Acaba de morir en Guadalajara Feliciano Ramos, matador de toros. ¿Quién era y cómo fue su paso por el toreo? Poquísimos podrán contestar a estas preguntas, así de desconocido suena tal nombre, a tono con una modesta trayectoria en los ruedos. Confieso que nunca me enteré que hubiese tomado la alternativa –en algún escondido pueblo, supongo–, y puedo afirmar con certeza que, como matador, debe haber toreado muy poco. Casi nada. Lamentemos su deceso y respetemos su investidura y con ella su decisión de hacerse torero, tan admirable como la de cualquier hombre o mujer que se haya calzado el terno de luces y desafiado la permanente incógnita que representa enfrentar a un toro de lidia.

En cambio, puedo dar cuenta, aunque sea al modo del neoaficionado más ignorante, del trepidante paso del novillero “Chano” Ramos en abierta competencia con Fernando de los Reyes “El Callao” en la temporada chica de 1956 en la Plaza México. Muchos años después pude consultar los pormenores de ese verano. Pero eso, los datos estadísticos de su enconada pugna novilleril, vienen a ser lo de menos. Hoy quiero rendirle tributo, desde la memoria más temprana de alguien atrapado como uno de tantos electrones diminutos en la órbita del toreo –¿física cuántica taurina?–, y me veo atento al televisor durante aquellas transmisiones de tarde de domingo en casa de los abuelos. Una atención más bien corta, incapaz de resistir una corrida o novillada completa, porque en cuanto alguna lidia emocionante nos desbordaba era usual que los chicos abandonáramos a saltos el salón para precipitarnos excitados al patio o al jardín y ponernos a embestir y dizque torear sin ton ni son –las “corridas” bien organizadas vendrían mucho después, a la altura ya de la secundaria–. Y esa inquietud incontrolable los primeros en despertarla fueron “El Callao” y “Chano” Ramos, más que el otro “Chano” (Luciano Contreras hijo), ortodoxo hasta resultarnos frío. Luciano también triunfó fuerte aquel verano, pero los nombres y figuras que recuerdo sin gran esfuerzo son los de Fernando de los Reyes y Feliciano Ramos. Y de los dos, debo reconocer que el que en verdad me sacudía era “Chano” Ramos, que bullía alegremente desde que se arrodillaba portagayola –lo hizo varias veces ese año–, se apretaba en emotivos quites, cubría unos segundos tercios llenos de dinamismo y riesgo, incluso clavando banderillas cortas cerca de tablas, y en sus tardes afortunadas sabía mantener el alboroto muleta en mano, tal vez iniciando de hinojos la faena y adornándola más tarde con molinetes, cambiados por la espalda y desplantes, y yéndose como un rayo tras la espada para levantar sonriente los trofeos de la victoria, colmando así la sed de emociones del mocoso villamelón que, aunque inoculado ya el virus del toreo, apenas hacía pininos como aprendiz de aficionado.

De más está decir que mis mayores, gente que me consta sabía de toros y sentía la fiesta de otra manera, se inclinó siempre por la finura racial de “El Callao” o el templado academicismo de Luciano. Pero eso yo ni lo podía entender ni, en el fondo, me interesaba. Pues la Fiesta, huelga decirlo, me conquistó primigeniamente por el lado de la emoción que produce la inminencia del peligro y la manera más osadamente juvenil de vencerlo, aunque fuese también la más elemental y burda.

Debo aclarar que “Chano” Ramos se marchó a España al año siguiente y llegó a actuar allá en algunas novilladas, antes de desaparecer del panorama. Y de cuando reapareció en la México, algunos años después, le recuerdo una faena asentada y torera que le valió un último corte de oreja en la Monumental (11.08.63). Creo que llegó a participar en la novillada por la Oreja de Plata de aquel su último verano capitalino, ya sin el clamor ni la estridencia de sus primeros tiempos. Y con eso le perdí la pista, hasta que el pasado día 4 me enteré, con pena, de su fallecimiento a los 85 años de edad. Había nacido en Ameca, Jalisco, el 17 de marzo de 1933.

¿Triunfalismo o buen toreo? La feria de Olivenza, que con los años ha cobrado interés y prestigio de suceso, al parecer abusó este año del corte de apéndices. Si en la matinal del sábado 3 entre Padilla, Garrido y Luis David se repartieron cinco orejas, esa misma tarde la cosecha de Perera, Talavante y Ginés, con los de Garcigrande y Domingo Hernández, se elevaría a siete auriculares, que a la mañana siguiente fueron ocho, a repartir entre Ponce, Antonio Ferrera y Roca Rey, dichosamente favorecidos por los de Victoriano del Río. Total, que en sólo dos días, oliventinos y visitantes vieron pasear en triunfo nada menos que 22 apéndices, sumadas a las anteriores la solitaria oreja que el joven Ginés Marín obtuvo esa misma tarde en el festejo de cierre, en la que Ferrera reemplazó sin suerte a El Juli, ausente por cornada, y los bichos de Zalduendo, Victorino y Garcigrande –servidos a pares– confirmaron que las ensaladas bovinas suelen ser poco apetecibles.

Como sea, 22 trofeos en cuatro corridas son demasiados –y se pueden adicionar tres orejas otorgadas en la novillada del viernes–. Una de dos, o el señor que presidió los festejos es un orejista compulsivo, o los encierros corridos, excepto el parcheado del cierre, dieron un juego excepcional, los matadores se inspiraron como pocas veces y los aceros entraron por el hoyo de las agujas como cuchillo en mantequilla. Que todo puede ser.

Visto desde una perspectiva más fría    –aunque del frío no se salvaron los oliventinos, sometidos a fuertes y helados aguaceros durante su feria–, hay que reconocer que los diestros que invernaron en la península mostraron la disposición de quien se sienta a la mesa tras un largo ayuno, y los que llegaban de hacer campaña americana demostraron estar embalados y con los resortes del oficio muy bien aceitados, lo que condujo a los felices resultados que arrojó la esperada serie. Claro que el presidente –juez de plaza–aportó lo suyo, sin ofrecer más resistencia a las reiteradas pañoladas del tendido que la inexplicable que privó del segundo apéndice a Luis David Adame, quien no sólo cuajó la mejor faena del primer festejo mayor, sino la coronó con la estocada de la feria, entrando a matar tan de verdad que “Negligente”, de El Tajo, no lo dejó pasar y hundió su pitón derecho en el costado izquierdo del hidrocálido: la mejor prueba en favor del matador es que el astado salió muerto de la suerte, y no acababan las asistencias de recoger al caído cuando ya el burel había rodado sin puntilla, herido en lo más alto de la cruz.

Bravos y nobles. Pero si todo lo anterior es anecdótico, el juego del ganado no lo es. Ya el tramo septembrino de la temporada española última había evidenciado un repunte en el comportamiento promedio de los encierros –observación que no dejó de señalar esta columna–, y en Olivenza muchos toros han embestido con boyantía y repetido con ritmo sobre los engaños. Y parece que en Castellón, con ciertos altibajos, también han respondido, propiciando toreo bueno y triunfos legítimos, más allá de su cuantía en términos de peludas preseas, que eso es cosa más de jueces y de estocadas. En síntesis, que mientras el elemento toro mantenga su dignidad –trapío exterior y fuego interior– la Fiesta puede afrontar con esperanza los tiempos de incertidumbre y taurofobia que vivimos.

Esperanzador colofón. Y sí, lo que viene ocurriendo últimamente en cosos hispanos demuestra que la recuperación de la bravura –embestidas acompasadas pero exigentes–es posible. Como para que por aquí, los ganaderos con casta y lo que hay que tener vayan tomando nota.

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