A  simple vista es como un papel olvidado. Llama la atención su colorido, pero nada más. Lo único que lo une al presente es una fecha: 27 de febrero, aunque este año caerá martes y aquel de 1965 fue sábado. El programa, bastante bien conservado, anuncia una corrida de toros: “Inauguración del regio alumbrado” de El Toreo de Puebla (gran plaza, lamentablemente demolida). A partir de ahí los recuerdos se desperezan, empiezan a cobrar vida y, de repente, ese pasado remoto ha emprendido el vuelo y despliega hacia el presente sus alas por un efecto parecido al de la magdalena cuyo aroma inspiró a Marcel Proust En busca del tiempo perdido, su obra capital. Vale la pena seguir adelante.

El programa 

Tenemos aquí un díptico cuya primera plana muestra una pintura de Raúl Bassó, el torero–pintor nacido en Yucatán y muerto por cornada en la mexiquense Santa Clara cuando estaba prácticamente retirado (30.11.69). La estampa muestra a “El Viti”, de esmeralda y oro, pulseando un pase natural con su muleta pequeña y su cara de palo. Abro el cuadernillo y repaso el cartel: ocho toros de Jesús Cabrera para Joselito Huerta –el torero de la tierra–, el aragonés Fermín Murillo, Jaime Rangel –hidalguense–y el maestro salmantino Santiago Martín “El Viti”. De los cuatro espadas de aquel cartel sobreviven Jaime y Santiago, cuyos nombres, justamente, fueron los que encabezaron las crónicas al día siguiente: Rangel por el infortunio de una cornada, “El Viti” porque esa noche paseó entre febriles aclamaciones el único rabo que había de conquistar en plazas mexicanas.

Allá abajo se muestran los precios de las localidades: palcos de contrabarrera con ocho asientos a 480 pesos de entonces (dólar a 12.50 pesos: habría que deducir la inflación acumulada en 53 años), barreras de primera fila 140 pesos sombra y 70 sol –sol nocturno: oxímoron flagrante–; la entrada general de sombra costaba 30, la de sol 20 pesillos, y la azotea solamente 10, menos de un dólar. En corrida de ocho toros y con cuatro figuras base de la temporada grande de aquel invierno. ¡Cómo cambian los tiempos!

La corrida 

Cuando alcanzamos el tendido general sólo hay espacio en las gradas más altas porque la plaza está prácticamente llena. No importa, la visibilidad es magnífica, como la expectación que flota en el aire. Al sonar el clarín, a las ocho en punto, no cabe nadie más. Parten plaza las cuadrillas. Huerta viste de turquesa y oro, Murillo de azul noche y oro, Rangel de rosa y El Viti de corinto, ambos con guarniciones del áureo metal. Y decentemente presentado el encierro zacatecano, dentro de su característica conocida de toros bajos, de pitones nada exagerados. Con todo, el séptimo se llevará por delante a Rangel, una cornada grande pero limpia, de dos trayectorias, en el muslo derecho.

Pero antes habían ocurrido muchas cosas interesantes. Los de don Jesús Cabrera salieron desiguales, cosa normal: hubo desde el toro de bandera –“Amapolo”, el cuarto– hasta el manso perdido que hay que devolver al corral para que lo reemplace un reserva, o el probón y de sentido que hirió a Rangel. Con los quedados y deslucidos –democráticamente repartidos a razón de uno en cada lote– los espadas en turno probaron su buena disposición antes de abreviar sin contemplaciones,  según era usual en tales casos. Todos fueron dos veces al caballo y se dejaron pegar aunque sin apretar. También eso entraba en las características esperables de reses cabrereñas.

José Huerta, cabeza de cartel, repetía tras su arrollador triunfo de Año Nuevo y no tuvo enemigo en el que abrió plaza, aplomado y mansote. El quinto huía de capotes y caballos y la autoridad ordenó su devolución. Salió entonces “Farolito”, un terciado sobrero cuya codiciosa embestida calentó el ambiente y le permitió al León de Tetela lucirse con el capote, especialmente en formidable quite por fregolinas. No acusó gran clase el torillo pero repetía con fuerza sobre los engaños, suficiente para que José ligara una faena de las suyas –recia, mandona, larga y templada–, sólo para que un par de pinchazos limitaran los honores a la vuelta al ruedo, muy ovacionada.

El maño Murillo, segundo espada, tras abreviar con su inútil primero, fue metiendo en el engaño al díscolo “Jardinero”, el sexto, y a base de temple y mando terminó por estructurar una faena a más hasta desatar las alegres notas de la diana, interpretadas por la espléndida banda municipal; su estocada fue un volapié de libro, y sólo se explica la negativa del juez a conceder la oreja por el pinchazo previo… y porque quizá no se captó desde el palco el verdadero mérito de la faena. Dio Fermín una aclamada vuelta al ruedo.

Rangel insistió sin gran fruto ante su primero, y cuando repetía la dosis de valerosa machaconería ante el séptimo –peligroso, “Clavel” de nombre– el probón astado lo enganchó y lo mandó a la enfermería, desvanecido y con la cornada mencionada.

Faenón de “El Viti” 

“Amapolo” no paró de embestir desde su aparición en la arena. Y Santiago Martín lo recibió, sin probaturas, con una tanda de verónicas lentas y clásicas rematadas con media imperial que levantó a la gente de sus asientos. Y así seguiría, porque el de Vitigudino bordó una faena absolutamente antológica, desde los pases de trinchera y de la firma con los que suavemente condujo a “Amapolo” hasta los medios, hasta la estocada en la suerte de recibir que fulminó al extraordinario ejemplar. No fue faena larga ni corta, una auténtica maravilla. Predominantemente derechista, sin una mácula durante su transcurso la templadísima muleta; sobria en los remates y ligadísima de cabo a rabo, justificaba de sobra las orejas y el rabo que paseó Santiago delante de una parroquia entregada hasta el delirio. Luego estaría muy torero y empeñoso con el cierraplaza, que dio poco de sí. Se esmeró en la estocada y se marchó enseguida, eludiendo la salida en hombros, porque al día siguiente toreaba en Guadalajara.

Televisión y llenazo 

¿Verdad que valió la pena hurgar en el añoso cartel poblano? Como advertirá el lector en la foto que acompaña esta columna, la corrida se emitió por televisión abierta a todo el país sin menoscabo de la taquilla. Lo usual en tales casos. Al tratarse de una transmisión diferida recuerdo que tuvimos tiempo de saborear de nuevo la faena de “El Viti” y las de Huerta y Murillo, así como lamentar ante la pantalla la cogida de Rangel. Al bajar del avión que condujo de vuelta a España a Santiago Martín y su cuadrilla –el picador Epifanio Rubio “El Mozo” y el gran banderillero Antonio Chávez Flores–, su apoderado Florentino Díaz Flores se apresuró a declarar para El Redondel que “En Puebla mató recibiendo a un toro de Cabrera y puso la plaza boca abajo”.

El entorno 

A la enorme faena de “El Viti” le robó cámara al día siguiente la apoteosis de “El Cordobés” en la Plaza México. Luego de dos sonados fracasos, Benítez se jugaba a cara o cruz su último contrato en Insurgentes y redondeó, con toros terciados de Mimiahuápam, una tarde arrolladora.  A la misma hora, en el viejo Progreso de Guadalajara, también con ocho toros, pero de Santo Domingo, El Viti estuvo solamente discreto con mal lote y Huerta cortó oreja a cambio de una cornada en la axila. Fermín Murillo, de nuevo magistral, dio vuelta al ruedo en ambos, y Raúl García, todavía con la miel de “Comanche” en los labios,  le cortó las orejas a uno de regalo. José y Jaime, heridos, se perdieron la corrida de la Oreja de Oro en la México. El trofeo lo ganó “El Viti”.

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