La Plaza México tuvo una infancia agitada, una juventud venturosa y una adultez oscilante entre la autosatisfacción madura y crecientes problemas de identidad. Pero ya septuagenaria, la pérdida de facultades le está pasando factura. Tristemente, su mala condición se hizo evidente durante los festejos de su cumpleaños número 72, en que recibió, sumados los dos días, a cerca de cuarenta mil invitados, y no fue capaz de atenderlos con el esmero y la cortesía obligados. Evidentemente, el yerro principal radicó en la elección del ganado y la complicidad de las autoridades para que las funciones del 4 y el 5 de febrero no llegasen a buen puerto. De modo que los asistentes terminaron por marcharse sin ocultar su decepción por lo ocurrido y prometiéndose no volver en un buen tiempo a la inhóspita mansión de tan achacosa y desconsiderada matrona.

Lo cual es deplorable, dada la generosa y feliz disposición de la numerosa asistencia.

Tomadura de pelo

Lo del domingo 4 no tiene nombre. Y si lo tiene, la decencia aconseja callarlo. Dejémoslo así, en tomadura de pelo a una concurrencia que ocupó poco menos de medio aforo y tenía la mosca en la oreja por cuanto se rumoró del encierro de los herederos de Teófilo Gómez, que ya había enviado 10 toros durante la temporada y nunca debió embarcar el citado tercer encierro, del con trabajos se aprobaron cinco sabandijas por el desaprensivo juez Jorge Ramos (una perla más en su frondoso historial).

Otro de los chismes que circularon hablaba de un acuerdo entre apoderados, surgido durante el sorteo, para elegir sendas reses de obsequio: así de claro tendrían el previsible chasco que se avecinaba. Y ocurrió tal cual: ni los teofilitos que lánguidamente desfilaron por la arena reunían los mínimos requisitos de presentación, fuerza y bravura, ni los dos alternantes anunciados hicieron el menor intento por simular siquiera que aquello era un mano a mano. Así, mientras la gente protestaba, burladas sus ilusiones de la manera más impune, los apoderados de El Juli y Sergio Flores preparaban el “desquite” de sus pupilos en turnos fuera de cartel. Julián regaló un auténtico peluche cárdeno claro, alegre y docilísimo, de Bernaldo de Quirós, que le permitió una faena larga de terso toreo de salón, y Sergio un negro mulato de Santa María de Xalpa, más ofensivo y armado, menos boyante y duradero, pero lo suficiente para permitir que el tlaxcalteca, que se sobrepuso a una fea voltereta, acompañara al madrileño en la salida en hombros. Fue sin duda una victoria pírrica, que deja un sabor indefinido, mezcla de miel, hiel y agua de borrajas.

Una frustración más

Como el público de México es pan bendito no perdió la paciencia y, al día siguiente, en el mero aniversario, ocupaba cerca de dos tercios del graderío. Había despertado ilusión el anuncio de Jaral de Peñas –no por nada la vacada de procedencia de “Bienvenido”, el toro de la temporada–, y sus ocho astados constituían un lindo muestrario de pintas y cornamentas, a años luz de los lamentables hatos recientemente enviados por Fernando de la Mora y Téofilo Gómez. Pero…

Pero resulta que el comportamiento del hermoso encierro fue calamitoso. Se salvarían, si acaso, el segundo –gracias a la lucidez torera y la templada muleta de Castella– y el séptimo, un imponente negro mulato, alto y de aparatosa arboladura, que dio una lidia exigente aunque llevaba la cara arriba y terminó atropellando y sin pasar completo. A “Luminoso”, toro bajito y humillador, aunque rajado y con tendencia a la huida, el francés lo sujetó y aprovechó a tope, antes de largar un espadazo infame que justifica la división que acogió la concesión de la oreja (la faena probablemente fuera de dos, pues pocas veces se habrá visto a Sebastián torear con tan limpia maestría). Y con el muy serio “Bohemio” Joselito Adame expuso lo indecible –siempre quieto, cerca, entregado y dominador– sin que se lo agradecieran, incluso cuando remató faena con un estoconazo en la suerte de aguantar. Una evidencia más de la presencia de claques adversos a los Adame en las alturas de sol.

El resto fue una lucha sorda por conseguir dos embestidas ligadas de un encierro descastado y mansurrón, proclive a la huida en torno a la barrera e indiferente al empeño de los diestros. Tanto Jerónimo como Roca Rey anduvieron por encima de sus flojísimos lotes, sin ningún resultado positivo.

Total, que por segundo día al hilo, la gente buscó la salida como quien huye de una pesadilla, mascullando contra los repetidos ultrajes de taurinos y autoridades cómplices contra su plaza bienamada y nuestra cada día más postrada y sometida fiesta brava.

Preguntas inevitables

La situación, un desgaste acumulado que amenaza ruina, no admite salidas fáciles. Cosas del tipo “los toros no tienen palabra de honor” estarían, como nunca, fuera de contexto. Tampoco basta con un simple reconocimiento –aséptico y acrítico– de que en la segunda parte de la temporada “fallaron los ganaderos y hubo encierros impresentables”. Las evidencias a la vista reclaman cuestionamientos que trasciendan los formulismos de costumbre y busquen respuestas –y eventuales soluciones– de fondo. Es hora de interpelar a quienes corresponda porque de lo contrario esto seguirá rodando por una pendiente cada vez más empinada. Y al final está el abismo, mucho más cerca de lo que parece.

La problemática de fondo nos interpela a todos a partir de la escalada de los promotores –taurinos y toreros, tirios y troyanos– del post toro de lidia mexicano, ese lamentable sucedáneo del misterioso y hermosísimo animal que ha dado lugar a más de 100 años de esplendor del toreo. Nada que eluda ese tema central sería válido en las condiciones presentes. Y si la empresa capitalina desea tomar a semejante bicharraco por los cuernos tiene que empezar por reconocer y reconocerse en la realidad. En las varias caras de una realidad crecientemente dañina. Por ejemplo:

1) ¿Con qué clase veedores cuenta que les cuelan encierros que a ojos vistas no reúnen los requisitos más elementales de presentación y decoro, indispensables para su aceptación en un ruedo que fue emblemático y, mal que nos pese, ha dejado de serlo?

2) ¿Qué clase de ganaderos son capaces de vender hasta tres encierros completos para una temporada de 12 corridas, a sabiendas que ni por edad, ni por trapío ni por fuerza ni bravura sus desastrados productos pueden garantizar otra cosa que fiascos como los que hemos presenciado, por obra de estos desaprensivos y de la mayoría de sus colegas?

3) ¿Qué clase de “figuras” importadas son las que, según se dice –y no hay nada que lo desmienta– imponen semejantes piltrafas astadas para “lucir su arte” ante el complaciente villamelonaje en que está convertida la otrora temible afición capitalina?

4) ¿Por qué se insiste en que “eso es lo que hay” cuando acaba  de lidiarse en Mérida una corrida de San Miguel de Mimiahuápam –ganadería propiedad del accionista principal de la empresa de la Plaza México– con cerca de 600 kilos de promedio, que además se movió y dio un juego interesantísimo, con los bemoles y exigencias que dan la edad y la casta brava?

5) ¿Qué clase de “figuras” son ésas que, cuando están en su país, tienen que apechugar con toros de verdad, pero entienden muy alegremente que “hacer la América” significa cotizarse a precio de oro para timar a nuestros públicos, burlarse de nuestros toreros, darle coba a la peor publicrónica de la historia y dárselas de salvadores de una Fiesta que mejor estaría sin ellos y sus cada vez más desembozadas trapisondas?

6) ¿Y qué clase de autoridades son éstas que, al consentir todo lo anterior, demuestran su infinito desprecio por el público pagante, el reglamento vigente y una tradición de siglos, sometida, por lo que se ve, a las insaciables corruptelas del neoliberalismo en boga?

A estas sencillas preguntas pudieran agregarse otras que las limitaciones de espacio dejan en el aire, pero que seguramente el lector tendrá en mente. Aun así, lo esencial de nuestras preocupaciones quedó expresado en las arriba formuladas. Mucho nos tememos que para encontrar el silencio por respuesta.

Read 284 times Last modified on Tuesday, 13 February 2018 09:22
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