Opinión

Opinión (1862)

Wednesday, 14 June 2017 00:00

Violencia escolar: un conflicto en crecimiento

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Para resolver un problema —reza una proposición de política— primero hay que conocerlo. Y reconocer que existe, pudiera agregarse. Informes de la Secretaría de Educación Pública, del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, incluso del Poder Legislativo, documentan que la violencia escolar va en aumento. La prensa y los medios se encargan de divulgar los hechos extremos; algunos con amarillismo y hasta morbo.

En la academia también crece el interés por estudiar la violencia escolar. Cada institución, académicos —y sus estudiantes— escogen estrategias de análisis diversas y se enfocan en un asunto en particular. Todos construyen conocimiento, pero es parcial, de casos o sólo de uno o pocos aspectos de la violencia.

En enero de este año, el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo, que rastrea la labor de los Estados miembros de la UNESCO para conseguir Las Metas del Milenio, publicó un informe, “Decidamos cómo medir la violencia en las escuelas”. Es un llamado a gobiernos e instituciones nacionales para documentar, cuantificar y catalogar los actos de violencia escolar. El propósito: diseñar estrategias locales y globales para combatir ese desarreglo social.

Este informe no se centra en un solo aspecto de la violencia escolar. El inventario es amplio: intimidación, castigo corporal, abuso verbal y emocional, hostigamiento sexual y agresión. Además, actividad de pandillas y presencia de armas en los recintos escolares.

También llama la atención en el hecho de que las formas más comunes y generalizadas suelen pasar desapercibidas, aunque son las que causan mayor daño a la experiencia educativa de niños y adolescentes. En una sola oración, sintetiza el drama de por qué no se adquiere mayor conocimiento ni se divulga más información: “a menudo involucrar tabúes”. Como agresión a docentes, que casi no se menciona en estudios nacionales.

El informe de la UNESCO sintetiza datos de pesquisas nacionales e internacionales que presentan un panorama calamitoso. Por ejemplo, cita una encuesta nacional representativa sobre la violencia contra los docentes en Alemania: alrededor de 23% de los encuestados había sido objeto de abuso, difamación, intimidación, amenazas o acoso, al menos una vez en los últimos cinco años. Según la encuesta, durante este periodo, seis por ciento de los profesores había sido agredido por estudiantes.

Si eso pasa en Alemania, donde el Estado monopoliza la violencia legítima, ¿qué podemos esperar en México?

Si bien es cierto que las teorías de la reproducción de las relaciones sociales por medio de la escuela ya no tienen el atractivo que tuvieron hasta los 80, la escuela no es una institución aislada de la sociedad. Buena parte de la violencia que se observa entre niños y adolescentes nace en la familia, el entorno de las comunidades y los medios de comunicación.

En amplias zonas de la geografía de México impera la brutalidad; no sólo la violencia criminal: pleitos entre y al interior de las comunidades, riñas entre vecinos, linchamientos de ladrones pobres diablos —a los grandes y de cuello blanco nunca los atrapan— reyertas por cualquier accidente de tránsito. Aunque recelo, sé que hay policías buenos y competentes. Pero otros participan en actos que se supone deben prevenir y sancionar.

La violencia es un embarazo del Estado mexicano. Es un asunto en el que las instituciones y los mandos han fallado. La impunidad y la corrupción abonan a la violencia que se reproduce en las escuelas, aunque —vaya ironía— es allí donde puede encontrarse la solución de plazo largo. Digo, si en lapsos breves el Estado hace su tarea, genera conocimiento, reconoce el problema y ataca de frente la violencia en el ámbito social.

Wednesday, 14 June 2017 00:00

La muerte del centro comercial

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En las economías capitalistas desarrolladas la crisis financiera de 2007 tuvo como epicentro el sector inmobiliario y las hipotecas de mala calidad. Los bancos centrales rescataron al sistema bancario privatizando las ganancias y haciendo público el costo de la crisis. Y ahora que lo peor del frente de tormenta pasó, se consolida la percepción de que la borrasca ha sido controlada. Esa es una idea equivocada y peligrosa.

La verdad es que el problema en Estados Unidos se ha desplazado del ámbito residencial a los centros comerciales, los famosos y feos shopping malls. Esas enormes construcciones están hoy en el corazón del próximo huracán financiero. Al igual que en 2007, los efectos del mal tiempo se dejarán sentir en la economía global.

Los centros comerciales en Estados Unidos se están muriendo lentamente. Los locales vacíos se multiplican porque las ventas no cubren las altas rentas y los comercios en bancarrota aumentan todos los días. Casi no se habla de este tema, pero lo cierto es que en Estados Unidos crece cada día el número de centros comerciales fantasma, abandonados o con grandes espacios vacantes. Hasta se habla del modelo chino en el que el crédito barato y la especulación inmobiliaria han llevado a construcciones de millones de metros cuadrados que hoy son cascarones vacíos sostenidos por millones de toneladas de concreto, miles de kilómetros de cables eléctricos y tuberías, amén de una colosal huella ecológica.

Si la imagen exitosa del centro comercial se mantiene es sólo porque algunos malls subsisten en buenas condiciones. Pero esos centros son la minoría: en Estados Unidos sólo 20 por ciento de los centros comerciales genera más de dos terceras partes de las ganancias de este sector. Esos centros comerciales están localizados en puntos que mantienen alta densidad de población con poder de compra o en centros de concentración turística y económica. Lo cierto es que la crisis en el resto de los centros comerciales es una triste realidad que no va a desaparecer. Se calcula que en los próximos dos o tres años desaparecerán cerca de 800 shopping malls (más de la mitad del total) en todo el territorio estadunidense.

Muchos podrían pensar que el principal responsable de la debacle del centro comercial se debe al auge del comercio en línea. Pero lo cierto es que a pesar de su crecimiento, el comercio vía Internet apenas representa 12 por ciento de las ventas totales de las tiendas departamentales que sirven como ancla de los malls.

La razón de fondo de la nueva crisis es que la construcción de centros comerciales en las últimas dos décadas ha procedido a un ritmo muy superior al crecimiento del poder de compra en la mayoría de las ciudades estadunidenses. Mientras la demanda se estancaba se construyeron más de siete millones de metros cuadrados para centros comerciales en los últimos cinco años.

¿Por qué se ha mantenido la inversión en los centros comerciales? La respuesta es inmediata: cálculos de riesgo equivocados y mucha especulación. Éste es un sector en el que los inmuebles sirven de garantía, facilitan la obtención de financiamiento y permiten un mayor apalancamiento. La inversión en centros comerciales estuvo ofreciendo rendimientos estables que prometían superar 6 o 7 por ciento y con una garantía aparentemente tan sólida como el concreto y acero utilizados en su construcción. Eso explica el rápido crecimiento de capacidad instalada que hoy rebasa todas las proyecciones sobre la evolución de la demanda. Por eso las tiendas en los malls ofrecen constantes ofertas y descuentos sobre toda la gama de artículos en venta, lo cual comprime los márgenes de ganancia y lleva a la apertura de concursos de quiebra. En consecuencia, los operadores de los centros comerciales enfrentan serias dificultades para enfrentar sus compromisos de deuda. Para los próximos 18 meses se necesita refinanciar unos 130 mil millones de dólares en créditos para el sector de centros comerciales, una operación que no se anuncia fácil.

La gran diferencia de la crisis que se avecina es que los principales acreedores no son los grandes bancos, sino los llamados inversionistas institucionales como los fondos de pensión y las compañías aseguradoras, así como otros agentes financieros –en especial, los fondos de cobertura hedge funds– y uniones de crédito. Las implicaciones para el sistema financiero son más graves que las de la crisis de 2007 porque el rescate de las compañías aseguradoras y los fondos de pensión se anuncia casi imposible. Los efectos en cascada sobre los ingresos de jubilados y el desplome de recaudación fiscal (por impuestos prediales) son múltiples y serán difíciles de revertir: vender uno de esos centros es mucho más complicado que el deshacerse de mil casas. A diferencia del cierre de una fábrica y de la pérdida de empleos, el cierre de un centro comercial no puede explicarse con una retórica fácil sobre la globalización o un mal tratado comercial. El crepúsculo de los shopping malls se debe a problemas estructurales del capitalismo avanzado.

Twitter: @anadaloficial

Wednesday, 14 June 2017 00:00

El fracaso electoral

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Los consejeros electorales del IEEM, ahora se ufanan de la participación de 53 por ciento del voto ciudadano en el estado de México, cuando no diseñaron ningún programa para animar el voto. Es más, a cuatro semanas de la jornada, encuestadoras revelaron que 70 por ciento de los votantes no sabía con exactitud la fecha concreta de la jornada electoral. No hubo estrategia para promover el voto, es un hecho. En ese momento sonaron las alarmas y ahora con oportunismos, pretenden colgarse una medalla que no les pertenece. Esta actitud cínica y oportunista, mostrada a lo largo de estos meses, mina la seriedad e institucionalidad que requiere el órgano electoral.

El mayor deber de la democracia es que los procesos electorales sean libres y transparentes. En una elección democrática el papel de las estructuras electorales son definitivas. La mayor fortaleza de los institutos electorales es la credibilidad social. Cuando ésta se pierde se erosiona la autoridad que es la mayor fortaleza que debe tener todo árbitro electoral. La jornada del 4 de junio deja muchas interrogantes y enseñanzas. Los resultados apretados y el triunfo de los partidos en el gobierno, tanto en Coahuila como en el estado de México, han irritado por la forma en que aparatos de gobierno han intervenido de forma arbitraria. Sí, indebida irrupción, abierta y velada; han vulnerado el espíritu de competencia electoral, ante la omisión y pasividad de las autoridades. Este fue el punto de quiebre. Los ánimos se encresparon al percatarse de la pasividad de los la árbitros electorales. A partir de ahí, diferentes actores y analistas pusimos bajo sospecha el actuar de la instancia electoral por exhibir en los hechos falta de imparcialidad e independencia frente al poder; su actuación se puso en tela de juicio. En mi anterior colaboración mostré las decisiones equivocadas del consejo electoral del IEEM para pedir un altísimo presupuesto financiero con 70 por ciento menor de responsabilidades que habían pasado al INE con la reforma de 2014; aprobaron gastos de campaña millonarios, anticonstitucionales, de 285 millones de pesos. No fueron exhaustivos con los candidatos independientes al grado de que el tribunal les ordenó reponer con rigurosidad el ejercicio que costó al erario más de 25 millones de pesos para volver a imprimir las boletas y retirar el nombre de Isidro Pastor.

Lo más grave: han suscitado sospechas fundadas en torno a un ajuste o encuadre al conteo rápido, al PREP y al cómputo de casillas. El consejero Gabriel Corona, del IEEM, en sesiones ha detectado errores de captura, duplicidad de actas y lamentó no se hayan abierto los 5 mil paquetes electores que anunció la propia autoridad, para dar mayor certidumbre y limpieza al proceso. Por el contrario, las indicaciones a las juntas distritales, según testimonios, fue a rajatabla: abrir el menor número posible de paquetes. Ante estas dudas razonables, con indicios probatorios reales, en lugar de investigar, profundizar y realizar una auditoría interna; se le ha increpado al consejero Corona pretender sabotear la elección. En las versiones estenográficas de las sesiones, se aprecia el hostigamiento airado de la alianza priísta, pero al mismo tiempo el trato agresivo, casi de traidor, que sus propios compañeros consejeros le reprochan. Ahí, algo anda muy mal.

Ciro Murayama, consejero del INE, exclamó que antes de denunciar un fraude electoral hay que probarlo y que le parece descabellado este tipo de expresiones. Ahora, ante señalamientos expuestos por el consejero Corona, como presidente de la Comisión de Vinculación con los Organismos Públicos Locales, está en la obligación de probar lo contrario. Que el IEEM actuó manera impecable en los cómputos, el PREP y el conteo rápido, apegados estrictamente a la norma electoral. Deberá validar por qué no se abrieron los más de 5 mil paquetes electores que inicialmente la autoridad cantó y que finalmente se ajustaron a menos de 3 mil. Igualmente el propio Consejo General del INE debe explicar por qué canceló a última hora el piloto PREP Casilla que habría disipado muchas dudas que se tiene sobre el PREP del IEEM. Tendrán que justificar por qué falló su programa de acreditación de representantes políticos en las casillas que provocó desajustes y malestar en la organización de la jornada electoral. Deberán responder por qué también fueron laxos ante los programas sociales que tenían claros sesgos partidarios.

En el caso del Edomex, la elección para gobernador alcanzó niveles épicos de una elección presidencial. Por las repercusiones inmediatas en la clase política y reacomodos de cara a las elecciones de 2018, los medios comunicación nacionales e internacionales se volcaron en el suelo mexiquense para seguir paso a paso las incidencias del proceso como nunca en la historia de la entidad. Los medios pudieron corroborar los excesos de los gobiernos federal y estatal en los comicios mexiquenses. Las amplias coberturas mediáticas de radiodifusoras y televisoras mostraron a escala nacional las miserias políticas mexiquenses, comparables con el viejo priísmo autoritario del siglo pasado. De costa a costa, se pusieron en evidencia deshonestas prácticas institucionales con fines electorales, ante la omisión y falta de firmeza de las autoridades electorales. Los comicios mexiquenses muestran claros signos regresivos. Mucho dinero, politización de programas sociales, violencia electoral, intimidaciones policiacas, intervención descarada de autoridades públicas, pasividad de estructuras electorales. Así el proceso electoral de 2018 se presenta apocalíptico. Ante dicha involución, muchos opinamos que se deben refundar los institutos electorales, entre otras medidas, sobre una auténtica base ciudadana; qué ingenuo suena, a estas alturas, hablar de reciudadanizar las estructuras electorales.

Wednesday, 14 June 2017 00:00

El divino fracaso

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Acostumbrado yo a andar entre actores, sentí que flotaba algo reciente en aquella rodaja palaciega de “soledad en público” que se me ofrecía: el presidente componía impromptu un cuadro vivo para sensibilizar a la prensa cuyo tema era la agobiante soledad de los imprescindibles.

Chávez fingió al fin percatarse de mi llegada y todo comenzó, cordial y sosegadamente. No sé repreguntar: tal es mi punto flaco como entrevistador y, en lugar de llevar una lista de preguntas difíciles, me dio por ofrecerle a Chávez algunos temas y pedirle a aquel consumado charlatán ¡que elaborase sus pareceres en torno a ellos!

Regresé a casa muy descontento de mi cortedad, pero me compensó la vislumbre de que el entrevistado hubiese pretendido componer un cuadro inequívocamente bolivariano. Que Chávez hubiese saltado dentro de una dicaz figuración asociada a lo más broncíneo del culto del héroe, como quien salta dentro de una bata para recibir, no ha dejado de inquietarme desde entonces.
Detengámonos en esa, su “fisicalidad”, para usar un término del Actor’s Studio. De estar yo en lo cierto, el presidente debió adoptarla a la carrera, calculando el efecto, corrigiendo este o aquel detalle del perfil, del atuendo, del semblante, etcétera. ¿En qué pensaba mientras tanto? En la Revolución, se nos dirá. En la Historia.

Los pensamientos son también “conducta interior”, afirman los behavioristas radicales. Y hay razones para pensar que los de Chávez, como los pensamientos del Robespierre de Anton Buchner, pudieron “vigilarse unos a otros”. Para no especular, para acortar las distancias del error, quizá convenga refinar el método y preguntar primero: “¿Le sucedió a alguna vez a Chávez estar a solas alguna vez?”. A solas es cuando más fácilmente nos abate la inescapable certeza del fracaso.

El fracaso, he ahí una palabra de indecible poder encantatorio para los bolivarianos como Chávez. Esa aflicción de haber “arado en el mar”, ¿cómo engastaba en el modelo de realidad que pudo hacerse Chávez cuando, por equivocación, se quedaba a solas siquiera un instante con el fracaso?

El fracaso de Bolívar: lo más suculento del bolivarianismo. De todas las torceduras ideológicas bolivarianas esa del fracaso parece ser la más consoladora: aporta una retórica y un modelo moral. Lo demás es marxismo vulgar, teoría de la dependencia y del imperialismo.

La infatuación bolivariana con su fracaso brinda, en cambio, la ventaja de sublimar la dictadura como filantropía del héroe que nos sojuzga para salvarnos de nosotros mismos, para defender la revolución y rescatarla de los desaprensivos, de los traidores y de los corruptos.

Nunca como al final de sus días había sonado Chávez tan bolivariano en su mal disimulado descreimiento de la democracia. La lectura que, poco antes de morir, hizo en su programa televisado de sus pasajes favoritos de El general en su laberinto fue una extraordinaria experiencia de proyección: Chávez hizo suyas las razones que tuvo Bolívar para optar por la dictadura. La pose de hacía años en el jardín de La Casona no era del todo impostación fraudulenta.

Para desgracia de Chávez, esa traslación que hacía del Weltschmerz romántico de la tragedia de Bolívar es insostenible hoy por una catastrófica nulidad como Nicolás Maduro. Maduro es el fracaso sin puesta en escena.

@ibsenmartinez

Wednesday, 14 June 2017 00:00

¿Y el seguro de desempleo?

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OCDE: ¿qué fue del Pacto?

Economía: ¿mala suerte?

En aquella faraónica presentación en sociedad del denominado Pacto por México (2 de diciembre de 2012), los abajo firmantes pomposamente anunciaron (compromiso número 4) la creación de un seguro de desempleo (federal) que cubra a los trabajadores del sector formal asalariado cuando pierdan su empleo, para evitar un detrimento en el nivel de vida de sus familias y les permita buscar mejores opciones para tener un crecimiento profesional y patrimonial.

A estas alturas el único que oficialmente mantiene el puesto es Enrique Peña Nieto, porque de los otros abajo firmantes nadie se acuerda –a menos de que se trate de algún negocio cochino– y no pocos de los testigos de calidad ahora están presos, prófugos de la justicia o tienen abiertas averiguaciones judiciales en su contra. Y junto a esa bella fotografía de la clase política mexicana –que de prometer todo prometió, y en la misma proporción ha incumplido–, otro que se mantiene prófugo, pero de la justicia social, es… el seguro de desempleo.

Claro está que los abajo firmantes y sus borregos en San Lázaro hicieron como que hacían y hasta se animaron a decir que serían los propios trabajadores quienes financiarían sus seguros de desempleo (vía cuenta de vivienda en la Afore). Pero hasta allí quedó la cosa. Es la fecha en la que México se mantiene como el único país integrante de la OCDE sin esa prestación social, y a pesar de que todas las indicaciones de ese organismo son seguidas al pie de la letra por el gobierno mexicano, la relativa a dicha cobertura ha sido bateada una y mil veces más.

Así, por enésima ocasión la OCDE hace un llamado al gobierno mexicano para que cree un seguro de desempleo, en el entendido de que a pesar de una reciente recuperación de la productividad, el crecimiento no ha sido lo suficientemente inclusivo como para lograr mejores condiciones de vida de muchas familias mexicanas. El mercado de trabajo mexicano presenta una puntuación baja en comparación con otras economías de la organización, en términos de calidad de los ingresos, así como diferentes medidas de inclusión relacionadas con la desigualdad de ingresos, la igualdad de género y la integración de grupos desfavorecidos.

Y algo más: México se ubica en la parte más baja del grupo de países que pertenece a la OCDE en cuanto a la calidad de los ingresos, una medida que expresa la cantidad devengada por hora. Aquí, la percepción es alrededor de una cuarta parte del promedio para las naciones del organismo (La Jornada, Roberto González Amador).

Sin embargo, la OCDE resulta extremadamente generosa al asegurar que en nuestro país el crecimiento no ha sido lo suficientemente inclusivo. De hecho, si se considera la sólida información de la Cepal (reseñada en este espacio el pasado 31 de mayo), México es el campeón de la desigualdad en la región más desigual del planeta, que no es otra más que América Latina y el Caribe.

¿Por qué? El organismo regional documenta lo siguiente: “alrededor de 320 mil familias (menos de un millón 250 mil personas, algo así como 1 por ciento de la población total) concentran 33 por ciento de la riqueza nacional y cerca de 3 millones 200 mil (12 millones y medio de personas, 10 por ciento adicional) 66 por ciento. La microscópica diferencia restante se distribuye –inequitativamente, también– entre el resto de la población”.

Pero la OCDE no se limita a cuestionar al gobierno mexicano y a los abajo firmantes del Pacto por el incumplido compromiso del seguro de desempleo. Enciende la señal de alarma por algo que no resulta novedoso para el país: la permanente falta de crecimiento, la precarización del empleo formal y el elevadísimo nivel de la informalidad.

Y en este contexto la Cepal también aporta un dato escalofriante: en las últimas tres décadas y media para los mexicanos de a pie la economía creció (también de forma inequitativa) a un promedio anual de 2.6 por ciento, con enormes diferencias en cuanto a estratos y beneficios. Por el contrario, la riqueza registró un crecimiento real promedio anual de 7.9 por ciento en el mismo periodo, lo que significa que en México tal indicador se duplicó entre 2004 y 2014, pero sólo para los más acaudalados.

Los ricos cada día más ricos, con elevadas tasas de ganancia, y los jodidos cada día más ídem, con ocupación y/o empleo cada vez más precario. En este tenor la OCDE advierte que “el mercado de trabajo mexicano presenta una puntuación baja en comparación con otras economías de la organización, en términos de calidad de los ingresos –una medición que tiene en cuenta el nivel y la distribución de los ingresos–, así como diferentes medidas de inclusión relacionadas con la desigualdad de ingresos, la igualdad de género y la integración de grupos desfavorecidos” (ídem).

Si bien la información oficial presume alrededor de 2.7 millones nuevos empleos formales a lo largo de la administración peñanietista (muchos de ellos existentes, pero formalizados), la OCDE insiste que en que no hay que concentrarse exclusivamente en la creación de empleo, sino que la valoración del mercado laboral debe basarse cantidad, calidad e inclusión.

Así, en cantidad aparentemente el asunto camina (aunque ni de lejos se atiende la demanda real de plazas laborales, sin olvidar el enorme rezago histórico en este renglón), pero la deuda es creciente en lo que a calidad e inclusión se refiere. Las cifras más actuales del Inegi revelan que alrededor de 33 millones de mexicanos con ocupación (65 por ciento del total) obtienen ingresos máximos de hasta tres salarios mínimos (240 pesos por día), aunque el grueso de ellos se ubica entre uno y dos (de 80 a 160 pesos diarios). Aparte quienes no reciben ingreso, a pesar de ser tipificados como ocupados, y los desocupados. Y los de mayor ingreso (cinco salarios mínimos y más) apenas representan 5.2 por ciento del total.

Las rebanadas del pastel

¡Haberlo dicho!: resulta que los raquíticos resultados de la sempiternamente modernizada economía mexicana no son consecuencia del modelito impuesto 35 años atrás, sino de la mala suerte, como, por ejemplo, en el caso del desplome de los precios petroleros, según dice el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas. Qué bueno que lo aclara, pero queda la duda: en el calderonato se registraron los petroprecios más elevados de la historia, pero el crecimiento fue exactamente igual de pinche que en el gobierno peñanietista. Pero bueno, es la mala suerte.

 

Twitter: @cafevega

 

Ahora que se conocen los nombres de los 29 favorecidos con una notaría en la recta final de la administración de Rafael Moreno Valle no sólo queda de manifiesto que estas patentes continúan otorgándose como premios de fin de sexenio, sino que las cuatro reformas que se hicieron a la Ley del Notariado no lograron ni remotamente su propósito.

De ahí la opacidad con que la Secretaría General de Gobierno (SGG) y el Colegio de Notarios se han conducido durante seis largos meses para informar del estatus que guardan los expedientes de aquellos que supuestamente concursaron, primero para obtener la patente de aspirante y luego la patente de notario.

La entrega de notarías fue tan burda que es la hora que ninguno de los favorecidos por Moreno Valle puede explicar dónde y con qué notario realizaron sus prácticas durante un año de manera ininterrumpida, cómo acreditaron su capacitación académica en eventos del Consejo de Notarios, qué trabajos efectuaron, cuándo y quiénes los evaluaron, y con quiénes compitieron en los exámenes de oposición.

Y no pueden ni podrán explicarlo por una sencilla razón: el proceso fue una farsa de principio a fin, tan sucio que el nuevo gobierno de José Antonio Gali Fayad no termina de limpiarlo, y los nuevos fedatarios no tienen para cuándo rendir protesta, y eso que varios de ellos como Irma Patricia Leal sólo asumirán el cargo para nombrar a un auxiliar o suplente que les administre el changarro mientras siguen en la grilla partidista y electoral.

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Con la novedad que el diputado federal Víctor Manuel Giorgana Jiménez no quiere que la dirigencia del Comité Directivo Municipal del PRI en Puebla quede en manos de Javier Casique Zárate, pues considera que éste es un alfil del actual delegado del IMSS, Enrique Doger Guerrero, quien fue jefe de aquél en la BUAP y el ayuntamiento de Puebla.

Pero lo paradójico es que Enrique Doger tampoco, y no porque desconfíe de la lealtad y capacidad de su compadre, sino para evitar que su nombramiento se malinterprete como una declinación a su aspiración de ser gobernador.

La llegada de Javier Casique a la dirigencia del Comité Municipal, en lugar de José Chedraui Budib, fue una propuesta del subsecretario de la SEDATU, Juan Carlos Lastiri Quirós, quien también busca la nominación del PRI a la gubernatura de Puebla.

Por esta razón Enrique Doger ha reconsiderado el respaldo que inicialmente dio a su compadre, para respaldar ahora al dirigente de la CNOP municipal Ramón Fernández Solana.

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A la disputa por la dirigencia del PRI en la capital del estado se ha sumado la diputada federal Xitlalic Ceja García, quien tampoco apoya a Javier Casique por diferencias que ambos tuvieron en el proceso electoral del año pasado, cuando éste fue operador de la candidata del PRI a la gubernatura Blanca Alcalá Ruiz en el municipio de Puebla.

Así las cosas hoy existen en el PRI dos bloques en torno a la sucesión de Pepe Chedraui. Uno que apuntala a Javier Casique, integrado por el subsecretario Juan Carlos Lastiri, la senadora Blanca Alcalá Ruiz y el dirigente estatal del PRI, Jorge Estefan Chidiac. Y otro bloque que se inclina por Ramón Fernández Solana, en el que estarían Víctor Manuel Giorgana, Enrique Doger y, eventualmente, Mario Marín Torres.

¿Cuál de estos bloques ganará la disputa?

No lo sé, aunque la respuesta pronto la sabremos, pues Pepe Chedraui se despedirá del Comité Municipal del PRI el 30 de junio, lo que significa que la definición sobre su sucesor se conocerá antes de esa fecha.

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El presidente municipal de Tecamachalco, Inés Saturnino López Ponce, ya comenzó a recorrer la entidad promoviéndose como aspirante a senador del PAN, lo que por supuesto no es bien visto por la dirigencia estatal de este partido que pronto podría hacerle un extrañamiento público.

Inés Saturnino estuvo este fin de semana en la Sierra Nororiental, conviviendo con militantes, dirigentes y presidentes municipales, entre ellos el de Hueytamalco, Rubén Martínez del Castillo.

En estas poblaciones el munícipe de Tecamachalco no dudó en desplegar su publicidad como lonas rotuladas con su nombre y el emblema del PAN.

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Este martes se desarrollará un foro organizado por el diputado Pablo Fernández del Campo, presidente de la Comisión del Deporte del Consejo Político Nacional del PRI, en el que participarán medallistas olímpicos como la clavadista Tatiana Ortiz Galicia, el marchista Joel Sánchez Guerrero y el boxeador Mario González Lugo, con el propósito de encontrar soluciones a los problemas de corrupción en el deporte amateur nacional. El foro será abierto al público y comenzará a las 16:30 horas en el Polideportivo del Sur, ubicado en la colonia Emiliano Zapata de la capital poblana.

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Javier Casique Zárate parece tener allanado el camino para convertirse en el próximo presidente del Comité Municipal del PRI en la capital del estado, en lo que parece ser un movimiento político para evitar que el actual delegado del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Enrique Doger Guerrero, opte por desertar al Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), como parte del desencanto visible que el también ex rector de la UAP ha mostrado hacia el tricolor, que en dos ocasiones le ha negado la candidatura a gobernador pese a encontrarse en los primeros lugares de las encuestas.

Si se concreta el nombramiento de Javier Casique Zárate –quien ha labrado su carrera política siempre bajo la sombra de Enrique Doger– significaría entregarle al delegado del IMSS el control del Comité Municipal y abrir la posibilidad de que, por segunda vez, pudiera ser candidato a presidente municipal o que miembros del grupo dogerista sean postulados como aspirantes a diputados locales o federales en los distritos de la capital en el proceso electoral de 2018.

Lo relevante de dicho movimiento político, que se produciría a finales del presente mes, no es que se le entregue a Doger el control del Comité Municipal del PRI, sino en la forma en que se habría pactado dicho asunto. Dos son los aspectos más importantes:

Primero: se dice que la decisión de llevar a Javier Casique Zárate a la dirigencia del PRI es un acuerdo que habría surgido entre Enrique Doger y Juan Carlos Lastiri Quirós, el subsecretario de la Sedatu, luego de que el segundo abogó ante el Comité Ejecutivo Nacional del tricolor para asegurar que quien fuera secretario privado del ex rector de la UAP reciba el respaldo de los sectores y organizaciones priistas para ser el próximo líder local del partido.

Segundo: se dice que la casi segura unción de Javier Casique no solamente es un pacto entre priistas, sino que se encuentra metida la mano del ex gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, algo que a nadie debe extrañar, pues el panista ha ejercido un férreo control del tricolor en los últimos cuatro años, hasta llevarlo a ser una fuerza nula de oposición.

Mucho antes de que Juan Carlos Lastiri buscara a Enrique Doger para ofrecerle el control del Comité Municipal priista, se dice que el subsecretario de la Sedatu habría convenido con Rafael Moreno Valle Rosas el retener al delegado del IMSS dentro de las filas del PRI.

Ello bajo la lógica de que al morenovallismo no le conviene que Morena tenga un candidato fuerte en la disputa por la presidencia municipal de Puebla.

Es creíble esa historia que se cuenta en los corrillos del PRI, ya que Lastiri ha sido parte la elite priista que pactado con Moreno Valle la desarticulación del tricolor como fuerza política opositora.

Lastiri ha jugado un papel fundamental para hacer valer los acuerdos que han existido entre Rafael Moreno Valle y Los Pinos, sobre todo para dar impunidad a los abusos de poder que se cometieron durante el sexenio morenovallista.

Por eso Juan Carlos Lastiri está dedicado de tiempo completo –por encima de sus tareas de funcionario federal– a conseguir la próxima candidatura del PRI a gobernador, para de esa manera ser un aspirante débil, sin posibilidades de ganar, y acabar siendo un aspirante a modo del morenovallismo.

Tuesday, 13 June 2017 00:00

‘Millennials’: dueños de la nada

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Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después. 

Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena. 

Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.

Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.

Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.

El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.

Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?

Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.

Tuesday, 13 June 2017 00:00

Venezuela, entre el trauma y la catarsis

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Durante los últimos dos meses Venezuela ha ocupado el lugar reservado a las calamidades más sobrecogedoras del mundo. Es prácticamente imposible observar la dinámica de protesta y represión que vive el país sin plantearse la pregunta, lapidaria y acaso retórica, “¿qué habrá hecho esa pobre gente para merecer esto?”.

Lo que ha hecho Venezuela para, no hablemos de merecer sino llegar a esta situación, no se puede explicar siquiera con una relación de las fechas claves de la historia contemporánea del país, porque la caída en picada que la ha sumido en el hambre y la miseria no empezó con la muerte de Hugo Chávez en 2013 ni con su llegada al poder en 1998. Empezó antes del Caracazo de 1989, antes, inclusive, de aquel fatídico Viernes Negro de febrero de 1983. Ese día lo que comenzó a caer fue el valor del bolívar, pero para entonces ya se habían sentado los cimientos, frágiles e inestables, de una sociedad que había nacido del descontento, la protesta y la desobediencia civil contra el dictador Marcos Pérez Jiménez, y que se acercaba al desplome.

Pérez Jiménez forzó sobre Venezuela una serie de valores como el orden, la disciplina y la seguridad, con los que se pretendía fundar una nación tropical primermundista. Esa imposición pasó factura a derechos fundamentales: durante el perezjimenismo, Venezuela vivió una década de violencia institucional y amordazamiento colectivo, materializados en la Seguridad Nacional de Pedro Estrada y en miles de presos políticos.

El resultado, tal vez inevitable, fue el resentimiento y, hasta cierto grado, de subversión en diversos grupos de la sociedad venezolana, especialmente los estudiantes, quienes, al igual que ahora, se convirtieron en el principal elemento desestabilizador. Sin embargo, no es descabellado afirmar que, más que los valores prescritos por el Nuevo Ideal perezjimenista, la principal fuente de indignación del venezolano de la época era la represión y la falta de libertad.

Es por ello que el derrocamiento de Pérez Jiménez en enero de 1958 generó una paradoja social que eventualmente habría de marcar el rumbo de la historia de Venezuela por al menos medio siglo: por una parte estaba el rechazo postraumático de todo aquello que estuviese ligado al depuesto dictador; por la otra, el sentido de identidad del venezolano estaba íntimamente relacionado con el imaginario de orden y progreso que Pérez Jiménez había sabido proyectar con eficacia.

La situación se vio complicada, además, por la exclusión del Partido Comunista del Pacto de Punto Fijo de 1958, lo cual supuso una extensión del periodo de inestabilidad política en el país y llevó al núcleo más radical a emprender la lucha armada. Así pues, la guerrilla aprovechó audazmente las circunstancias para dar una imagen de continuidad a la resistencia y apelar a la admiración que el pueblo había desarrollado por la figura del detractor durante los años del perezjimenismo.

El venezolano acogió con calidez la imagen tremendamente romantizada del revolucionario, pero no lo consideró una alternativa viable para gobernar el país. Para eso estaba la institucionalidad democrática, encarnada en Rómulo Betancourt, cuyo modelo compartía la visión de desarrollo propuesta por Pérez Jiménez, la ambición de hacer de Venezuela un bastión del orden del Primer Mundo en Latinoamérica. Sin embargo, desde un principio, los gobernantes democráticos comprometieron la credibilidad y el prestigio del sistema, por lo que el pueblo venezolano se fue inclinando, como por efecto de repulsión magnética, hacia el polo opuesto al discurso oficialista, es decir, hacia el desorden.

Durante los años de bonanza en Venezuela, los gobiernos sucesivos de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campins, la falta de crédito moral del sistema democrático se vio paliada por un derroche de recursos que se reflejó en una especie de gran orgía social, una expresión del desorden inaudita y casi idílica que habría de tener graves consecuencias. Tan pronto el país volvió, a mediados de los ochenta, a la realidad de la inflación, la inseguridad y el desempleo, reapareció también, con renovado fervor, la vena antagónica del venezolano, ya no refractada en el coqueteo con un grupo subversivo sino expresada directamente en el clamor, estrepitoso y multitudinario, por un cambio radical.

El ascenso de Hugo Chávez al poder podría considerarse como el último peldaño de la desvinculación de la sociedad venezolana con los valores del perezjimenismo, es decir, como el triunfo final del desorden. En su búsqueda por la libertad, el derecho, tal vez inclusive la justicia, el venezolano apoyó una candidatura que ofrecía frescor más que método, rejuvenecimiento sin mayor planificación y que, sobre todo, prometía ser lo otro, algo completamente transgresor. Venezuela, afectada ya por una feroz falta de orden cayó con Hugo Chávez en un bochinche generalizado.

Las semejanzas –más formales que concretas– entre la situación de 1957 y la de 2017 deberían estar ya bastante claras: en ambos casos hablamos de gobiernos eminentemente opresivos, de extensos periodos de descontento, de movilizaciones masivas en contra de la autoridad.

El sufrimiento, el hambre, la pobreza, la inseguridad a la que se han visto sometidos los venezolanos en la última década garantiza que esta generación, como aquella, tendrá que enfrentarse a un trauma. El futuro de Venezuela, que es lo que está en juego, depende fundamentalmente de dos cosas: en primer lugar, de que el gobierno actual, sostenido exclusivamente por el apoyo de las fuerzas armadas, sea derrocado –esta semana, este mes, este año–, reemplazado por un gobierno de transición, y debidamente juzgado por los actos criminales que ha cometido, no solo en las últimas semanas. 

En segundo lugar, es imperativo que el trauma que ha producido esta experiencia sea canalizado de manera constructiva. Es por eso que, en paralelo al proceso de regeneración económica, jurídica e institucional que Venezuela necesita, habrá también que promover una regeneración moral. La tarea puede ser más sencilla de lo que parece, pues la indignación del venezolano debería hacerlo rechazar el tipo de prácticas –la corrupción, el caos, el amiguismo, la complicidad en el crimen organizado o no– que por más de 30 años han llevado al país a la ruina.

Así Venezuela quizás consiga construir, sobre las bases del horror actual, una sociedad más comedida y transparente que pueda guiar al país durante los próximos 50 años. Tendrá sus defectos, pero serán diferentes a los del chavismo, a los del perezjimenismo, a los de la era democrática. Entonces, quizás, pueda decirse que todo esto valió la pena.

 
Tuesday, 13 June 2017 00:00

Un Estado a la deriva

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Después de la sorpresiva victoria electoral de Donald Trump, mucha gente de derecha, e incluso de centro, trató de sustentar el argumento de que en realidad no sería tan malo. Cada vez que Trump mostraba un resquicio de contención –aunque no fuera más que leer su discurso sin improvisar o dejar de usar Twitter por uno o dos días– los analistas se apresuraban a declarar que, con eso, Trump había “alcanzado estatura presidencial”.

Pero ¿ahora sí podemos admitir que él realmente es tan malo –o incluso peor– que lo que habían previsto sus críticos más duros? Y no es solamente por su desdén hacia el imperio de la ley, lo que quedó tan claramente expuesto en el testimonio de James Comey. Como se pregunta el académico jurista Jeffrey Tobin, si eso no es obstrucción de la justicia, ¿qué sí lo es? También está el hecho de que el carácter de Trump, esa combinación de mezquindad vengativa y de simple holgazanería, claramente hace que no esté a la altura de su tarea.

Y eso, señores, es un problema enorme. Pensemos, tan solo por un momento, en los grandes daños que ha causado este hombre en múltiples frentes en tan solo cinco meses.

Veamos el caso del seguro médico. Todavía no está claro si llegará el día en que los republicanos puedan aprobar una ley para remplazar Obamacare (lo que sí está claro es que, si llegan a hacerlo, dejarán sin seguro médico a millones de personas). Pero pase lo que pase en el frente legislativo, hay grandes problemas surgiendo en el mercado de seguros en estos mismos momentos: hay aseguradoras que se está saliendo, dejando sin servicio a algunas regiones del país; otras están pidiendo grandes aumentos en las primas.

¿Por qué? No es, como dicen los republicanos, porque Obamacare es un sistema imposible de hacer funcionar. Los mercados de seguros estaban claramente estabilizados hacia fines del año pasado. Más bien, como han explicado las mismas aseguradoras, el problema es la incertidumbre creada por Trump y compañía, especialmente por no establecer claramente qué subsidios vitales se van a mantener. En Carolina del Norte, por ejemplo, Blue Cross Blue Shield presentó la solicitud para aumentar sus primas en 23 por ciento, pero declaró que solo hubiera pedido 9 por ciento si estuviera segura de qué subsidios se van a mantener para repartir los costos.

¿Por qué no se le han dado esas garantías? ¿Es porque Trump cree sus propias palabras de que puede provocar el colapso de Obamacare y hacer que los votantes culpen a los demócratas? ¿O es porque está demasiado ocupado echando pestes por Twitter y jugando al golf para ocuparse del asunto? Es difícil de saberlo, pero de cualquier modo, esos no son modos de hacer política.

O veamos la notable decisión de tomar el lado de Arabia Saudita en su disputa con Catar, pequeña nación que alberga una enorme base militar de Estados Unidos. En esta pugna no hay buenos, por lo que la razón recomendaría que Estados Unidos se mantuviera al margen.

Entonces ¿qué estaba haciendo Trump? No hay ni una pizca de visión estratégica; algunos observadores señalan que es posible que ni siquiera sepa de la existencia de la enorme base militar estadounidense en Catar y su importantísimo papel.

La explicación más probable de sus acciones, que han provocado una crisis en la región (y han empujado a Catar hacia los brazos de Irán), es que los sauditas lo adularon –en el hotel Ritz-Carlton de Riad se proyectó una imagen suya a lo alto de cinco pisos– y los cabilderos sauditas gastan enormes sumas en el hotel de Trump en Washington.

Normalmente, consideraríamos ridícula la idea de que un presidente estadounidense pudiera ser tan ignorante de asuntos tan vitales y que fuera inducido a tomar importantes decisiones de política exterior por medios tan burdos. ¿Pero acaso no podemos creer eso de un hombre tan egocéntrico que no puede aceptar la verdad sobre el número de personas que asistieron a su toma de posesión, que se jacta de su victoria electoral en los momentos más inapropiados? Claro que sí.

Consideremos ahora su negativa a respaldar en un discurso el principio central de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte, la obligación de salir en defensa de los aliados, algo que provocó asombro y sorpresa en su propio equipo de política exterior. ¿De qué se trata? Nadie lo sabe, pero vale la pena considerar que al parecer Trump despotricó ante los líderes de la Unión Europea por la dificultad de establecer canchas de golf en esos países. Entonces quizá fue mera petulancia.

La cuestión es, insisto, que todo parece indicar que Trump ni está a la altura del puesto de presidente de Estados Unidos ni está dispuesto a hacerse a un lado y dejar que otros hagan un buen trabajo. Y esto ya está empezando a tener consecuencias reales, desde perturbaciones en la cobertura del seguro médico hasta un desmoronamiento de las alianzas y la pérdida de credibilidad a nivel mundial.

Pero algunos dicen: las acciones y los bonos están subiendo, ¿qué tan mal pueden estar las cosas? Y es verdad que si bien Wall Street parece haber perdido parte de su entusiasmo inicial por la trumponomía –el dólar está de nuevo en el nivel que tenía antes de las elecciones–, los inversionistas y los negocios parecen no estar considerando el precio de una política verdaderamente desastrosa. 

El riesgo, empero, es demasiado real. Y sospechamos que el grupo de grandes billetes, que tiende a equiparar riqueza con virtud, será el último en darse cuenta de lo realmente grande que es el peligro.

En muchos sentidos, la presidencia estadounidense es una especie de monarquía por elección, en el que un líder temperamental e intelectualmente incompetente puede causar daños enormes. Eso es lo que está sucediendo ahora. Y apenas ha transcurrido una décima parte del primer mandato de Trump. Lo peor, con toda seguridad, está por venir.

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