Opinión

Opinión (1862)

Saturday, 17 June 2017 00:00

El INE es un circo costoso

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Perdió su credibilidad

Lorenzo Córdova, la prepotencia

 
A pesar de la serie de irregularidades en las elecciones que se llevaron a cabo el pasado 4 de junio, las autoridades electorales sostuvieron que la organización fue imparcial y calificaron de descabelladas las acusaciones de fraude. En el sondeo de opinión de la semana, la pregunta fue: Tras Edomex y Coahuila, ¿cómo está tu confianza en el #INE? Estos son los resultados.

Metodología

 

Enviamos la pregunta a los usuarios de las redes sociales Twitter y Facebook, así como a los de El Foro México. Participaron 3 mil 315 personas, de las cuales 887 corresponden a El Foro, 702 a Facebook y mil 727 a Twitter. A continuación, algunos comentarios.

Twitter

 

Mi confianza sigue igual, porque su actuación siempre ha sido vergonzosa y descarada.

Ross @felpstab

 

Con Lorenzo Córdova, las cosas en ese instituto empeoraron. Salió deshonesto, cínico y prepotente. Ya verán el cochinero en el 2018.

Gilberto Zúñiga @gilberto1310

 

Es necesario y urgente que la gente exija una reforma electoral al obsoleto sistema actual, autoridades imparciales y que den certeza.

D-kon7 @Dkon71

Desde 1986 perdí la confianza en esa institución, un brazo más del pulpo que no deja crecer a este tan madreado país.

La Neta @laneta2110

 

Desde endenantes, cuando no se llamaba así y estaba al mando carecuadro Ugalde, los que le creen son los maquinadores del fraude,

Carlo González @CarloCeomeye

 

INE, dinero tirado a la basura. Representa la impunidad.

Jorge Aguayo @xjaguayo

 

Igual de corruptos que siempre.

Raymond @ramon720514

 

Sin confianza, esa institución se convirtió en hazmerreír.

Elvira @ElviraValladare

El Foro México

 

El INE sirve a los gobiernos que le pagan; debe desaparecer, no actúa, no cumple con su misión y se vuelve cómplice de los fraudes. En estado de México dice que es descabellado el decir que hubo fraude… más bien el fraude es del descabellado.

Manuel Rojas/ Monterrey

 

Es una vergüenza nacional su comportamiento por actuar por consigna. El pueblo les paga y a él se deben, y punto.

Agustín Galindo/ Guadalajara

 

Con los sueldazos que tienen todos los funcionarios del INE y el Trife, les da miedo decir no al gobierno.

Ignacio Alvarado/ Mante

 

Tanto dinero que cuesta para nada.

Rubén del Razo/ Ciudad de México

 

¿Se puede confiar en un instituto hecho a la medida de los intereses del poder gubernamental?

Maricela López/ Oaxaca

 

Finalmente, los votantes no cuentan, pesan más los que cuentan los votos.

Javier Loredo/ Ciudad de México

 

Desde que el IFE reconoció a Calderón como ganador de la elección presidencial, entendí que las actuales instituciones no pueden garantizar la democracia en México.

José Loza/ Cuernavaca

Facebook

 

Nos cuesta mucho dinero mantenerlos, para que no hagan su trabajo, siempre avalando fraudes electorales. Todo sistema de gobierno es fraudulento. Ya basta, exigimos nuestros derechos, el poder elegir a nuestros gobernantes; si no hacemos algo ahora para exigir que se respete la votación, en 2018 volverá a pasar lo mismo.

Gabriela Hidalgo/ Ciudad de México

 

Ya no hay en quien confiar. Todos corruptos.

Gloria Hernández/ Ciudad de México

Simple: si hay demanda y evidencia de compra de votos, es suficiente para anular, ¿no?

Gabriel Correa/ Lázaro Cárdenas

 

Se convirtió en una institución burocrática llena de vividores del presupuesto.

Saúl Salgado/ Morelia

 

Lástima de presupuesto que se da para sostener este monstruo totalmente vacío de credibilidad, pero lleno de corrupción, impunidad y burocracia.

Hugo Lugo/ Ciudad de México

 

No esperaba nada positivo, pero esta vez el cinismo fue repugnante.

Daniel Zepeda/ Ciudad de México

 

Es una de las instituciones más viciadas de nuestro país: el circo más grande del mundo, eso es el INE.

Francisco Álvarez/ Canatlán

Twitter: @galvanochoa

Facebook: @galvanochoa

Foro: elforomexico.com/encuestas/

Friday, 16 June 2017 00:00

La deuda interna de Peña Nieto

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Cuando Enrique Peña Nieto asumió la Presidencia de la República, los bonos gubernamentales en circulación ascendían a 4.39 billones de pesos (un billón, en español, es un millón de millones; billion, en inglés, son mil millones). Hoy, la deuda interna en bonos asciende a 6.33 billones de pesos, es decir, 45% de aumento.

La diferencia nominal es casi de dos billones. ¿Esta cantidad es igual o menor que la inversión pública fija desembolsada del gobierno federal durante los años del actual sexenio? Pues no. Esto quiere decir que la deuda de los bonos es inconstitucional, al menos en parte, porque la Carta Magna obliga a invertir ese dinero en obras que produzcan incrementos en los ingresos públicos, para asegurar su pago (art. 73, fracc. VIII). 

Debe decirse que la deuda externa es un capítulo que se cuece aparte, del cual podremos hablar algún otro día.

Los comunicadores, políticos y empresarios que se dicen preocupados por el “populismo”, no lo están, sin embargo, con el loco incremento de la deuda interna. Éste era el “populismo” de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado. Ahora ya no lo es, debido a que, en nuestros días, por “populismo” se entiende tener programa social y procurar medios propios para su financiamiento.

Lo que Peña ha hecho es aumentar otra vez los gastos de operación del gobierno, disecar a Pemex, apoyar a los gobiernos locales priistas y a otros amigos comprometidos, derrochar muchos millones en gastos de propaganda e impulsar proyectos especiales de inspiración presidencial. Estamos en realidad en el viejo populismo, lo que se confirma con el hecho de que no hay plan porque no hay objetivos nacionales. Como país, no sabemos a dónde se quiere ir.

Del total de bonos colocados en el mercado interno (6.33 billones), dos billones se encuentran en manos de extranjeros. Esta última cantidad corresponde en su mayor parte al presente sexenio, ya que hasta el año 2012 sólo estaban en manos foráneas menos de 500 mil millones de pesos.

Se diría que el riesgo es el mismo porque, como sabemos, los inversionistas mexicanos (tienen 70 mil millones de dólares en el exterior) pueden sacar su dinero del país cuando lo desean (muchos de ellos ni siquiera suelen pagar impuesto sobre la renta), al igual que los extranjeros, vendiendo sus bonos y cambiando sus pesos por dólares, pero es mucho más sencillo para los fondos internacionales tomar decisiones rápidas y sorpresivas, con las cuales podrían crear un problema mayor a la economía mexicana. De los dos billones de incremento total de los bonos desde el año de 2012, los inversionistas extranjeros han tomado 1.66 billones, cantidad no tan lejana al monto de la reserva internacional disponible del Banco de México. Mejor no recordar los Tesobonos de Salinas.

La subvaluación del peso, efecto del proceso de desvalorizaciones durante del actual sexenio, se debió a una extraordinaria demanda de divisas que no provenía de necesidades de pago, sino justamente de la venta de bonos gubernamentales y de retiros de inversiones de bolsa.

Recién han vuelto algunos, excitados por el aumento de los intereses. La tasa de riesgo mexicana (diferencial neto de interés entre México y EU) se encuentra ya en un nivel inusitado en muchos años. Lo peor de todo es que el crecimiento del rédito dificulta las inversiones productivas cuando la economía sigue atorada. El Banco de México tendrá que aumentar otra vez su tasa de referencia a partir del incremento decidido por la FED (Banco Central de Estados Unidos) de 0.25%, con el fin de “proteger” la desdichada tasa de riesgo que pagamos los mexicanos para que no nos presione el capital rentista, sólo por ser “pobres e inseguros”. Pero Agustín Carstens podría decidir un mayor aumento para seguir cubriendo una inflación que contrasta ya demasiado con la estadunidense, la cual se está volviendo a ubicar en el 2%, frente al 6% en México.

Debido a la deuda errónea e ilegítima de Peña, se decretó un “superávit primario” para el presente año. Pero, como van las cosas, es difícil que se logre el monto previsto porque la tasa de interés sigue subiendo y, con ésta, el costo financiero de la deuda. Los errores de estos años no se resuelven con un “superávit”, sino se empeoran, porque éste no es otra cosa que hacer crecer la parte del ingreso que el Estado no le regresa a la sociedad.

Entre los países grandes, el Estado mexicano es uno de los fiscalmente más pobres, es decir, con un bajo porcentaje de su Producto Interno Bruto para ser destinado a gastos comunes. Si este asunto no se resuelve, los demás temas siempre serán demasiado complicados. Por ejemplo, México tendría que duplicar el número de estudiantes universitarios tan sólo para alcanzar un nivel internacional mediocre en esta materia.

El problema está en la política económica estructuralmente equivocada que padece el país. Los gobernantes sólo se preocupan de que las cosas no vayan peor, mas con frecuencia también fracasan en ese empeño.

La solución empezará cuando el Estado promueva la inversión, el crecimiento de la economía, el aumento salarial, la redistribución del ingreso y el desarrollo social. Aunque a esto se le llama “populismo”, al menos no llevaría, como lo ha hecho Peña, a ahogar al país en una deuda ilegítima con un entorno de estancamiento y pobreza.

Friday, 16 June 2017 00:00

Solo un apocalipsis puede salvarnos ahora

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No digas: “¿Cómo es que el tiempo pasado fue mejor que el presente?” Pues no es de sabios preguntar sobre ello.

Eclesiastés 7, 10

No mucho después de salir a correr sus primeras aventuras, don Quijote es invitado a compartir una comida frugal con un grupo de cabreros. Un poco de guiso de carne y mucho vino. Cuando terminan, los cabreros sacan queso duro y una gran cantidad de bellotas, todos empiezan a abrirlas para tomarlas como postre. Todos salvo don Quijote, que toma un puñado con la mano, perdido en sus pensamientos. Se aclara la garganta. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados”, dice a los campesinos que mastican. Era una edad en la que el fruto de la naturaleza estaba listo para ser recogido. No había tuyo ni mío, ni granjas, ni fabricantes de herramientas. Simples zagalas ataviadas con sencillez recorrían las colinas sin ser molestadas, y solo se detenían para escuchar la poesía espontánea y sencilla de sus castos amantes. No se promulgaban leyes porque no eran necesarias.

Esa era terminó. ¿Por qué? Los cabreros no preguntan y don Quijote no los abruma con su conocimiento esotérico. Solo les recuerda lo que ya saben: que ahora ni las damas ni aun los huérfanos están a salvo de los predadores. Cuando terminó la Edad Dorada, las leyes se volvieron necesarias, pero como no quedaron corazones puros que pudieran hacerlas respetar, los fuertes y los feroces eran libres de aterrorizar a los débiles y los buenos. Por eso se creó la orden de los caballeros andantes en la Edad Media, y por eso don Quijote ha decidido resucitarla en los tiempos modernos. Los cabreros escuchan “embobados y suspensos” a este hombre con su bacía por yelmo. Sancho Panza, acostumbrando a las arengas de su amo, sigue bebiendo.

Don Quijote, como Emma Bovary, ha leído demasiado. Ambos son mártires de la revolución de Gutenberg. El Caballero de la Triste Figura ha absorbido tantas historias de deseo sublimado y proezas que ya no distingue lo que le rodea; Emma lee sobre fortunas ganadas y perdidas, sobre damas arrancadas de la oscuridad por condes galantes, sobre una vida como una fiesta sin fin. “Anhelaba viajar; anhelaba regresar al convento. Quería morir. Y quería vivir en París.” Ambos sufren, como todos nosotros, porque el mundo no es como debería ser.

Sin embargo, Mary McCarthy se equivocó al escribir que “madame Bovary es don Quijote con faldas”. El sufrimiento de Emma es platónico; busca, en todos los lugares equivocados y con toda la gente equivocada, un ideal que solo es imaginario. Hasta el final cree que obtendrá el amor y el reconocimiento que merece. El sufrimiento de don Quijote es cristiano: se ha convencido de que en el pasado el mundo era realmente lo que debía ser, de que el ideal se hizo carne y luego se desvaneció. Como ha probado un anticipo del paraíso, su sufrimiento es más agudo que el de Emma, que anhela lo improbable pero no lo imposible. Don Quijote aguarda la Segunda Venida. Su búsqueda está condenada desde el principio porque se rebela contra la naturaleza del tiempo, que es irreversible e inconquistable. Lo pasado, pasado está; esa es la idea que no puede soportar. Las novelas de caballerías le han robado la ironía, la armadura de los lúcidos. La ironía puede definirse como la capacidad de reconocer la distancia entre lo real y lo ideal sin violentar ninguno de los dos. Don Quijote es presa de la ilusión de que la distancia que percibe es producto de una catástrofe histórica, no que sencillamente tiene su raíz en la vida. Es un mesías tragicómico, que vaga en el desierto de su propia imaginación.

La fantasía de don Quijote se sustenta en una suposición sobre la historia: que el pasado está previamente dividido en eras discretas y coherentes. Una “era”, por supuesto, no es otra cosa que un espacio entre dos puntos que señalamos en la línea del tiempo para que la historia nos resulte legible. Hacemos lo mismo tallando “acontecimientos” a partir del caos de la experiencia, como descubrió el Fabrizio del Dongo de Stendhal en su fútil búsqueda de la batalla de Waterloo. Para poner algo de orden en nuestros pensamientos, debemos imponer un orden improvisado en el pasado. Hablamos metafóricamente del “amanecer de una era” o del “fin de una era”, sin pensar que en cierto momento cruzamos una frontera. Cuando el pasado es remoto somos especialmente conscientes de lo que estamos haciendo y nada parece particularmente en peligro si, digamos, trasladamos las fronteras del Pleistoceno o de la Edad de Piedra un milenio para adelante o para atrás. Las distinciones están para ayudarnos, y cuando no lo hacen las revisamos o las ignoramos. En principio la cronología debía ser para la historia lo que la taxonomía es para la biología.

Pero cuanto más nos acercamos al presente, y cuanto más se acercan nuestras distinciones a la sociedad, más cargada está la cronología. Esto también ocurre con la taxonomía. El concepto de “raza” tiene unas connotaciones cuando lo aplicamos a las plantas y otras cuando lo aplicamos a los seres humanos. El peligro en el último caso es la cosificación, algo que ocurre cuando, para comprender la realidad, desarrollamos un concepto que distingue cosas (como el grupo lingüístico “ario”, por ejemplo). Estamos aprendiendo a no hacerlo con la raza, pero cuando se trata de entender la historia todavía somos criaturas incorregiblemente cosificadoras.

El impulso de dividir el tiempo en eras parece inscrito en nuestra imaginación. Vemos que las estrellas y las estaciones siguen ciclos regulares y que la vida humana sigue un arco de la nada a la madurez y luego de regreso a la nada. Este movimiento de la naturaleza aportó irresistibles metáforas para describir el cambio cosmológico, sagrado y político de civilizaciones antiguas y modernas. Pero a medida que las metáforas envejecen y migran de la imaginación poética al mito social, se solidifican en certidumbres. No hace falta haber leído a Kierkegaard o Heidegger para conocer la ansiedad que acompaña a la conciencia histórica, ese calambre interior que llega cuando el tiempo se lanza hacia delante y nos sentimos catapultados hacia el futuro. Para relajar ese calambre nos decimos que sabemos en verdad cómo una era ha seguido a otra desde el principio. Esta mentira piadosa nos da esperanzas de alterar el curso futuro de los acontecimientos, o al menos aprender a adaptarnos a ellos. Parece incluso que proporciona cierto solaz pensar que estamos atrapados en una historia predeterminada de decadencia, mientras podamos esperar un nuevo giro de la rueda, o un acontecimiento escatológico que nos lleve más allá del tiempo.

El pensamiento que divide el tiempo en épocas es pensamiento mágico. Hasta las mejores mentes sucumben a él. Para Hesíodo y Ovidio las “edades del hombre” eran una alegoría, pero para el autor del Libro de Daniel los cuatro reinos destinados a gobernar el mundo eran una certeza profética. Los apologistas cristianos, de Eusebio a Bossuet, vieron que la mano providencial de Dios daba forma a distintas eras que marcaban la preparación, la revelación y la diseminación del Evangelio. Ibn Jaldún, Maquiavelo y Vico pensaban que habían descubierto el mecanismo por el cual las naciones surgen de toscos comienzos antes de alcanzar su cúspide y decaer en la lujuria y la literatura, para después regresar cíclicamente a sus orígenes. Hegel dividía la historia de prácticamente todas las empresas humanas –política, religión, arte, filosofía– en una serpenteante red temporal de tríadas dentro de tríadas. Heidegger hablaba elípticamente de “épocas en la historia del Ser” que abren y cierran un destino que escapa a la comprensión humana (aunque a veces dejan señales, como la esvástica). Ni siquiera nuestros profetas académicos menores del posmodernismo, al utilizar el prefijo pos-, parecen superar la compulsión de separar una era de otra. O de considerar culminante la suya, en la que descubrimos que realmente todos los gatos son pardos.

Los relatos del progreso, el retroceso y los ciclos dan por sentado un mecanismo por el que ocurre el cambio histórico. Pueden ser las leyes naturales del cosmos, la voluntad de Dios, el desarrollo dialéctico de la mente humana o de fuerzas económicas. Una vez que entendemos el mecanismo, estamos seguros de comprender lo que ocurrió de verdad y lo que está por venir. Pero ¿y si no existe ese mecanismo? ¿Y si la historia está sujeta a repentinas erupciones que no se pueden explicar por medio de ninguna ciencia de la tectónica temporal? Esas son las preguntas que surgen frente a los cataclismos para los que ninguna racionalización parece adecuada y ningún consuelo parece posible. En respuesta, se desarrolla una visión apocalíptica de la historia que ve una corriente en el tiempo que se ensancha cada año que pasa, distanciándonos de una época que era dorada, heroica o simplemente normal. En esta visión, en realidad, solo hay un acontecimiento en la historia, el kairós que separa el mundo que nos correspondía del mundo en el que debemos vivir. Esto es todo lo que podemos y debemos saber del pasado.

La historia apocalíptica también tiene una historia, que constituye un registro de la desesperación humana. La expulsión del Edén, la destrucción del primero y el segundo templos, la crucifixión de Jesucristo, el saqueo de Roma, los asesinatos de Huséin y Alí, las cruzadas, la caída de Jerusalén, la Reforma, la caída de Constantinopla, las guerras civiles inglesas, la Revolución francesa, la guerra de Secesión, la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, la abolición del califato, la Shoah, la Nakba palestina, “los sesenta”, el 11-s; todos estos acontecimientos están inscritos en las memorias colectivas como rupturas definitivas de la historia. Para la imaginación apocalíptica, el presente, no el pasado, es un país extranjero. Por eso se siente tan inclinada a soñar con un segundo acontecimiento que abra las puertas del paraíso. Su atención se centra en el horizonte que aguarda al Mesías, a la Revolución, al Líder, al fin del tiempo en sí. Solo un apocalipsis puede salvarnos ahora; frente a la catástrofe, esta convicción morbosa puede parecer simple sentido común. Pero a lo largo de la historia también ha suscitado esperanzas exageradas que se vieron inevitablemente frustradas, dejando a aquellos que las tenían todavía más desolados. Las puertas del Reino permanecen cerradas, y todo lo que quedaba era el recuerdo de la derrota, la destrucción y el exilio. Y fantasías del mundo que hemos perdido.

Para quienes nunca han experimentado la derrota, la destrucción o el exilio, la pérdida posee un encanto innegable. Una agencia de viajes alternativa de Rumania ofrece lo que llama “Tour Hermosa Decadencia” de Bucarest, que ofrece al visitante una visión del paisaje urbano poscomunista: edificios llenos de escombros y cristales rotos, fábricas abandonadas invadidas por la hierba... ese tipo de cosas. Los comentarios en internet son efusivos. Jóvenes artistas estadounidenses, que se sienten ignorados en la gentrificada Nueva York, se trasladan a Detroit, el Bucarest de Estados Unidos, para apretar de nuevo los dientes. Caballeros ingleses sucumbieron a algo similar en el siglo XIX, y compraban abadías y casas de campo desiertas donde temblaban de frío los fines de semana. Para los nostálgicos, la decadencia del ideal es el ideal.

La nostalgie de la boue es ajena a las víctimas de la historia. Situadas al otro lado de la fractura que separa el pasado y el presente, algunas reconocen su pérdida y miran hacia el futuro, con esperanza o sin ella; el superviviente del campo que nunca menciona el número que lleva tatuado en el brazo mientras juega con sus nietos un domingo por la tarde. Otras permanecen al borde de la fractura y observan cómo retroceden las luces en el otro lado, noche tras noche, mientras sus mentes rebotan entre la ira y la resignación: los viejos rusos blancos sentados en torno a un samovar en una chambre de bonne, con las gruesas cortinas corridas y los ojos húmedos mientras cantan sus viejas canciones. Algunos, sin embargo, se vuelven idólatras de ese cisma. Se obsesionan con vengarse del demiurgo que hizo que se abriera. Su nostalgia es revolucionaria. Puesto que la continuidad del tiempo ya se ha roto, empiezan a soñar con producir una segunda ruptura y escapar del presente. Pero ¿en qué dirección? ¿Deberíamos encontrar el camino de regreso al pasado y ejercer nuestro derecho de retorno? ¿O deberíamos movernos hacia delante, en dirección a una nueva era inspirada por la edad dorada? ¿Reconstruir el Templo o fundar un kibutz?

La política de la nostalgia solo trata de estas cuestiones. Tras la Revolución francesa, los aristócratas desposeídos y el clero acampaban al otro lado de la frontera francesa, confiados en que regresarían pronto y volverían a ponerlo todo en su sitio. Tuvieron que esperar un cuarto de siglo, y para entonces Francia ya no era lo que había sido. La Restauración no fue tal. Pero el monarquismo católico nostálgico siguió siendo una corriente fuerte en la política francesa hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando movimientos como Action Française cayeron finalmente en desgracia por colaborar con Vichy. Todavía existen pequeños grupos de simpatizantes, y el periódico L’Action Française 2000 sigue llegando a los quioscos, como un espectro, cada dos semanas. La derrota de los alemanes en la Primera Guerra Mundial impulsó a Adolf Hitler en dirección opuesta. Podría haber proyectado la imagen de una vieja Alemania restaurada de pueblos conservadores en valles bávaros, poblada de Hans Sachses que sabían cantar y luchar. En vez de eso hablaba de una Alemania inspirada por las tribus antiguas y las legiones romanas, ahora a bordo de tanques Panzer que desataban tormentas de acero y gobernaban una Europa industrial hipermoderna limpia de judíos y bolcheviques. Adelante hacia el pasado.

La historiografía apocalíptica nunca pasa de moda. Los conservadores estadounidenses de la actualidad han perfeccionado un mito popular sobre cómo la nación salió de la Segunda Guerra Mundial fuerte y virtuosa, solo para convertirse en una sociedad licenciosa gobernada por un amenazador Estado laico tras la Nakba de los años sesenta. Están divididos sobre la respuesta correcta. Algunos quieren regresar a un pasado tradicional idealizado; otros sueñan con un futuro libertario donde las virtudes de la frontera nacerán de nuevo y la velocidad de internet será tremenda. La situación es más grave en Europa, sobre todo en el este, donde viejos mapas de la Gran Serbia guardados desde 1914 fueron sacados y publicados en internet poco después de la caída del Muro de Berlín, y donde los húngaros han empezado a contar viejas historias sobre lo mucho mejor que era la vida cuando no había tantos judíos y gitanos. La situación es crítica en Rusia, donde ahora todos los problemas se atribuyen a la catastrófica desintegración de la Unión Soviética, lo cual permite que Vladímir Putin venda sueños de un imperio restaurado bendecido por la Iglesia ortodoxa y sostenido por el pillaje y el vodka.

Pero es en el mundo musulmán donde esa creencia en una Edad Dorada perdida es más poderosa y relevante. Cuanta más literatura del islamismo radical lee uno, más aprecia el atractivo del mito. Es más o menos así: antes de la llegada del Profeta el mundo se encontraba en una era de ignorancia, la jahiliyya. Los grandes imperios estaban sumidos en la inmoralidad pagana, el cristianismo había desarrollado un monasticismo que negaba la vida y los árabes eran bebedores y jugadores supersticiosos. Mahoma fue elegido como el vehículo de la revelación final de Dios, que elevaría a todos los individuos y pueblos que lo aceptaran. Los compañeros del Profeta y los primeros califas eran impecables portadores del mensaje y empezaron a construir una nueva sociedad basada en la ley divina. Pero pronto, asombrosamente pronto, se perdió el impulso de esta generación fundadora. Y nunca se ha recuperado. En las tierras árabes, los conquistadores iban y venían: omeyas, abasíes, cruzados cristianos, mongoles, turcos... Cuando los creyentes eran fieles al Corán había cierta apariencia de justicia y virtud, y hubo unos siglos en que las artes y las ciencias progresaron. Pero el éxito siempre traía lujo, y el lujo engendraba vicio y estancamiento. La voluntad de imponer la soberanía de Dios murió.

Al principio, la llegada de las potencias coloniales en el siglo XIX parecía ser solo otra cruzada occidental. Pero presentó un desafío totalmente nuevo y mucho más grande para el islam. Los cruzados medievales querían conquistar militarmente a los musulmanes y forzarlos a convertirse. La estrategia de los colonizadores modernos era debilitar a los musulmanes alejándolos de la religión e imponiendo un orden laico inmoral. En vez de enfrentarse a guerreros sagrados en el campo de batalla, los nuevos cruzados simplemente exponían los principios de la ciencia y la tecnología modernas y cautivaban a sus enemigos. “Si abandonas a Dios y usurpas su legítimo gobierno sobre ti –ronroneaban–, todo esto será tuyo.” Muy pronto, el talismán de la modernidad laica surtió efecto, y las élites musulmanas se volvieron fanáticas del “desarrollo” y enviaron a sus hijos –chicas incluidas– a escuelas y universidades laicas, con los resultados previsibles. Los animaron los tiranos que los gobernaban con el apoyo de Occidente y que siguiendo sus órdenes oprimían a los fieles.

Todas estas fuerzas –laicismo, individualismo, materialismo, indiferencia moral, tiranía– se han combinado para producir una nueva jahiliyya que todo musulmán fiel debe combatir, como el Profeta en las postrimerías del siglo vii. Él no hizo concesiones, no liberalizó, no democratizó, no persiguió el desarrollo. Divulgó la palabra de Dios e instituyó su Ley, y debemos seguir su ejemplo sagrado. Una vez que hayamos conseguido eso, la era gloriosa del Profeta y sus compañeros regresará para siempre. Inshallah.

Hay poco que sea exclusivamente musulmán en este mito. Incluso su éxito a la hora de movilizar a los fieles y de inspirar actos de violencia extraordinaria tiene precedentes en las cruzadas y en los esfuerzos nazis por regresar a Roma pasando por el Valhalla. Cuando la Edad Dorada se encuentra con el Apocalipsis, la Tierra empieza a temblar.

Lo que resulta llamativo en la actualidad es la poca cantidad de anticuerpos que el pensamiento islámico contemporáneo tiene contra este mito, por razones históricas y teológicas. Entre las joyas de sabiduría y poesía del Corán también aparece un elemento de inseguridad, inusual en textos sagrados, sobre el lugar que le corresponde al islam en la historia. Desde las primeras suras se nos invita a compartir la frustración de Mahoma por el rechazo de los judíos y cristianos, cuyo legado profético él iba a cumplir y no abolir. En cuanto el Profeta empieza su misión, la historia se aparta un poco de su rumbo y se debe hacer un ajuste para las “gentes del Libro”, ciegas al tesoro que les pone ante los ojos. San Pablo afrontó un desafío similar en sus epístolas, en las que aconsejó una coexistencia pacífica con los cristianos paganos, los cristianos judíos y los judíos no cristianos. Algunos versículos del Corán son generosos y tolerantes sobre la resistencia al Profeta. Muchos otros no lo son. El Corán muestra un resentimiento inconfundible por haber llegado tarde, y quienes están resentidos con el presente pueden explotarlo con facilidad. Lectores sin preparación e ignorantes de las profundas tradiciones intelectuales de la interpretación coránica, que por la razón que sea pueden sentirse enfadados por sus condiciones de vida, son presa fácil de quienes utilizan el Corán para enseñar que los rencores históricos son sagrados. A partir de ahí no se necesita mucho para empezar a pensar que la venganza histórica también es sagrada.

En cuanto termine la carnicería, como al final ocurrirá, por agotamiento o por derrota, el pathos del islamismo político merecerá tanta reflexión como su monstruosidad. Uno casi se ruboriza al pensar en la ignorancia histórica, la piedad mal dirigida, el exagerado sentido del honor, la impotente pose adolescente, la ceguera ante la realidad, y el miedo a esta, que hay tras esta fiebre asesina. El pathos de don Quijote es bastante distinto. El Caballero de la Triste Figura es absurdo pero noble, un santo que sufre, varado en el presente, que deja a quienes encuentra mejorados aunque levemente magullados. Es un fanático flexible, que de vez en cuando le guiña el ojo a Sancho Panza como si quisiera decir: “No te preocupes. Me controlo.” Y sabe cuándo parar. Tras ser derrotado en un combate simulado por sus amigos, renuncia a la caballería, enferma y nunca se recupera. Sancho intenta resucitarlo proponiendo que se retiren al campo y vivan juntos como sencillos pastores, como en la Edad Dorada. Pero no sirve de nada; afronta su muerte con humildad. Un don Quijote triunfal y vengativo es impensable.

La literatura del islamismo radical es una versión de pesadilla de la novela de Cervantes. Quienes la escriben se sienten también incómodos en el presente, pero tienen la garantía divina de que lo que se perdió en el tiempo puede encontrarse en el tiempo. Para Dios, el pasado nunca es pasado. La sociedad ideal siempre es posible, porque existió una y no hay condiciones sociales necesarias para su realización; lo que ha sido y debe ser puede ser. Lo único que hace falta es fe y voluntad. El adversario no es el tiempo en sí, sino aquellos que en todas las épocas históricas han obstaculizado el camino de Dios. Esta idea poderosa no es nueva. Al analizar las reacciones conservadoras a las revoluciones de 1848, Marx escribió que en épocas de crisis revolucionarias “conjuramos ansiosamente el espíritu del pasado” para tranquilizarnos frente a lo desconocido. Confiaba, sin embargo, en que esas reacciones fueran temporales y en que la conciencia humana estaba destinada a alcanzar lo que ya ocurría en el mundo material. Hoy, cuando los cuentos infantiles políticos parecen más poderosos que las fuerzas económicas, es difícil compartir su confianza. Somos demasiado conscientes de que los eslóganes revolucionarios de nuestra época empiezan diciendo: “Érase una vez...” ~

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Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Fragmento de La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna, que Debate pondrá en circulación este mes.


Friday, 16 June 2017 00:00

La censura en manos de Google

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Puede que el destino político de Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, esté en declive, pero la presión que ejerce para que las empresas de internet vigilen lo que dicen sus usuarios sigue más vigente que nunca. A consecuencia de los recientes ataques en Londres, May calificó a plataformas como Google y Facebook de ser un caldo de cultivo para el terrorismo.

Exigió a esas compañías la creación de herramientas para identificar y eliminar el contenido extremista. Los líderes de los países del G7 sugirieron lo mismo hace poco. Alemania quiere imponer una multa de hasta 50 millones de euros si no eliminan contenido ilegal con rapidez. La Unión Europea redactó un proyecto de ley que haría responsable a YouTube y a otros sitios de videos de asegurarse de que los usuarios nunca compartan discursos violentos.

Los temores y las frustraciones que dan lugar a ese tipo de acciones son comprensibles. Sin embargo, hacer que las empresas privadas limiten la libertad de expresión de los usuarios en foros públicos importantes —que es en lo que se han convertido plataformas como Twitter y Facebook— es peligroso.

Las leyes propuestas podrían dañar la libertad de expresión y el acceso a la información de los periodistas, disidentes políticos y usuarios comunes. Los legisladores deberían hacer una evaluación honesta sobre las consecuencias, en lugar de suponer que Silicon Valley tiene la tecnología milagrosa que puede depurar el contenido extremista de internet sin suprimir también expresiones importantes permitidas legalmente.

En Europa, las plataformas operan sistemas de detección y eliminación de contenido que viola la ley. La mayoría también prohíbe otro tipo de material legítimo, pero indeseable, como la pornografía y el acoso, según lineamentos de la comunidad de aplicación voluntaria. En ocasiones, las plataformas eliminan poco. Con frecuencia eliminan demasiado, según investigaciones, y acallan el discurso contestatario en lugar de arriesgarse a asumir la responsabilidad.

Los acusadores se aprovechan de eso para apuntar contra expresiones que no les gustan, como se dice que lo ha hecho el gobierno ecuatoriano ante críticas políticas; la Iglesia de la Cienciología por disputas religiosas, o investigadores científicos desacreditados por estudios que invalidan sus hallazgos o demuestran plagio.

Las leyes propuestas por Alemania aumentan los incentivos para eliminar contenido debido a la cautela: cualquier plataforma que no borre contenido ilícito a más tardar 24 horas después de recibir una notificación sobre su existencia se arriesga a una multa por la cuantiosa suma de 50 millones de euros.

Termina siendo posible para los gobiernos que dejen el control sobre la libre expresión en manos de las empresas privadas para ejercer la censura a través de representantes.

Los políticos europeos presumen esas leyes propuestas como frenos para el poder de las grandes empresas de internet. No obstante, en realidad son justo lo contrario. Esas leyes les confieren una función a las empresas privadas, que antes estaba en manos de los tribunales y los legisladores nacionales: decidir qué información pueden ver y compartir los usuarios. Esta es una pérdida significativa de soberanía y control democrático.

Quitarle al Estado esa responsabilidad y ponerla en manos de actores privados también elimina las protecciones legales clave de los usuarios de internet. Las leyes en materia de derechos humanos no rigen a los propietarios de plataformas privadas como lo hacen la policía o los tribunales. Lo más probable es que los usuarios no tengan salida si las empresas aplican mano dura o son descuidadas al eliminar contenidos. Termina siendo posible para los gobiernos que dejen el control sobre la libre expresión en manos de las empresas privadas para ejercer la censura a través de representantes.

Las propuestas para leyes que hacen que las plataformas vayan más allá de una política de detección y eliminación para en cambio controlar de manera proactiva lo que expresen los usuarios serían todavía peores que las medidas draconianas de eliminación de contenidos en Alemania.

Cada minuto se suben a YouTube unas 300 horas de video, por lo que resulta humanamente imposible revisarlas por completo. Las cortes, entre las que se encuentran el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, han reconocido que las expresiones de los usuarios y los derechos de privacidad se verán afectados si las plataformas vetan cada palabra que se publica.

Además, los estudios sugieren que los usuarios de internet censuran lo que dicen cuando piensan que están bajo vigilancia. Los investigadores descubrieron que los periodistas tienen miedo de escribir sobre terrorismo, los usuarios de Wikipedia están renuentes a buscar información sobre Al Qaeda y los usuarios de Google evitan hacer búsquedas de temas delicados a raíz de las revelaciones de Edward Snowden.

Algunos políticos afirman que la solución es generar filtros: software que identifique y suprima contenido ilegal de manera automática. Sin embargo, ningún técnico responsable cree que los filtros puedan ayudar a evaluar qué discurso es legal. Los abogados y los jueces calificados batallan para tomar una decisión como esa. Lo que los filtros del mundo real pueden hacer, en el mejor de los casos, es encontrar réplicas de textos, imágenes o videos específicos, pero solo después de que el juicio humano determinó que son ilegales. Los filtros que pueden encontrar imágenes sobre abuso sexual infantil funcionan relativamente bien porque esas imágenes son ilegales en todos los casos. 

No obstante, no sucede lo mismo con el material violento o extremista. Casi toda imagen o video de ese tipo es legal en cierto contexto. Los filtros no pueden identificar la diferencia entre las imágenes que se utilizan para fines de reclutamiento y las mismas imágenes de uso periodístico, defensoría política o esfuerzos en materia de derechos humanos.

Cuando los filtros fallen en hacer dichas distinciones, eliminarán información y debates sobre temas de vital importancia pública. Las empresas reacias a correr riesgos que incurran en la eliminación excesiva de ese tipo de discurso silenciarían en forma desproporcionada a los hablantes árabes, así como el material religioso sobre el islam.

Como abogada con una amplia experiencia en el manejo de las eliminaciones de contenido de las búsquedas cibernéticas de Google, creo que hay formas responsables de eliminar contenido ilegal de las plataformas. Un buen inicio es que los tribunales, y no máquinas ni empleados corporativos que operan bajo la amenaza de enormes multas, decidan qué viola la ley. Los acusados deberían tener oportunidades de defender lo que dijeron y el público debería poder enterarse del momento en que el contenido desaparezca de internet.

Si los políticos piensan que erosionar el derecho a expresarse en línea nos dará mayor seguridad, deberían explicarnos por qué. Pese a toda la retórica, no sabemos bien si obstaculizar las expresiones en la web evite la violencia en el mundo real. La poca investigación con la que contamos sugiere que enviar material violento o sobre discursos de odio a los rincones oscuros de la red podría empeorar las cosas.

Las exigencias indignadas para lograr una “responsabilidad de las plataformas” son una respuesta desproporcionada al terrorismo y evitan que la atención pública se enfoque en los deberes de los gobiernos. Sin embargo, no queremos un internet donde las plataformas privadas vigilen cada palabra por orden del Estado. Dicho poder sobre el discurso público resultaría orwelliano en las manos de cualquier gobierno, ya se trate de Theresa May, Donald Trump o Vladimir Putin.

 

Vivir en los extremos de opresión y libertad ha sido el destino de Venezuela. Hace doscientos años, en su guerra de independencia (las más larga del continente), los venezolanos se mataban entre sí con indecible ferocidad: friendo las cabezas de sus enemigos, asesinando niños, ancianos, mujeres y enfermos, hasta perder la cuarta parte de su población y casi toda su riqueza ganadera. Pero extremas también, en su ambición e intensidad, fueron las hazañas de Simón Bolívar, libertador de futuras naciones (Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia). Y no menos notable fue su contemporáneo Andrés Bello, quizá el mayor pensador republicano del siglo XIX en América Latina.

Venezuela padeció largos periodos de dictadura hasta bien entrado el siglo XX y por ello arribó muy tarde al orden constitucional, en 1959, de la mano de otro personaje extraordinario, sin precedente: Rómulo Betancourt (1908-1981), el primer converso latinoamericano del comunismo a la democracia y, acaso, nuestro más esforzado demócrata del siglo anterior. Por desgracia, el periodo democrático tendría fecha de caducidad: en 1998, cansada de un régimen bipartidista manchado por la corrupción y las desigualdades sociales, Venezuela encumbró al redentor mediático Hugo Chávez.

La tensión continúa. Un sector amplísimo de la sociedad lleva meses volcado en las calles de todo el país reclamando su libertad y sus derechos confiscados por un régimen tiránico que la condena al hambre, la escasez, la desnutrición y la insalubridad. Las miles de imágenes de la represión por parte de los contingentes de la Guardia Nacional que pueden verse en las redes sociales son estremecedoras: disparos a mansalva, emboscadas mortales, decenas de jóvenes asesinados, asaltos a ancianos, vejaciones a mujeres, tanques contra manifestantes. Un Tiananmén diario mientras Maduro baila salsa. No podemos esperar el desenlace de ese drama como esperamos el final de una serie de televisión: Venezuela necesita una solución sin precedentes.

Me tocó presenciar de cerca el penúltimo ciclo de la antigua tensión. Me refiero a la era de Hugo Chávez, antecedente y responsable directo del drama actual. A fines de 2007, viajé por primera vez a Venezuela. Acababa de ocurrir el referendo (el único que perdió Chávez) en el que la mayoría de los votantes se manifestó de manera contraria a las propuesta de reelección indefinida y la conformación de un Estado socialista, lo que habría significado la fusión de Cuba con Venezuela en un solo Estado federal.


 
Los presidentes Fidel Castro, de Cuba, y Hugo Chávez, de Venezuela, el 29 de octubre de 2000, durante la presentación de una ofrenda en el Campo de Carabobo, donde se libró la batalla decisiva de la independencia venezolana CreditREUTERS/Kimberly White

Volví varias veces. Hablé con numerosos chavistas, desde altos funcionarios e intelectuales afines al gobierno hasta líderes sociales. Me impresionó el testimonio espontáneo, en barriadas populares, de la gente agradecida con el hombre que “por primera vez”, según me decían, “los tomaba en cuenta”. Sentí que la vocación social de Chávez era genuina pero para ponerla en práctica no se requería instaurar una dictadura. El entonces ministro de Hacienda, Alí Rodríguez Araque, me contradijo: “Acá estamos construyendo el Estado comunal, como no pudieron hacerlo los sóviets, los chinos ni los cubanos”. “¿En qué basa su optimismo?”, le pregunté. “En nuestro petróleo. Está a 150 dólares por barril y llegará a 250”. “¿Y si se desploma, como en México en 1982, quebrando al país?”, insistí. “Llegará a 250, no tengo duda”, me dijo.

En el bando de la oposición hablé con estudiantes, empresarios, escritores, líderes sindicales, militares, políticos y exguerrilleros. Aunque los alarmaba el desmantelamiento de PDVSA (la productiva empresa petrolera nacionalizada en 1975), así como los niveles –una vez más, sin precedente en América Latina– de despilfarro y corrupción con los que el gobierno disponía de la riqueza petrolera, su principal preocupación era la destrucción de la democracia: la reciente confiscación de RCTV (la principal cadena privada de televisión) y el creciente dominio personal de Chávez sobre los poderes públicos presagiaban una deriva totalitaria. Chávez lo había anunciado desde su primer viaje a La Habana, cuando declaró que Venezuela se dirigía hacia el mismo “mar de la felicidad” en el que navegaba Cuba. La presencia de personal militar y de inteligencia cubano en Venezuela y la voluntad expresa de Chávez en volverse “el todo” de su país (como Castro lo era de Cuba), parecían confirmar esos temores.

Pensé que el daño más serio que Chávez infligía a Venezuela era el feroz discurso de odio que practicaban él y sus voceros. Quienes no estaban con él estaban contra “el pueblo”: eran los “escuálidos”, los “pitiyanquis” aliados al imperio, los conspiradores de siempre, los culpables de todo. Había que denigrarlos, expropiarlos, doblegarlos, acallarlos. Concluí que Chávez quería ser Castro, pero el tránsito hacia el “mar de la felicidad” no le sería fácil por el temple de libertad de los venezolanos.

Una historia sin precedentes tenía que desembocar en situaciones sin precedentes, como la súbita enfermedad mortal del caudillo que se imaginaba inmortal y el ungimiento monárquico de su sucesor. Pero nada preparó a los venezolanos para la tragedia que ahora viven. Junto con los ensueños petroleros han caído las máscaras ideológicas. El balance de la destrucción económica y social es terrible, y tardará decenios en asimilarse: tras despilfarrar en quince años cientos de billones de dólares de ingreso petrolero, el país más rico en reservas de América ha descendido a un nivel de pobreza de 80 por ciento  y enfrenta una inflación estimada de 720 por ciento para 2017.

Venezuela es el Zimbabue de América. Una descarada alianza de políticos y militares corruptos, obedientes a los dictados de Cuba e involucrados muchos de ellos en el narcotráfico, ha secuestrado a una nación riquísima en recursos petroleros e intenta apropiarse de ella a cualquier costo humano, y a perpetuidad.

Los asesinatos del gobierno de Maduro no son todavía comparables a los de las dictaduras genocidas de Chile y Argentina en los años setenta. Pero conviene recordar que estas no provenían de un orden democrático (y, en el caso de Pinochet, cedieron el poder tras un plebiscito). Tampoco es una copia del régimen de Castro, que acabó de un golpe con todas las libertades y las instituciones independientes y es la dictadura más longeva de la historia moderna.

Se trata, en todo caso, de una cubanización paulatina, el plan original de instaurar el “Estado comunal” a través de una asamblea constituyente espuria y liquidar las elecciones presidenciales de 2018. Pero este designio totalitario se topa con una resistencia masiva sin precedentes en nuestra historia latinoamericana, una participación cuyo heroísmo recordaría los mejores momentos de Solidaridad en Polonia o la Revolución de Terciopelo en Praga, si no fuera por la sangre que diariamente se derrama.


 
Un manifestante con la bandera venezolana durante una marcha el 10 de junio en Caracas, llevada a cabo después de más de dos meses de protestas contra el gobierno que han dejado más de 60 muertesCreditLuis Robayo/Agence France-Presse -- Getty Images

Es imposible predecir el desenlace. Pero para la comunidad internacional hay una salida. Se trata de la doctrina que el propio Rómulo Betancourt formuló en 1959 y que hoy ha retomado el valeroso Luis Almagro, quien con su liderazgo ha rescatado la dignidad e iniciativa de la OEA. El Derecho Internacional la conoce con el nombre de Doctrina Betancourt.

“Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranicen con respaldo de las políticas totalitarias deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional”.

Nada cabe esperar de gobiernos dictatoriales: Rusia, China, Cuba, Corea del Norte. Tampoco de los serviles satélites de Maduro en la región. En cuanto a Estados Unidos, quizá Obama hubiese logrado la intercesión cubana, pero tratándose de Trump, carente de toda legitimidad moral, sería mejor que en nada intervenga. Quedan Europa, América Latina y el Vaticano. En solidaridad con el bravo pueblo de Venezuela, la Unión Europea y los países principales de América Latina deben tender el “cordón sanitario” –diplomático, financiero, comercial, político– al régimen forajido de Maduro, persuadir al papa Francisco de ser más agresivo en este esfuerzo y presionar juntos a Raúl Castro para aceptar la salida democrática: cese a la represión, elecciones inmediatas, respeto a las instituciones, libertad a los presos políticos.

 

Antes de que Miguel Ángel Porrúa, que no guarda relación alguna con Editorial Porrúa o la librería del mismo apellido, ni con el título La Fuerza del Cambio —pero que utiliza el Porrúa “para engañar y estafar al público”—, el libro autobiográfico del ex gobernador de Puebla Rafael Moreno Valle se ofreció a otras firmas editoriales que lo rechazaron.

Entre ellas a Grijalbo que por esas mismas fechas sacó a circulación el libro Margarita Mi Historia, de la esposa del ex presidente Felipe Calderón Hinojosa que narra la historia de su familia y la suya propia, así como las razones que la llevan a buscar la Presidencia de la República.

Grijalbo y otros de sus sellos editoriales no aceptaron hacer La Fuerza del Cambio a pesar de los millones que les ofrecieron, justamente para no prestarse a la farsa de Miguel Ángel Porrúa que supuestamente paga millonadas de pesos en espectaculares, spots de radio y televisión y banners en medios digitales para promocionar un libro que ni siquiera se vende, pero que sirve como pretexto para el posicionamiento anticipado de Rafael Moreno Valle como aspirante presidencial.

***

Desde anoche un legislador, especialista en derecho constitucional y electoral, me hizo llegar el siguiente comentario: Tu columna está buena, pero tu fuente omitió leer la Constitución ya que ningún gobernador (Tony o cualquier otro) puede ser candidato a nada sin antes terminar su periodo en términos del tercer párrafo de la fracción V del artículo 55:

Los Gobernadores de los Estados y el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México no podrán ser electos en las entidades de sus respectivas jurisdicciones durante el periodo de su encargo, aun cuando se separen definitivamente de sus puestos”.

Lo que yo he escuchado —agregó el mismo diputado— es que quieren darle la candidatura a Tony Jr, pero que él se resiste.

Sobre el mismo tema un operador de medios de influyentes personajes panistas me escribió:

Ni tan inverosímil tu columna, porque ayer me comentaron casi lo mismo del lado del Y 	  </div>
	  
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A finales de mayo, el Banco Mundial (BM) dio a conocer su informe Momento Decisivo: la educación superior en América Latina y el Caribe (Ferreyra, Avitabile, Botero, Haimovich y Urzúa). Conocer este tipo de reportes es importante por al menos cuatro razones.

Primero, porque ofrecen una panorámica amplia del sector universitario al incluir indicadores de desempeño de los distintos países. Cuando uno peca de verse el ombligo y caer en el pesimismo, basta compararse con lo que hacen otros países de la región para matizar el juicio. Segundo, los informes del Banco Mundial – en algún momento, considerado el “villano favorito” de nuestras desgracias – abren posibilidades para la discusión pública y el debate. Aquellos que son propensos a explicar todo con base en el “neoliberalismo” ya tienen un pretexto para agitarse con la publicación del BM.

Tercero, las ideas vertidas por el BM sobre educación superior llegan en un momento importante para México. Como se sabe, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) está preparando el documento de política 2030 sobre este nivel, el cual será presentado a los candidatos a la presidencia de la República en 2018. Y en cuarto y último lugar, también dentro del seno de la ANUIES, estamos discutiendo el contenido de una nueva Ley de Educación Superior.

¿Qué elementos del informe del Banco Mundial se tomarán para estos documentos de política educativa nacional? Ya veremos, mientras tanto, hagamos un breve repaso y crítica del citado documento.

¿Qué juzgo como positivo del Informe? En primer lugar, advierto que los economistas del Banco Mundial ya desarrollaron una visión más realista de la capacidad de cambio y transformación que tiene la educación superior. De esta manera, afirman que para comprender mejor la función de las universidades, hay que considerar la problemática del bachillerato, del mercado laboral y de la economía en su conjunto. “[L]os graduados de educación superior sólo pueden materializar su potencial productivo si su entorno se lo permite”. Esta perspectiva ayuda a repensar en lo que puede o no hacer la universidad en nuestros países latinoamericanos que, como observarían algunos, no experimentaron la modernidad.

Otro acierto del informe es brindar información para repensar la equidad más allá del clásico argumento pobrista. Tres datos llaman la atención del Informe. Primero, el acceso a la educación superior en la región creció notablemente del año 2000 a 2013, ya que pasó de una tasa de 18 a 28 por ciento. Es decir, más jóvenes de entre 18 y 24 años cursan actualmente una carrera universitaria. Segundo, un mayor número de jóvenes que llegaron a este nivel provienen de familias con ingresos bajos y medios. Estos jóvenes son vistos por el BM como el “estudiante nuevo”. Mientras en el año 2000, sólo 16 por ciento del estudiantado de educación superior representaba el 50 por ciento más pobre de la población, esta tasa creció a 24 por ciento en 2012. Tercero y último, aunque los ricos siguen aún teniendo más probabilidades de ingresar a la universidad que los pobres, esto se explica, en un 56 por ciento, por las tasas de graduación en el bachillerato. Dicho de otra manera, “el principal motivo por lo que es menos probable que esos jóvenes accedan a la educación superior es que no se gradúan”.

Que un joven no complete satisfactoriamente sus estudios de bachillerato puede o no estar relacionado con la pobreza económica. Esto nos impulsa a ampliar la mirada y cuestionar cómo operan los bachilleratos en un país como México en donde este nivel se volvió obligatorio desde 2012. Algunas investigaciones han mostrado que las escuelas de educación media superior imponen reglas de evaluación y acreditación tan estrictas y disfuncionales que estudiar en ellas asemeja más a una carrera de obstáculos que a un buen proceso de enseñanza-aprendizaje (véase Mendoza, D. 2016. Reprobación y deserción en el bachillerato. Elementos para la equidad y eficacia escolar, México: UIA).

El reporte del BM intuye y señala muy someramente un problema de tipo “institucional” en los subsistemas de educación de la región, pero no va a fondo y quizás no tendría porqué. Esperemos, por el contrario, que los documentos de política universitaria nacional sí elaboren tesis más originales y señalen puntualmente cómo las reglas (formales e informales) contribuyen a que nuestras universidades y bachilleratos no operen con eficiencia generando, entre otras cosas, mayor desigualdad.

¿Qué más considero como limitaciones del informe y de la visión de los economistas ligados al Banco Mundial? Contrario a la UNESCO y a las declaraciones mundiales sobre el nivel, estos autores consideran a la educación superior como un producto de mercado y no como un bien público. Es a partir de la visión utilitarista de donde parten sus interpretaciones y recomendaciones de políticas. Esto merece una amplia crítica dado el cúmulo de literatura y evidencia empírica que ha mostrado las limitaciones de promover el desarrollo educativo con base en los principios de mercado. ¿Por qué entonces insistir en ello? ¿Es una cuestión más ideológica que científica? ¿Es reflejo de la era Trump?

Los autores del informe, consideran a los estudiantes y a sus familias como meros agentes racionales tratando de maximizar sus beneficios cuando el mismo informe ofrece información sobre decisiones “irracionales” que toman los jóvenes. Por ejemplo, pese a las “baja rentabilidad” de algunas carreras y áreas del conocimiento, las personas las siguen eligiendo. Esto tendría que haber impulsado una idea más amplia y profunda de la racionalidad humana. Filósofos, economistas, analistas de políticas, e incluso Adam Smith han observado que la gente no solamente actúa siguiendo su propio interés. 

Por otro lado, pese afirmar que el gasto en educación superior no es “regresivo”, sino “progresivo” debido a la creciente presencia de estudiantes pobres en la educación superior y de que el financiamiento público es clave para promover carreras de Ciencia y Tecnología, los economistas del Banco Mundial se apresuran y vuelven a proponer que los gobiernos otorguen a los jóvenes un voucher para que elijan la universidad de su predilección, como si tal decisión fuera totalmente libre. ¿Por qué los autores del informe omitieron las investigaciones empíricas (véase Carnoy) que muestran que estos esquemas de mercado no dan los resultados esperados? 

Esta “asimetría de información” hace pensar que quizás sí sea tan mala la educación en el mundo que algunos – no sólo los “estudiantes nuevos” y pobres – no tienen la capacidad de procesar la información correctamente. Sí es para preocuparse.

Friday, 16 June 2017 00:00

Confidencia docente

Escrito por

Experiencias personales en clase. Trascender más allá del aula. Tocar la vida humana en su intimidad 

Para el maestro, las habilidades adquiridas a través de su experiencia en el salón de clases son vitales para su crecimiento como educador. Sin embargo, la forma en que maneje algunas de ellas, especialmente si son parte de las vivencias personales del alumno, pueden ser la diferencia entre generar un vínculo que favorecerá el clima en el aula o convertir la relación docente-alumno en una situación tensa y muy compleja de remediar.

En su participación en la mesa de trabajo sobre Educación Media Superior del Foro Del Campo Estratégico de Acción, Modelos y Políticas Educativas, la Dra. Ana Razo, investigadora en política educativa del CIDE, relata una experiencia que involucra el registro en video de la práctica docente para evaluar las actividades que se llevan a cabo en el aula. En una de estas grabaciones, se aprecia el momento en que un estudiante comparte con el grupo una experiencia personal que involucra aspectos sumamente emocionales y privados. El docente, en lugar de aprovechar el momento para fortalecer la empatía y el vínculo afectivo con sus estudiantes, lo único que alcanza a decir cuando finaliza el alumno es: “Bien. ¿alguien más quiere participar?” 

No hay una forma “correcta” en la que un profesor pueda reaccionar ante situaciones como estas. Su actuar dependerá de distintos factores: su personalidad, la confianza en sí mismo, su nivel de compromiso, su experiencia, formación, capacitación, etc. En el caso expuesto, tal vez el maestro haya elegido no comentar nada por temor a decir algo inapropiado, en cuyo caso podría argumentar que la decisión tomada fue la correcta. Aun así, queda la sensación de que podía hacer algo más. El docente podía lograr que su labor trascendiera más allá de las aulas, pero eligió no hacerlo. 

Mi experiencia con jóvenes de bachillerato no ha estado exenta de errores. Hay situaciones que me sobrepasan. Hoy en día, nuestros estudiantes viven circunstancias tan complejas que a veces resultan difíciles de asimilar. Problemas familiares, adicciones, depresión, violencia, abuso… la lista es interminable. Puedo decir que ante escenarios como estos he actuado siguiendo diversos enfoques pedagógicos y psicológicos que han probado ser efectivos en otros contextos, pero de la misma forma que el caso del profesor de la grabación en video, me he quedado con la sensación de que pude haber hecho más. El sentimiento de impotencia en ocasiones es tan grande que la reacción que tenemos cuando un alumno nos comparte un pedazo de ese dolor puede ser frustrante, tanto para él como para nosotros. ¿Quién dijo que esta tarea era fácil? 

No hay un esquema que indique claramente hasta qué punto llega la labor del docente. Es imposible predecir la forma en que nuestras acciones impactarán en el ánimo de cada uno de nuestros estudiantes. Sin embargo, recomiendo no negarse a vivir la experiencia de ser un confidente para ellos, por duro que sea. Cuando alguno te elige en su búsqueda personal de consuelo y guía, piensa que fue porque vio en ti un conjunto de características especiales que pueden ayudarlo a encarar esa situación que lo aqueja. Lo único que se espera de tu actuar como docente es precisamente una de las cosas por las que tu estudiante te buscó en primera instancia: tu madurez.

La sorpresiva aparición de la encuesta de México Elige SDP Noticias en la que se afirma que el ex gobernador de Puebla Rafael Moreno Valle Rosas ya empató en los índices de intención del voto con Andrés Manuel López Obrador, el líder de Morena, solo puede provocar la siguiente reacción: en lugar de ser un registro de un cambio real en las preferencias en torno a los aspirantes a ser candidatos presidenciales, parece ser un reflejo de la desesperación del ex mandatario poblano de no ser relegado del proceso de sucesión del año 2018.

A principios de esta semana el portal SDP Noticias difundió una encuesta electoral –en torno a la sucesión presidencial del año 2018– en la cual se afirma que, de manera muy sorpresiva, cuando a los ciudadanos se les preguntó por quién votaría entre Rafael Moreno Valle Rosas, como posible candidato de una alianza PAN–PRD, Andrés Manuel López Obrador de Morena y José Narro, en calidad de aspirante del Revolucionario Institucional, el resultado es un empate entre los dos primeros.

Según ese sondeo, Moreno Valle obtendría 28 por ciento de los votos, en contra de 27.3 por ciento de Andrés Manuel López Obrador.

El estudio aclara que si se elimina la posibilidad de una alianza entre el PAN y el PRD, el índice de intención del voto de Andrés Manuel López Obrador se mantiene a la cabeza de todos los aspirantes a ser candidatos presidenciales.

Ese resultado parece fuera de la realidad, toda vez que Moreno Valle hasta hace unas semanas no tenía más allá de 6 o 7 por ciento de las preferencias electorales.

Dicha encuesta parece ser un rebase ficticio. Un mero recurso propagandístico para buscar que Moreno Valle no quede relegado del proceso de sucesión presidencial.

Para entender tal afirmación hay que observar el siguiente contexto:

El resultado de la pasada elección del estado de México significó un fortalecimiento político de Moreno Valle en su relación con el PRI, en especial con el grupo del presidente Enrique Peña Nieto, pero al mismo tiempo registró un importante debilitamiento hacia el interior de su partido, el PAN, ya que se le ve como uno de los panistas que traicionaron a esta fuerza política y consiguieron desestabilizar a la ex candidata albiazul Josefina Vázquez Mota.

Se sabe que Moreno Valle pactó con el llamado Grupo Atlacomulco del estado de México generar un debilitamiento de Josefina Vázquez Mota, al impulsar a las facciones del albiazul que cuestionaron la legitimidad de la candidata, pero resultó tan efectiva y evidente esa labor que ahora en el panismo ha quedado claro que el ex mandatario poblano generó “el fuego amigo” contra la aspirante albiazul y provocó que este partido quedara en un vergonzoso cuarto lugar.

Tal situación ha complicado los planes de Moreno Valle de pelear dos alternativas políticas: convertirse en senador de la República y ser el próximo coordinador de la fracción panista en la Cámara Alta, así como lograr que su esposa Martha Erika Alonso Hidalgo se convierta en la aspirante panista a la gubernatura de Puebla en el año 2018.

Y por esa razón está recurriendo a falsas encuestas –o por lo menos eso parece–, para buscar levantar sus alicaídas aspiraciones políticas.

Cuando la oí por primera vez no la creí pero ahora que me la dijeron por segunda ocasión y un político que ha ocupado altos cargos de dirección en el PRI y el gobierno del estado ya opté por mejor no desecharla, aunque me siga pareciendo inverosímil por todo lo que implicaría.

La hipótesis es la siguiente: que en Puebla el PAN de Rafael Moreno Valle sí está considerando aprovechar el capital político tanto de José Antonio Gali Fayad como de Luis Banck Serrato para las elecciones locales del próximo año.

Según esta versión, el grupo político del ex gobernador lanzará a Martha Erika Alonso Hidalgo como candidata al gobierno del estado, pero arropada por Gali Fayad como candidato al Senado de la República y por Luis Banck como gobernador sustituto.

Dicho escenario implicaría que Gali Fayad dejará inconclusa su gestión de 22 meses, por irse a recorrer todo el estado de la mano de la esposa de Moreno Valle, y que Luis Banck pasaría de la alcaldía capitalina al gobierno del estado, otra vez como sustituto.

Insisto en que tal supuesto me resulta difícil de creer, por los costos políticos y los cambios y ajustes que tendrían que hacerse para que el Congreso designara a un gobernador que concluyera el periodo de Gali Fayad y a un nuevo presidente municipal sustituto que cerrara la gestión municipal de cuatro años ocho meses que arrancó en febrero de 2014 con Gali Fayad.

Los razonamientos del político que hoy me planteó ese escenario son los siguientes:

Que Rafael Moreno Valle sólo confía en Martha Erika Alonso y que éste nunca va a ceder su capital político a un personaje que en el ejercicio del poder pueda prescindir de él, como Luis Banck, Jorge Aguilar Chedraui o Javier Lozano Alarcón.

Que Martha Erika Alonso necesita de la popularidad, el carisma y buen trato de un político como Gali Fayad, sobre todo en sectores y comunidades donde la imagen de su esposo no es precisamente la mejor.

Que las giras de Gali Fayad por la capital poblana y el interior del estado son en realidad una continuación de su campaña pero al Senado de la República.

Que Luis Banck no es el Plan B de Rafael Moreno Valle, ni la carta del llamado morenogalicismo a la gubernatura de Puebla en 2018, sino el funcionario que les garantizaría a ambos un cierre administrativo ordenado y sin sobresaltos en el ayuntamiento y el gobierno del estado.

Que los recorridos de fin de semana de Luis Banck por municipios alejados de la capital no buscan posicionarlo como candidato al gobierno del estado, sino familiarizarlo con los distintos grupos con los que tendrá que convivir una vez que sea designado gobernador sustituto.

¿Será?

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