotunda y auténticamente torera de la temporada ha sido la de Andrés Roca Rey al castaño “Cazador” de La Joya –chorreado en verdugo, rebarbo, ojo de perdiz, afacado, listón y acapachado de cuerna: un toro bonito de verdad–. Ya las saltilleras del quite, impresionantes de ceñimiento y quietud, anunciaban algo grande. Pero también que “Cazador”, siendo noble, tendía a tardear, y hasta desarmó al joven limeño cuando pretendía rematar con la brionesa. No se arredró Andrés y luego del brindis general desafió desde los medios al de La Joya, y levantó a la plaza con un triple pareado de péndulo izquierdista y pase de pecho, seis muletazos incendiarios, sin la menor enmienda. Lo que siguió fue, obligando a un bicho dócil pero proboncillo –el típico toro mexicano de hoy– una de las faenas más emotivas en mucho tiempo. Como tenía claro que había que aprovechar sin probaturas ni tanteos las escasas energías del burel –atinadamente, lo pasó sin castigo en varas–, se plantó muy de veras desde el principio. Pero además de quietud y ajuste hubo un temple profundo, expresivo y lento en los derechazos y en los naturales, tandas adecuadamente cortas e intensas, rematadas con escultóricos pases de pecho, obligado al remiso a seguir la imperiosa muleta de cabo a rabo. Y las tres dosantinas finales se distinguieron de tantas otras porque fueron ligadas en un palmo –como toda la faena–, y por el aguante y mando que le permitió redondearlas admirablemente, pese a la titubeante embestida. “Cazador” humillaba bien, pero el peruano estuvo muy por encima de sus prestaciones, marcadas por la probonería y la falta de celo. Lástima de espadazo trasero y caído –el animal no se lo puso fácil–; eso y la retahíla de descabellos, aviso de por medio, dejaron sin trofeos tan notable actuación. De ninguna manera mejorada por su meritoria faena, más valiente que lúcida, al toro de obsequio. Un obsequio clamorosamente solicitado por el público. Por algo sería.

 

Perú: país de larga tradición taurina. Lo sorprendente no es tanto que Roca Rey demorase dos temporadas y cuatro paseíllos para hacerse del público capitalino, un proceso no ajeno, después de todo, a figuras importantes que luego México reconoció como tales. Más asombroso es que un país con la historia y la tradición taurinas de Perú no haya contado, en dos siglos y medio, con un torero de la relevancia excepcional que todo mundo reconoce hoy en Andrés Raúl Roca Rey (Lima, 21.10.96). Se sabe, sí, que el primer matador americano que se presentó en Madrid fue precisamente un peruano de raza negra, Ángel Valdez, conocido como “El Maestro”, nacido en Palpa en 1838 y que cronológicamente fue el primer espada americano con doctorado en Madrid (02.09.1883), por donde pasó sin pena ni gloria. En Perú, todo lo que de él se dice raya en lo legendario, ya se trate de su  rivalidad con Mariano Soria “El Chancayano”, o su duelo a muerte en Acho con el toro “Arabí Pachá”, que sabía arameo. Cualquier semejanza con nuestro Ponciano Díaz es pura coincidencia.

 

Toros y toreros peruanos. Para empezar, la venerable plaza de Acho, catedral taurina de América del Sur, ha sido escenario de lo más granado de la historia taurina del país durante sus 252 años de vida, con la feria del Señor de los Milagros como evento estrella del año desde su instauración en 1946. Por lo demás, la fuerza de la tradición taurina peruana, el gusto de la gente por los toros, dio lugar desde siglos atrás a numerosas haciendas ganaderas, tanto de origen criollo como de sangre española sin mezcla, entre las que sobresalen las de Rinconada la Mala, de los señores Asín, que data del siglo XIX, y otras posteriores como Huando, La Viña, Chiquizongo, Yencala, criadoras de astados de temperamento y tipo más que respetables, que más de una vez hicieron fracasar a las figuras más encopetadas (Diego Puerta se dejó vivo uno de Yencala en la feria de 1967, único tropiezo de tal naturaleza en su ejemplar trayectoria profesional).

En los últimos años, esa característica del ganado peruano daría paso a toritos mucho más bonancibles, propios para hacer la América al estilo actual. Además, los ganaderos del país incaico son en buena parte responsables de la raquítica producción de diestros nacionales, dado su entreguismo de siempre a empresarios y toreros españoles, que lo mismo que en Colombia, Ecuador y Venezuela –y ahora también en México– hacen y deshacen a su antojo, en plan descaradamente colonialista, a favor de la actitud abyectamente agachona de los medios e incluso de los toreros de la tierra.

Durante un tiempo largo, numerosos diestros peruanos tomaron la alternativa, algunos incluso en España. Pero ninguno sobresalió mayormente. Se puede decir, incluso, que el más relevante fue un mocetón de estirpe vascuence nacido en Buenos Aires (03.05.20) y naturalizado peruano por razones meramente pragmáticas, pues al decidirse por el oficio tuvo que trasladarse a Perú, al no haber corridas de toros en Argentina. Tenía Raúl Acha Sanz “Rovira” (cambiado su apellido por el de “Ochoa” en los carteles) buena comprensión de las reses pero escaso arte, que suplía con alardes de valor y vigorizaba a base de grandes estocadas. Con ese bagaje tuvo para circular dos o tres temporadas como figura en España, donde retomó una alternativa, no válida en esa época, que Luis Gómez “El Estudiante” le había otorgado en Mérida con el toro “Diablito” de Palomeque (23.12.45), luego de una buena campaña novilleril en El Toreo durante el verano de 1945. Viajó en seguida a Europa y recuperó el doctorado en Barcelona (24.06.46) de manos de Manolo Escudero, siendo Gitanillo de Triana II el padrino de su posterior confirmación en Madrid, con el toro “Barbas Blancas” de Joaquín Buendía y Parrita de testigo (10.10.46). Sus mayores gestas toreras tendrían por escenario precisamente la plaza de Las Ventas, donde llegó a actuar en una docena de ocasiones y además de sumar nueve orejas y numerosas vueltas al ruedo sin corte de apéndices facturó cuatro salidas por la puerta grande, la más recordada tras encerrarse con un corridón de Albayda del que desorejó a cuatro ejemplares (03.07.49), aguándole a Luis Miguel Dominguín su encerrona de dos días después, de la que emergió el madrileño con apenas un auricular y críticas adversas. No le perdonaría Dominguín semejante afrenta, y su poderosa influencia se dejó sentir en las siguientes temporadas europeas del ché Rovira, escasas de contratos. Se desquitaría del rencoroso Luis Miguel en Lima, frente al toro pero también mediante sonado intercambio de bofetadas durante una de las corridas de la feria del Señor de los Milagros de 1952.

Carlos Sussoni y Alejandro Montani son, acaso, los matadores peruanos más relevantes, si bien muy lejos del nivel de Andrés Roca Rey –el cual tiene otro hermano matador, Fernando de nombre, y de circulación exclusivamente nacional–. Sussoni se doctoró en Guafalajara, España (23.10.27) y nunca toreó en Madrid (sólo de novillero) ni en México. Montani (Lima, 1921–2004), recibió una primera alternativa en Lima en 1938, y años después viajó a España para doctorarse en Barcelona (15.08.44) con Rafael Vega “Gitanillo II” como padrino y de testigo a Carlos Arruza, toros de Domingo Ortega; Arruza, muy amigo del peruano, se nota que lo impuso también en su segundo cartel madrileño, que fue el de la confirmación de Montani en las Ventas de manos de Pepe Bienvenida y  ganado de Alipio Pérez Tabernero (20.09.44). Y en la México también alternó con Carlos –y con Silverio Pérez, bichos de Pastejé– en la corrida de la Cruz Roja de 1948 (05.02.48), segunda y última actuación de Montani en la Monumental, donde no dejó huella.

 

Peruanos en México. Perdida en el tiempo quedó la única presentación en la capital mexicana de Elías Chávez “Arequipeño”, con alternativa en Acho (23.02.13); fue el 1 de noviembre de 1922 en El Toreo de la Condesa, en modesto cartel integrado por Ángel Fernández “Angelete” y José Ramírez “Gaonita” con un pésimo encierro de Malpaso. En aquellos años no se confirmaban alternativas, y como llegó se desvaneció su recuerdo.

Ya en la Plaza México, el primero en confirmar el doctorado fue Alejandro Montani, con “Espejito” de Carlos Cuevas y Chucho Solórzano de padrino, testigo Gregorio García (16.11.47); Montani toreaba con aseo y era un buen estoqueador. “Rovira” participó en una única temporada y aunque cortó, de una en una, tres orejas, tampoco se hizo extrañar. Lo confirmó El Soldado en una inauguración de temporada (01.01.50) y Raúl Ochoa desorejó a “Diamante” de San mateo gracias, sobre todo, a un formidable volapié. Por último, pronto se cumplirán dos años de la confirmación de alternativa de Andrés Roca Rey (14.02.16), de manos de Arturo Saldívar y con Sergio Flores por testigo y el peor lote de Barralva en su haber, incluido el abreplaza “Cardifresco”. Y cuando quiso regalar un sobrero, Rafael Herrerías lo prohibió tajantemente, echándole además la culpa de la arbitraria decisión al juez de pacotilla en turno, que lo era Jesús Morales.

 

Y Conchita… Imposible olvidar la decisiva influencia que tuvo México en la carrera de la singular torera, a caballo y a pie, Conchita Cintrón. Pero esa es otra historia, demostrativa, en todo caso, de la fuerza de la tauromaquia en la historia y la gente del Perú.

Read 29 times Last modified on Monday, 29 January 2018 08:22
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