El domingo 28, Ginés Marín tuvo la desgracia de escuchar los tres avisos cuando intentaba liquidar a un sobrero de Montecristo realmente difícil, como lo eran también las condiciones climáticas que acababan de costarle una paliza terrible al joven jerezano. Desde su aparición, el animal –destartalado, pasado de edad y evidentemente corraleado– había anunciado su mala chimenea, y en el segundo tercio, los banderilleros pasaron las de Caín para sortear la probonería de marrajo, que los esperaba armado, con la intención de arrear a mansalva y sobre seguro. Paradójicamente, semejante gañafate recibió el apelativo de “Fiel Amigo”, y las precauciones tomadas por su matador estaban justificadas, aunque la falta de costumbre de contender con bicharracos de esa condición hizo notorio su desconcierto, bajo un aguacero torrencial. 29 fueron los intentos de descabello de Ginés, y cuando al fin acertó, acababa de sonar el tercer recado. Previamente, mientras se comprobaba que no estaba herido tras su espeluznante cogida, Jorge Cutiño, uno de los civiles que lo acompañaban desde el callejón y que había acudido al quite, fue sacado del burladero por “Fiel Amigo”, y resultó, él sí, con una cornada.

Bien dicen que éstas las dan los toros pero las reparte dios… o el diablo. 

Antecedentes de paisanaje. Ginés Marín es el sexto matador de origen hispano que pasa por semejante contratiempo en la historia de la Monumental de Insurgentes. Un borrón, indudablemente, en el historial de cualquier lidiador, si bien en el caso de Ginés caben atenuantes por el estado físico en que se encontraba al intentar deshacerse de “Fiel Amigo” y por el barrizal sobre el que se desarrolló la desagradable escena. Ya veremos, al hacer recuento de los otros cinco casos de paisanos suyos envueltos en situaciones similares, las circunstancias en que éstas se dieron. 

Manolo Escudero, 05.01.47. Este madrileño, cultor eximio de la verónica, escuchó los tres clarinazos en su única actuación en la Plaza México, sin confirmación de por medio porque ésta se había consumado en El Toreo de la Condesa por mano de Jesús Solórzano con “Tanganillo”, de Pastejé (18.11.45). El toro que se dejó vivo era de Xajay y se llamó “Cobando”, el último de la décima corrida de la temporada 1946–47 en que alternaron con Escudero dos ases irrepetibles de todos los tiempos: Armillita y Lorenzo Garza. El rejoneador jerezano Álvaro Domecq y Díez abrió plaza. 

Jaime Ostos, 19.12.65. Si Manolo Escudero fue un buen artista pero no precisamente una figura del toreo, sí lo era Jaime Ostos cuando debutó en Insurgentes al lado de los Manueles Espinosa y Capetillo, padrino de confirmación tanto del hijo del Maestro de Saltillo como del torero de Écija, que muy lejos estuvo de satisfacer las expectativas despertadas, pues luego de no hacer mayor cosa convirtió en picadillo tanto el morrillo como el cerviguillo de “Delfín”, quinto de Santacilia, que no había acusado ninguna dificultad especial. Inexplicablemente, pues Ostos tenía fama de gran estoqueador.

Tampoco tuvieron muchos peros los encierros de Reyes Huerta y Zacatepec que aquí lidiaría Ostos durante esa temporada, la de su presentación y despedida de la Plaza México. Para más inri, por poco iguala su hazaña inicial con el último suyo aquí, “Tornasol” de Zacatepec, liquidado por el ecijano cuando a punto estaba de sonar el tercer aviso. 

Niño de la Capea, 16.12.73. Muy distinto sería el destino de Pedro Gutiérrez Moya ante el público de la capital, que empezó en gran plan, al desorejar al castaño “Consentido” de Garfias, con el que Curro Rivera le confirmó la alternativa (09.12.73); pero a punto estuvo de torcerse al domingo siguiente, cuando Pedrito entró en pánico ante las fieras y descompuestas acometidas del poderoso e insuficientemente picado “Nene”, de San Miguel Mimiahuápam, que cerraba plaza y retornaría vivito y coleando a la paz del corral tras el preceptivo terceto de toques de clarín. Esa tarde, Manolo Martínez ya se había dejado vivo a su segundo, el cárdeno “Campero”, tropiezo del que solamente se libró Eloy Cavazos, segundo espada dela terna, aunque sin lucir en absoluto con el áspero encierro.

Como todo mundo sabe, El Capea se repondría con creces del serio revés hasta convertirse, por méritos propios, en uno de los favoritos del público de México. 

Rafael de Paula, 27.01.80. Un caso radicalmente distinto al del Capea fue el del jerezano –como Ginés Marín–Rafael de Paula, que armó un verdadero escándalo nada más presentarse en la Monumental. Con “Caramelo”, de Jesús Cabrera, el toro de su confirmación–padrino Curro Rivera, testigo César Pastor–, cumplió apuradamente. Pero a “Magnífico”, el cuarto, no lo quiso ni ver, y con la espada dio un auténtico mitin, siendo que el cabrereño no era para espantar a nadie. Cosas de gitanos.

Mas como al cumplir con la última de sus dos tardes contratadas Paula dio otra penosa exhibición de impotencia –a sus dos toros los degolló sin habérselos pasado una sola vez con las zapatillas quietas–, no lo volveríamos a tener por aquí. Y casi fue lo mejor. 

Fernando Lozano, 09.12.90. Hijo del matador toledano Pablo Lozano, y por tanto miembro de la muy conocida familia de toreros, apoderados, empresarios y ganaderos españoles, Fernando Lozano tiene la particularidad de haber nacido en San Luis Potosí de madre mexicana, con la que su padre contrajo nupcias durante una de sus dilatadas campañas profesionales en nuestro país. Pero desde muy pequeño vivió en España y por español se le tiene con todas sus consecuencias. Como algunos de sus antecesores en este renglón, pasó por el mal trago la tarde misma de su presentación, amarga entre otras razones por la grave cornada en el abdomen que el toro “Berrinches”, de Javier Garfias, le infligió a Jorge Gutiérrez, testigo de la confirmación de Fernando, recibida de Curro Rivera. Como dos de los duros garfieños perdieron un pitón al rematar en tablas, el que se le fue vivo a Lozano era un sobrero procedente de La Soledad que atendía por “Arlequín”. No fue un bicho fácil ni difícil, y el noorio nerviosismo del debutante contribuyó a su fracaso como estoqueador.

Fernando Lozano tendría ocasión de desquitarse al cabo de dos años cuando desorejó a “Bandolero” de Huichapan, éste sí un animal de cuidado, para mayor mérito del potosino–madrileño (20.12.92). A quien, sin embargo, no volveríamos a ver aquí vestido de luces. 

Fernando de la Mora. El bicho de Montecristo que se le fue vivo a Ginés salió en sustitución del sexto de Fernando de la Mora, que el juez Enrique Braun tuvo que devolver ante la creciente repulsa de un público cansado de que le tomaran el pelo, pues el encierro queretano debe ser el peor presentado desde que la actual empresa asumió la administración del coso.

Un caso que mueve a reflexión. Porque el señor de la Mora es un hombre de edad avanzada, que por lo mismo no está ya en condiciones de ocuparse personalmente de una ganadería que, bajo su férula y cuidados, llegó a ser señera en nuestro país. Circunstancia que nos remite a varios casos parecidos, en México y fuera de México, de criadores cuya descendencia se desentiende por diversos motivos de la vacada familiar, la cual queda  expensas de terceros, con poca capacidad o franco desinterés por el asunto.

Si de por sí, nuestra ganadería “brava” ha caído en manos de adoradores del post toro de lidia mexicano –ya no bureles sino burreles–, el alejamiento de personajes que dieron lo mejor de su vida al esplendor de un hierro determinado pero carecen de herederos idóneos representa una dificultad añadida en el difícil empeño de rescate y continuidad del verdadero toro de lidia, sin el cual la tauromaquia pierde todo sentido. 

Inconsistencias. Con semejante ganado y ante raquítica entrada, Juan Pablo Sánchez aunó luces y sombras. Dos obedientes corderos le tocaron y, muleta en mano, los llevó y trajo a su placer, siempre bien colocado y cuidando de mantener el engaño a media altura para que aquel par de minusválidos no besaran la arena. Toreo de tono menor –el único que admiten burreles– pero dotado de gusto y temple superlativos. Hasta que Juan Pablo montó la espada y dio el mitin. Una mala manera de aspirar a las alturas.

Arturo Saldívar estuvo muy dispuesto y compuesto, aunque sin pasar a mayores, con el mansísimo aunque inocente segundo, pajuno animal que se refugió en tablas desde su salida. Y sorpresivamente precavido y breve con el de Xajay que parchó el impresentable encierro de la divisa titular –”Luna Nueva” llegó a la muleta conservando fuerza y con mucho que torear–, contrariando la impresión de renovado empuje que dejó la tarde de su presentación. Total, un paso hacia adelante y dos para atrás. Y así, imposible.

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