Tanto la autopsia oficial como la encargada por la familia de George Floyd contradicen a la versión de las autoridades y dicen que éste falleció "por asfixia producida por compresión del cuello y la espalda que desencadenó la suspensión del riego de sangre el cerebro". Como consecuencia, según los documentos, la causa de la muerte es "homicidio". La autopsia de la familia ha sido dirigida por Michael Baden, ex director de Patología Forense de Nueva York y asesor científico del comité del Congreso que investigó el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy.

Todo eso contradice directamente la versión oficial de las autoridades del condado de Hennepin, en Minnesota, que sostiene que "no hay hallazgos que apoyen un diagnóstico de asfixia traumática o estrangulamiento", y que el fallecimiento de Floyd fue causado por enfermedades coronarias, hipertensión, y por el uso de sustancias que no especifica si son legales o no, aunque tuvieron como efecto causarle una "intoxicación".

Sobre este hecho, la autopsia oficial sí indica que el hombre había consumido fentanilo. Otros detalles sobre las condiciones de salud de Floyd, según esta autopsia, indican que tenía una "enfermedad cardíaca arteriosclerótica e hipertensiva; intoxicación por fentanilo; uso reciente de metanfetamina".

La autopsia encargada por la familia, sin embargo, dictamina que el sistema coronario de Floyd estaba en perfecto estado. Algunos de los órganos del fallecido permanecen en poder de las autoridades, por lo que esta segunda autopsia no ha podido descartar todos los factores que podrían haber jugado un papel en el fallecimiento.

Pero el dictamen parece claro: las autoridades han mentido. A todos los niveles. No solo a la hora de explicar por qué murió Floyd. También cuando murió. La investigación encargada por su familia indica que cuando llegó una ambulancia, Floyd ya estaba muerto, y que los intentos de reanimación no tuvieron respuesta. Según Baden, Floyd murió aproximadamente cuando el agente de policía Dereck Chauvin llevaba 3 minutos y 50 segundos con su rodilla izquierda sobre su cuello. El policía solo levantó la pierna tras casi 9 minutos.

La versión oficial afirma que Floyd murió en el hospital. Pero eso es un tecnicismo. En EEUU una persona solo es oficialmente declarada muerta cuando el certificado de defunción es expedido, y eso es algo que solo puede hacer un médico. Por tanto, legalmente, Floyd falleció en el hospital, aunque en realidad ya estaba muerto. Ésa es la razón, por ejemplo, por la que es prácticamente imposible que nadie fallezca en los parques de atracciones de Disney: el certificado de defunción se emite en la vecina ciudad de Orlando

Finalmente, al calificar de homicidio la muerte de George Floyd, el informe también contradice al condado de Hennepin, donde está la ciudad de Minneapolis, en la que se produjo la muerte. Chauvin solo ha sido acusado de asesinato en tercer grado, lo que viene a ser homicidio involuntario. Sin embargo, según Baden, cuando los transeúntes le piden al policía que afloje la presión sobre Floyd, "El agente Chauvin reajusta su rodilla para comprimir más el cuello. Eso es una expresión de conocimiento, evidencia de conducta penal".

Sin embargo, el comunicado sobre la autopsia oficial dice que "la forma de la muerte no es una determinación legal de culpabilidad o intención". Además, enfatizó que según la ley estatal de Minnesota la unidad forense "es una oficina neutral y es independiente y distinta de cualquier autoridad fiscal o agencia de aplicación de la ley".

“Estos no son actos de protesta pacífica, son actos de terrorismo nacional”, ha dicho este lunes el presidente Donald Trump, en un mensaje a la nación desde la Casa Blanca, minutos antes de que entrara en vigor el toque de queda en la capital de Estados Unidos, ante una nueva noche de protestas por todo el país en repulsa por la muerte en Minneapolis del afroamericano George Floyd en manos de la policía, que dos autopsias han calificado este lunes de homicidio. Si los gobernadores de los Estados no terminan ya con la violencia, ha advertido, utilizará al Ejército “para resolver el problema por ellos”.

“Movilizo todos los recursos federales disponibles, civiles y militares”, ha anunciado Trump desde el jardín de las rosas de la Casa Blanca. En su primer mensaje al país desde que las protestas por la violencia racial se han apoderado del país, el presidente ha dicho que prepara un despliegue de fuerza que “dominará las calles” hasta que “la violencia sea sofocada”. Mientras la policía rociaba con gas lacrimógeno a los cientos de manifestantes que se concentraban en el exterior de la Casa Blanca, ha advertido de que desplegaría al Ejército para terminar con la “rebelión”.

“Soy vuestro presidente de la ley y el orden”, ha dicho Donald Trump a los estadounidenses. Y ha acusado de orquestar los disturbios a “anarquistas profesionales”, “hordas violentas” y, de nuevo, al movimiento Antifa, una difusa red de grupúsculos de militancia antifascista, al que este fin de semana amenazó con ponerle el sello de organización terrorista.

En la ciudad de Washington, el único territorio del país en el que puede hacerlo, el presidente ha ordenado el despliegue de un batallón de la Policía Militar, según el Departamento de Defensa. Se trata de una unidad de entre 200 y 500 soldados procedentes de Fort Bragg, en Carolina del Norte. En Minnesota, epicentro de las protestas, y en otros Estados, los gobernadores han declinado la oferta del presidente, y han decidido recurrir a sus propias tropas de la Guardia Nacional.

Una vez Trump concluyó su comparecencia ―sin aceptar preguntas de la prensa― la policía ha despejado con material antidisturbios a los manifestantes en el exterior de la Casa Blanca para que el presidente pudiera visitar, junto con su hija Ivanka y otros asesores, la cercana iglesia de Saint John, en cuyo sótano se registró un incendio el domingo por la noche. A los pocos minutos han regresado a la residencia. Trump ha advertido de que el toque de queda en la ciudad, adelantado este lunes a las siete de la tarde (medianoche en la España peninsular), se hará respetar con mano dura.

En un país en llamas por las protestas raciales, que se han extendido durante ya siete noches por una treintena de ciudades, el presidente Trump mantiene la mano dura y el mismo lunes por la mañana había urgido a los “débiles” gobernadores de los Estados a utilizar la fuerza para recuperar el control de las calles. “Tenéis que dominar. Si no domináis, estáis perdiendo el tiempo. Os van a pasar por encima, vais a quedar como un puñado de imbéciles”, dijo Trump a los gobernadores durante una llamada colectiva desde la Sala de Emergencias de la Casa Blanca, según un audio de la reunión obtenido por la CBS.

Trump pasa frente a una pared cubierta de grafiti este lunes. En vídeo, el audio de la llamada entre Trump y los gobernadores. FOTO: REUTERS | VIDEO: EPV

“Tenéis que arrestar a la gente, y tenéis que procesarlos, y deben ir a la cárcel por periodos de tiempo largos”, añadió. “Lo estamos haciendo en Washington DC. Vamos a hacer algo que la gente nunca ha visto antes”. El presidente llamó “escoria” a los alborotadores y dijo que Minnesota, epicentro de las protestas tras la muerte a manos de la policía del afroamericano George Floyd, se ha convertido en “un hazmerreír por todo el mundo”.

Atendieron a la conferencia telefónica, además de los gobernadores, mandos policiales y del equipo de Seguridad Nacional. También estuvo el fiscal general William Barr, que desde hace meses ha asumido el papel de ejecutor de la agenda más dura del presidente. Barr explicó a los gobernadores, según Associated Press, que se desplegará a un equipo de agentes antiterroristas para localizar a los agitadores.

“Tenéis que ser más duros”, les dijo Trump. Y les presionó para desplegar a la Guardia Nacional, a la que atribuyó la mejora de la situación el domingo por la noche en la ciudad de Minneapolis, donde empezaron las protestas por la muerte de Floyd. El mandatario defendió que ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Filadelfia, donde se registraron episodios violentos el domingo, deberían seguir el ejemplo.

Ya el sábado, antes de viajar a Florida para presenciar el lanzamiento del cohete de la compañía SpaceX a la Estación Espacial Internacional, el presidente había presionado a los gobernadores de los Estados. “Deben ser más duros y siendo más duros honrarán su memoria”, dijo, en referencia a Floyd. En Twitter, Trump viene acusando a la extrema izquierda de los disturbios. “Son los antifascistas y la extrema izquierda. ¡No echen la culpa a otros!”, dijo.

El domingo por la noche, la sexta jornada de protestas contra el racismo en las fuerzas de seguridad, al menos 25 grandes ciudades del país decretaron el toque de queda ante el aumento en intensidad de los disturbios. Imágenes como las de una iglesia histórica en llamas frente a la Casa Blanca o el Ejército patrullando las calles de Santa Mónica sirvieron de símbolos de que la protesta está aún lejos de amainar.

Una primavera negra de consecuencias imposibles de predecir se ha apoderado de Estados Unidos. Al menos 25 grandes ciudades del país afrontaron la noche del domingo bajo toque de queda ante el aumento en virulencia y extensión de las protestas contra el racismo en las fuerzas de seguridad tras la muerte de George Floyd. Imágenes como las de una iglesia histórica en llamas frente a la Casa Blanca o el Ejército patrullando las calles de Santa Mónica (California) marcaron la sexta jornada consecutiva de movilizaciones. Al menos una persona murió en Louisville (Kentucky) y otras dos, en Los Ángeles y en Nueva York, recibieron disparos. Se trata de la ola de protestas más amplia, en extensión e intensidad, que recuerda este país desde el asesinato del histórico ativista Martin Luther King, en 1968. Este lunes, Donald Trump acusó a los gobernadores de “débiles” y les pidió más dureza. 

Ha habido más de 4.000 detenidos a lo largo del fin de semana, según el recuento de Associated Press, y una lista interminable de saqueos, fuegos y escaramuzas, con múltiples heridos. Hasta 5.000 efectivos de la Guardia Nacional (el Ejército de reservistas bajo el mando de los gobernadores de cada Estado) patrullan por las calles de una docena de territorios. Fueron más violentos los disturbios de 1992 en Los Ángeles, por Rodney King, cuando murieron más de 60 personas, pero no se extendieron por el resto del país, no salieron de esa ciudad. También ha habido crisis de violencia racial en 2014 en Ferguson, Missouri, y en 2015 en Baltimore, Maryland, pero nunca por todo el territorio estadounidense a la vez, durante tantos días, y en aumento.

La ola de indignación comenzó con la muerte del afroamericano George Floyd en una detención brutal grabada en vídeo, pero se ha convertido en una protesta nacional contra el racismo sistémico de Estados Unidos, las fuerzas de seguridad y hasta Donald Trump, un presidente que no ha hecho nada por calmar las aguas. Este lunes por la mañana cargó contra los gobernadores en una reunión por videoconferencia: "Tenéis que dominar la situación, si no domináis, estáis perdiendo el tiempo. Os van a arrollar, vais a quedar como una banda de gilipollas”, espetó, según una grabación a la que tuvo acceso la cadena CBS, citada por Reuters.

La ciudad de Washington acababa de vivir su noche más violenta hasta ahora en esta crisis. La alcaldesa de la ciudad, Muriel Bowser, decretó el toque de queda entre las 23.00 y las 6.00 (hora local) de este lunes. Tras entrar en vigor, la capital estadounidense estaba sumida en el caos. Los bomberos pudieron controlar un incendio en los sótanos de la histórica iglesia de Saint John, frente a la Casa Blanca, conocida como “la iglesia de los presidentes”, a la que Abraham Lincoln, el mandatario que abolió la esclavitud, acudía a rezar.

Miles de manifestantes lograron llegar a las afueras de la Casa Blanca, pese al esfuerzo policial por bloquear las calles de acceso después de una tensa jornada. Los agentes lanzaron gases lacrimógenos durante horas para dispersar a la gente. “Vinimos a mostrar nuestro apoyo a George Floyd por el abuso policial que sufrió y la policía responde utilizando exceso de violencia”, se quejaba Maicy, afroamericana de 40 años, que viajó desde Maryland a la capital estadounidense para protestar por segunda noche consecutiva. Hubo saqueos y destrozos en numerosos edificios de Washington. Y según informó la prensa estadounidense, el domingo, el presidente Donald Trump ya había pasado al menos una hora en un búnker subterráneo durante los enfrentamientos, construido para usarlo en casos de emergencia como ataques terroristas.

Más protestas

En Minneapolis, Minnesota, miles de personas cortaban la autopista interestatal 35 cuando un camión cisterna avanzó contra la multitud a gran velocidad y desató el pánico. El conductor fue sacado de la cabina del vehículo y golpeado, según testigos citados por Reuters. Hubo hasta 150 arrestados en esa concentración.

Los Ángeles comenzó el domingo con un despliegue táctico como no se había visto desde los disturbios por Rodney King. Fuerzas de todas las policías de los municipios cercanos, las que dependen del sheriff, y la Guardia Nacional patrullaban las calles de la ciudad californiana. A mediodía, el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti; el jefe de policía, Michel Moore; y el jefe de bomberos, Ralph Terrazas, dieron una rueda de prensa conjunta para advertir de que no se repetirían las escenas de violencia y saqueos del día anterior. Las autoridades trataron de trasladar al mismo tiempo solidaridad con las protestas y la advertencia de que los grupúsculos violentos no tenían nada que ver con la reivindicación de la mayoría de manifestantes y se actuaría contra ellos con la máxima contundencia.

Poco después, en la localidad de Santa Mónica ocurría exactamente lo que se había anunciado que no se iba a permitir. Mientras unos centenares de personas protestaban pacíficamente junto al conocido paseo de la playa, un grupo comenzó a asaltar tiendas del Santa Mónica Place, un centro comercial cercano, ante la pasividad de los agentes. Las imágenes aéreas de las televisiones locales mostraban con claridad que se trataba de grupos organizados que se movían en coche. Bajaban, rompían cristales, salían con la mercancía que les cabía en las manos y se ocultaban de nuevo en el coche.

Situaciones como estas se repitieron por todo el país. En Birmingham, Alabama, los manifestantes derribaron una estatua confederada. En Nueva York, una gran manifestación recorrió el puente de Brooklyn. Surgieron enfrentamientos que obligaron a cortar momentáneamente los puentes con Manhattan y un pequeño incendio callejero. La policía de la ciudad de los rascacielos detuvo a la hija del alcalde, Bill de Blasio, que también participaba en las protestas. Los enfrentamientos continuaron de madrugada con saqueos en las tiendas del barrio del Soho. Una persona fue trasladada al hospital tras recibir un disparo.

En Atlanta, donde hace dos días los manifestantes destrozaron la entrada de la sede de la cadena CNN, se volvieron a vivir escenas de tensión con el lanzamiento de gases lacrimógenos por parte de las fuerzas de seguridad. Dos agentes fueron despedidos por uso excesivo de la fuerza. En Louisville (Kentucky) las autoridades confirmaron que durante la madrugada del lunes murió un hombre por disparos de la policía después de que este abriera fuego primero, cuando trataban de dispersar una concentración.

Esta crisis se desata a cinco meses de las elecciones presidenciales, en plena frustración por las órdenes de cuarentena para frenar la pandemia del coronavirus y con un desempleo que ya alcanza la increíble cifra de 40 millones de personas.

El confinamiento provocado por el covid-19 sacó del mercado laboral a 12.3 millones de personas en abril pasado, reveló el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). 

De acuerdo con los resultados de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE), son mexicanos que se encuentran en un estado de suspensión laboral temporal ocasionado por la cuarentena. Sin embargo, el Inegi aclaró que se trata de una suspensión sin percepción de ingresos de por medio y sin certeza de si se mantiene el vínculo laboral o de retorno al trabajo.

Dentro de ese universo, la población desocupada, es decir, la que no tiene trabajo –que a su vez manifestó haber buscado empleo en abril de 2020- es de alrededor de 2.1 millones de personas, que equivalen a 4.7% de la Población Económicamente Activa (PEA), tasa superior en 1.7 puntos porcentuales respecto al mes inmediato anterior y en 1.2 puntos porcentuales mayor a la de abril del año pasado.

INEGI INFORMA

Consulta los resultados de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo #ETOE levantada en el mes de abril de 2020. #ComunicadoINEGI https://bit.ly/36PUwQj 

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En complemento a lo anterior, la población no ocupada con disponibilidad para trabajar, pero sin buscar activamente un empleo pasó de 5.9 millones en marzo de 2020, a 20 millones de personas en abril de 2020, lo que equivale a un incremento de 24.5 puntos porcentuales. Dichas personas, en su mayoría, están a la espera de volver a retomar sus actividades.

Por otra parte, la población ocupada que tiene la necesidad y disponibilidad de ofertar más tiempo de trabajo de lo que su ocupación actual les demanda pasó de 5.1 millones de personas en marzo de 2020 a 11 millones en abril del mismo año, equivalente a una tasa de subocupación de 25.4%.

El valor en el mes de abril se traduce en un incremento de 5.9 millones de personas subocupadas, esto es, 16.3 puntos porcentuales más respecto a marzo.

 

Mientras que la Tasa de Informalidad Laboral se situó en 47.7%, cifra menor en ocho puntos porcentuales comparada con la del mes previo. La población informal salió del mercado de trabajo siendo ahora población no económicamente activa con disponibilidad para trabajar.

Esta disminución también refleja la suspensión temporal de actividades y la espera de retomarlas.

La Tasa de Informalidad Laboral considera a todas las personas que trabajan para unidades económicas no agropecuarias operadas sin registros contables y que funcionan a partir de los recursos del hogar o de la persona que encabeza la actividad sin que se constituya como empresa, de modo que la actividad en cuestión no tiene una situación identificable e independiente de ese hogar o de la persona que la dirige y que por lo mismo tiende a concretarse en una muy pequeña escala de operación.

Monday, 01 June 2020 00:00

Mudan los tiempos

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El sentido y las consecuencias del neoliberalismo, entendido de modo llano como el predominio prácticamente exclusivo de los criterios del mercado en el extenso campo de las condiciones económicas y sociales, está, como bien se sabe, abiertamente cuestionado. Corresponde, ese sistema, a procesos sociales complejos que representan un armazón que se ha tornado altamente conflictivo. Las manifestaciones de ese conflicto son múltiples.

La propuesta del gobierno para acometer el cambio que proclama ha sido expuesta de modo claro y reiterado en numerosas ocasiones, con declaraciones y actos de gobierno. Pero eso no es necesariamente suficiente para superar un estado de cosas que no puede sostenerse como estaba. Y me refiero explícitamente a como estaba antes de las elecciones de 2018 y también a como estaba antes de la pandemia del coronavirus.

Hasta ahora ha sido explícita la opción que el gobierno está imponiendo. Y eso es lo que debería ser motivo de discusión puesto que, por la misma naturaleza de esta sociedad, que no es monolítica, la política pública no puede tener una dirección unilineal. Tampoco, ciertamente, las acciones del sector privado.

Más allá de las profundas convicciones políticas que se expresan en las declaraciones y en las decisiones del gobierno, siempre existen cuestiones de índole concreta y práctica que exigen la amplitud de miras, más ahora que se profundiza una crisis social y económica en medio de la pandemia.

Que la atención se centre de modo privilegiado en las condiciones de la población más vulnerable es muy comprensible, que lo haga de manera exclusiva puede acabar por convertirse en otra forma de injusticia, añadida a la que se quiere enfrentar. En este caso las decisiones normativas se hacen más relevantes, pero igualmente más enredadas.

Como en todas partes del mundo, la actividad económica en el país se ha desplomado por el confinamiento y las consecuencias de la pandemia. Un asunto que se revela como esencial para atajar los contagios, los fallecimientos y el colapso de los servicios de salud es el comportamiento social. Por diversas razones, desde la exigencia de la necesidad de supervivencia que tienen la mayoría de los mexicanos, hasta la mera imprudencia de otros en la convivencia con los demás, esto no está ocurriendo. Esto no puede más que complicar las cosas, sobre todo en la medida en que no se conoce suficientemente cómo se desenvuelve el virus y los posibles rebrotes infecciosos.

Un efecto directo y muy nocivo de la caída de la actividad económica es el descenso abultado y rápido del empleo. Se trata del empleo formal, registrado en el IMSS y que arrastra la pérdida de servicios y prestaciones correspondientes. Se estima, hasta ahora, que el número de desempleados podría ser del orden de 2 millones, lo que equivale a 10 por ciento del total de los puestos de trabajo registrados en el IMSS (permanentes y eventuales).

Esto ocasionará un detrimento directo de las condiciones de alrededor de 10 millones personas, ya que su capacidad de recrear los ingresos está impedida. Son muchos hogares. El impacto negativo será muy severo en las condiciones del bienestar general, aunado a los millones de personas que trabajan en el sector informal. Debe aclararse cómo es que el gobierno planea crear 2 millones empleos en el resto del año: en qué actividades, de qué tipo, para quién, la duración y las remuneraciones.

Un número muy grande de empresas está muriendo, cosa que no puede tomarse a la ligera por sus repercusiones en el empleo, el ingreso y el patrimonio de muchas familias. Es del segmento de las micro, pequeñas y medianas empresas del que está hecho buena parte del sustento económico en esta economía; menoscabarlo es un gran error. Es muy relevante que estemos claros acerca de la capacidad, o falta de ella, del gobierno para generar el empleo suficiente y con un nivel de ingreso que alcance.

La unilateralidad en la política pública, sustentada en una noción muy particular y controvertida de la austeridad, corre el riesgo de provocar un nuevo entorno de injusticia precisamente en el campo en que se centran hoy los esfuerzos más preciados del gobierno: reducir la desigualdad y elevar el bienestar social. Una aspiración legítima de todas las personas es vivir mejor y no debe coartarse aun en medio de esta grave crisis.

Para que la acción del gobierno sea efectiva, tal como debe ser por mero principio, se necesitan recursos. La austeridad como fuente de excedente tiene límites. El flujo constante y suficiente de recursos es una exigencia de todo ejercicio presupuestal. Se puede ajustar ya sea por el lado de los precios o el de las cantidades. La opción no es trivial.

Las cosas han cambiado de modo muy sensible. Este factor es clave para ajustar las visiones y las acciones de todos; en el caso de la mayoría, el margen es más bien estrecho o nulo y hay que ampliarlo. El uso de los recursos del gobierno tiene que adaptarse a esas condiciones cambiantes.

Hay verdades que son más evidentes en el lenguaje de la poesía. Luis de Camoes, el célebre poeta portugués (1524-1580) lo dijo claro:

Mudam-se os tempos, mudam-se as vontades, muda-se o ser, muda-se a confiança todo o Mundo é composto de mudança, tomando sempre novas qualidades.

 

Monday, 01 June 2020 00:00

La impotencia del poder médico

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Menos visible que las acciones y experiencias bajo cuarentena en las ciudades, hay una especie de contraacción en poblaciones periféricas, aún urbanas, que minimiza, desafía y niega al coronavirus. ¿Cuánto hay ahí de meramente irracional o ignorante y cuánto de resistencia, rebeldía contra un pensamiento único ante eventos reales que nos pone a todos en la estacada vida o muerte? Por lo percibido en ciudades grandes, donde coexisten todos los estratos sociales –desde el ultramillonario hasta el pobre o migrante que aterriza en cinturones de cartón y come basura–, hay un componente de clase muy poderoso. La plebe urbana se irrita con los ordenamientos oficiales y los cuidados obedientes de las clases medias y ricachonas. Sabe, o al menos intuye, que para trabajadores y trabajadoras la cuarentena resulta una simulación. Al cumplir sus labores se exponen al contagio inevitablemente, incluso si se cuidan. En la calle, el transporte, los sitios de trabajo, los mercados. Y así devienen vectores potenciales que amenazan a quien cumple la cuarentena y las nuevas reglas normales.

El virus, que nos tiene encapsulados, obsesionados, políticamente exasperados, con las emociones y los sentimientos vueltos bolas en las marañas del encierro y la red algorítmica de mensajerías, causa estragos en las relaciones personales y sentimentales. Mientras tanto, para muchos mexicanos al parecer aquejados del fatalismo que les atribuyen la religión católica, el El laberinto de la soledad y la novela indigenista, la nueva enfermedad no existe, o no es distinguible de los otros padecimientos que también matan, más despacio, pero no menos dolorosamente.

No que no les importe. Pero las comunidades lo procesan distinto. Desprovistas de por sí de infraestructura clínica, saben que el mejor destino de sus eventuales enfermos de Covid-19 sería el hospital, o las colas para acceder a uno mientras el cuerpo agoniza. Los familiares temen la desaparición de los difuntos en un país enfermo de desapariciones, con Pasta de Conchos y los 43 de Ayotzinapa clavados a mitad del pecho.

Prefieren cuidarse a su modo, y viven los contagios, los síntomas y la muerte como todas las demás dolencias y carencias que combaten diariamente. Ya se vio en los casos extremos de los navajos en Estados Unidos y las tribus amazónicas: la pandemia puede ser arrasadora. En las montañas de Chiapas, Guerrero, Oaxaca o Puebla están dadas las mismas condiciones, más otras: hambruna, infecciones respiratorias, diabetes por el consumo indiscriminado de azúcares industriales, falta de agua.

Son tiempos de entronización del discurso médico como factor de poder inapelable, apuntalado en el heroísmo objetivo de miles de personas trabajando para contener y combatir la afección viral que en ciertos cuerpos causa estragos definitivos. Y también se apuntala en la razón científica, el dominio de los números y los remedios legítimos.

Dada la emergencia, parecería inoportuno retomar la crítica a la medicina dominante hecha por Iván Ilich en los años 70, antes de la nefasta doctrina neoliberal que desmantelaría los servicios públicos de salud y se entregaría a las farmacéuticas y los consejos de accionistas de las grandes firmas. La medicina institucionalizada ha llegado a ser una grave amenaza para la salud. El impacto de control profesional sobre la medicina que inhabilita a la gente, ha alcanzado las proporciones de una epidemia (Némesis médica, Joaquín Mortiz, México, 1978). Ilich hablaba de la yatrogénesis, la enfermedad causada por los médicos y sus herramientas.

Cabe extrapolar sus cuestionamientos a la actualidad, cuando somos rehenes (síndrome de Estocolmo incluido) de la razón médica. Y no sólo por la multiplicación de la muerte expropiada por los hospitales y el entubamiento in extremis. En su obra, entonces muy difundida y ahora bastante olvidada en los debates, Ilich buscaba demostrar (y lo logró, por aguafiestas que resulte) que la insistencia del gremio médico sobre su propia idoneidad para curar a la misma medicina se basa en una ilusión. El poder profesional es el resultado de la delegación política de la autoridad autónoma a las ocupaciones de la salud, realizada durante nuestro siglo por otros sectores de la burguesía universitaria. Dicho poder no puede ser ahora revocado por aquellos que lo concedieron, sólo puede deslegitimarlo el acuerdo popular sobre su malignidad.

El descontento, la irritación, el rechazo popular a la enfermedad y los doctores no necesita haber leído a Ilich para oler al gato encerrado (sin considerar en esta reflexión las agresiones paranoicas y gandallas al personal de salud que se han suscitado). No sólo la enfermedad mata; la forma en que está estructurada la salud también. Y no todo es atávico en los pueblos. La rápida respuesta de la autonomía zapatista en Chiapas tiene mucho de ilichiana. Es posible combatir con la razón y la organización las impotencias de la institución médica.

Monday, 01 June 2020 00:00

Blues

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Elementos de la Guardia Nacional estadunidense vigilan en el distrito Fairfax, área de Los Ángeles donde estallaron disturbios el sábado, en respuesta a la muerte de George Floyd durante un arresto policiaco en Minnesota.Foto Afp
 
 
El grito colectivo de furia que estalló en las calles de decenas de ciudades de Estados Unidos en la última semana proviene de lo más hondo y antiguo de la historia de este país, y es una expresión contemporánea, con tintes del blues, de la acumulación de injusticias violentas que son parte integral del american way of life.

Las escenas de violencia en las calles y los saqueos mostrados por los medios estos días suelen ocultar el crimen real: la violencia racista oficial sistémica contra minorías (los afroestadunidenses son víctimas de balas policiacas dos veces más que los blancos) e inmigrantes en el país más encarcelado del planeta, el saqueo económico legal donde sólo en 10 semanas de pandemia –mientras más de 40 millones perdieron su empleo– unos cuantos multimillonarios compartieron ganancias de más de 400 mil millones de dólares, y en el país más rico del mundo, uno de cuatro niños podrían padecer hambre este año, entre otros delitos.

Todo esto ha quedado al descubierto con los resultados del manejo político criminal de la pandemia (más de 80 mil de los 100 mil muertos podrían haberse salvado) y la crisis económica que afecta de manera desproporcionada a afroestadunidenses, latinos y pobres. Las condiciones socioeconómicas y el resultado de cuatro décadas de neoliberalismo está matando a muchos miles más de afroestadunidenses y latinos que la policía, y asfixiando la vida de millones de trabajadores de todas las razas.

El reverendo Martin Luther King concluyó que no se podía hablar de racismo sin hablar de la injusticia económica y el fin de políticas imperiales (como la guerra de Vietnam en ese tiempo), algo que sigue vigente más de 50 años después.

En los años 60 con revueltas en los guetos de varias ciudades, King comentó que le habían solicitado hacer un llamado contra los actos violentos de los manifestantes y respondió que sabía que nunca más podría alzar mi voz contra la violencia de los oprimidos en los guetos sin antes haber hablado claramente sobre el mayor provedor de la violencia en el mundo actual: mi propio gobierno.

Creo que estamos atestiguando Estados Unidos como un experimento social fallido, comentó el intelectual afroestadunidense Cornel West, profesor de filosofía en Princeton y Harvard, hace un par de días. Doy gracias a Dios de que la gente esté en las calles. Imagínate que este tipo de linchamiento ocurriera (en referencia al asesinato de George Floyd en Minneapolis que detonó esta ola de protestas) y que la gente se quedara indiferente.

Opinó que el sistema no puede reformarse a sí mismo, y que ahora Estados Unidos está entre un matón neofascista en la Casa Blanca y una ala neoliberal del Partido Demócrata. Ante ello, los pobres y los trabajadores negros, morenos, rojos, amarillos, de todo color, son los excluidos y se sienten totalmente sin poder, sin ayuda, sin esperanza, entonces ves rebelión”.

West subrayó que se requiere de una revolución no violenta para lograr una democracia plena en todos los sentidos. Si no logramos eso, vamos a ver más explosiones violentas.

Estoy infernalmente furioso. Me desperté esta mañana para ver el mundo arder, porque estoy cansado de ver morir a hombres negros. Él, de manera casual, puso su rodilla sobre el cuello de un ser humano por nueve minutos y murió como una zebra en las mandíbulas de un león, comentó el rapero y productor músico Killer Mike en Atlanta. “Es por eso que los jóvenes están incendiando esto… no saben qué más hacer. Y es nuestra responsabilidad hacer que esto mejore ahora mismo. No queremos ver un oficial acusado, queremos ver cuatro oficiales enjuiciados y condenados. No queremos ver tiendas Target ardiendo, queremos ver el sistema que establece el racismo sistémico reducido a cenizas” (https://youtu.be/sG0yrng0eY4).

El blues es, entre otras cosas, el canto de desafío ante situaciones catastróficas. Se escucha, en todas sus transformaciones, en las calles de este país esta semana.

https://www.youtube.com/watch?v=H0W7K8tYK-Y

https://www.youtube.com/watch?v=KmLf6I6LMCI

Con la nueva normalidad se inicia el sexto mes de este agitadísimo año, y algunos ilusos creen que todo está superado y lo peor de la pandemia quedó atrás. No es así, de tal suerte que se mantienen el Quédate en Casa y el resto de las medidas sanitarias conducentes, porque el bicho no se ha ido; de hecho, lo más seguro es que se quede un buen rato y no hay que bajar la guardia.

Al respecto, el subsecretario López-Gattel ha sido puntual: la “nueva normalidad no quiere decir salir a la calle a las actividades habituales. Que quede clarísimo, tampoco es que comercios, negocios y empresas pueden abrir. No, no. Donde hay semáforo rojo (…) sólo pueden estar en función las actividades esenciales, incluyendo las tres nuevas, como construcción, minería y el sector automotriz, nada más; la nueva normalidad implica hacer cosas nuevas, que pongamos todos de nuestra parte para que este retorno sea seguro, saludable y solidario”.

En este tenor, como bien lo advierte la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), “la pandemia ha provocado una conmoción en las sociedades y economías y obliga a ser más creativos, aumentar el intercambio de experiencias, fortalecer el aprendizaje entre pares y aprovechar el multilateralismo en un tiempo en que la cooperación y la colaboración entre los actores es muy importante y en el que nadie se salva solo. No hay país ni organismo internacional o de cooperación que no haya cambiado su forma de operar.

La pandemia ha obligado a todos los actores a redefinir sus planes y rencauzar los recursos disponibles para poner en el centro de su accionar no ólo la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible; es decir, avanzar hacia la sostenibilidad económica, social y ambiental sin dejar a nadie atrás, sino también las respuestas a la crisis sanitaria, económica y social.”

Con la nueva normalidad, la economía poco a poco se reactivará, en el entendido de que la pandemia del Covid-19 impactó América Latina y el Caribe en un momento de debilidad de su economía y de vulnerabilidad macroeconómica. En el decenio posterior a la crisis financiera mundial (2010-2019), la tasa de crecimiento del PIB regional disminuyó de 6 a 0.2 por ciento; más aún, el periodo 2014-2019 fue el de menor crecimiento desde la década de 1950 (0.4). A medida en que la pandemia se propaga en la región, su caracterización como crisis sanitaria, económica y social es cada vez más evidente. La dimensión y la duración de sus efectos, si bien difíciles de cuantificar debido a la incertidumbre, comienzan a ser percibidas con claridad.

La pandemia será la causa de la mayor crisis económica y social de la región en décadas, con efectos muy negativos en el empleo, el combate a la pobreza y la reducción de la desigualdad, apunta el organismo especializado de la ONU. Dimensionar la caída de la actividad económica permite comenzar a determinar la magnitud del esfuerzo para un regreso a la normalidad, pero ese regreso no será, y no debe ser, una vuelta a la situación existente antes de la pandemia. Por ello, es necesario hacer también consideraciones de mediano plazo para entender los cambios estructurales en la actividad productiva que están en proceso y que se intensificarán. Esto además tendrá impactos, en ocasiones irreversibles, en la estructura laboral, el empleo y el bienestar.

Y para aquellos que insisten que la única vía es el endeudamiento público para el rescate privado, la Cepal deja en claro que en la región el aumento del pago de intereses redujo los recursos disponibles para el desarrollo, como se evidencia en la evolución del gasto en salud pública e inversiones. El pago de intereses aumentó de 1.7 por ciento del PIB en 2010 a 2.6 en 2019, mientras el gasto en salud tuvo un incremento mucho menor.

Las rebanadas del pastel

La derecha opera con el mismo manual: las manifestaciones motorizadas se registran de Argentina a México, y los sembradores de odio tienen la misma actitud golpista y dicen las mismas sandeces. Ni en eso es creativa.

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Paseante en el parque Las Arboledas en la Ciudad de México.Foto Pablo Ramos
 
En busca de reformulaciones mercadotécnicas que les permitan salir de un pasmo operativo ya muy prolongado, casi los mismos organizadores de otras protestas desangeladas contra Andrés Manuel López Obrador lanzaron una nueva ofensiva, esta vez mediante caravanas de vehículos motorizados en varias partes del país, con resultados numéricos igualmente escasos.

La incapacidad para dar cauce eficaz a las dudas, distanciamientos o abiertos rechazos al presidente de la República y sus políticas proviene, entre otras cosas, del desesperado acelere de sus principales convocantes, los directivos de las agrupaciones denominadas Congreso Nacional Ciudadano (CNC) y su más reciente reetiquetación, el Frente Nacional antiAMLO (Frenaa).

La convocatoria a las movilizaciones de este sábado y, ya en menor grado, el domingo, se hizo a partir de una premisa incendiaria pero infundada, retorcida y, en tales condiciones, política y socialmente improductiva: AMLO es un dictador comunista y la defensa de la patria debe llevar a quitarlo del poder.

Una proclama así no logra prender masiva y organizadamente porque no corresponde a la realidad percibida a nivel general en una sociedad en la que, ciertamente, hoy hay menos adhesiones acríticas al obradorismo y, al mismo tiempo, más observación y crítica a formas y fondo de algunas de las aplicaciones políticas del gobierno federal, sobre todo en las cúpulas empresariales y en la clase media.

Pero es insostenible acusar a López Obrador de ser un dictador comunista y pretender su derrocamiento ya. Sobre todo si se toma en cuenta que se está a pocos meses del inicio del proceso electoral que desembocará en los comicios intermedios de 2021, cuando se elegirán decena y media de gubernaturas, congresos locales y también la integración de la Cámara de Diputados federal. Además, en 2022 se realizará un inédito ejercicio de aprobación o rechazo de la continuidad de AMLO en el poder, justamente a propuesta del pro-pio tabasqueño.

Quemar etapas, a contentillo de vociferantes dirigentes fascistoides, vuelve irreales e imprácticas las convocatorias y las movilizaciones. A fin de cuentas, todo el barullo tiene como destino buscado el de las urnas en 2021 y en 2022. Las caravanas efectistas, por ello, terminan siendo un ingrediente más en una cacerola de múltiples intereses que tratan de calentar o hacer explotar un proceso que tiene diferentes tiempos y temperaturas.

De una u otra manera, hoy se entra a una nueva modalidad en cuanto a las prevenciones masivas respecto al Covid-19. Nunca hubo en la sociedad mexicana una generalizada ejecución disciplinada y rigurosa de las instrucciones oficiales en la materia y, a partir de hoy, el tufo a relajamiento progresivo y extraoficial podría extenderse por todo el país y en varias actividades, no sólo en la lista ampliada de permisividades por razones económicas.

El propio presidente de la República ha tomado una decisión polémica: reanudar sus giras de trabajo, esta vez por el sur mexicano, donde estará en varias entidades y dará banderazos de salida a la construcción del primer tramo del Tren Maya. Para llegar hasta Cancún ha hecho un largo viaje por carretera y luego irá regresando por etapas hacia la Ciudad de México.

Ver de nuevo en actividad viajera al principal personaje de la vida pública nacional alentará a otros mexicanos (muchos de los cuales ni siquiera necesitan de mayores incentivos) para descuidar las medidas sanitarias obligadas. También reforzará la idea de que es imprescindible retomar las faenas productivas, pues la economía nacional está ya en una situación preocupante.

Y, mientras se vive en Estados Unidos una forma de insurrección social, a causa de la mortal violencia ejercida por un policía blanco de Minneapolis contra el afroamericano George Floyd, lo cual podría afectar de manera determinante la suerte electoral del presidente Donald Trump, ¡hasta mañana!

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En su informe de resultados correspondiente a los meses de enero a abril de este año, la Secretaría de Hacienda presenta un dato que atrae la atención: La deuda neta del sector público se situó en 12 billones 361 mil millones de pesos, dice. La deuda neta incluye todo: gobierno central, Pemex, CFE y banca de desarrollo. La pregunta: ¿por qué creció si la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador se ha rehusado consistentemente a tomar préstamos? En el reporte de 2008, la deuda neta sumaba 10 billones 829 mil 906 millones de pesos. Incluía –e incluye– un componente en dólares: 201 mil 307 millones. Al dispararse el precio del dólar, explica la Secretaría de Hacienda, la deuda en pesos automáticamente se incrementó a su nivel actual: más de 12 billones. Desde luego, también sube el pago de intereses, cuyo monto se acerca a un billón de pesos al año. El prianismo dejó en quiebra las finanzas públicas. De ahí la oposición de López Obrador a contraer más deuda, a pesar de la presión de algunos dirigentes del sector privado, cuyo interés consiste en que el gobierno tenga recursos para rescates empresariales.

Debuta el Frente AntiAmlo

El Frente Nacional AntiAMLO (FRENA), cuya creación anunció recientemente el sub(riano) Pedro Luis Martín Bringas, ex consejero del Grupo Soriana, debutó el sábado con manifestaciones no muy concurridas en varias ciudades de la República. Hubo una petición común: la renuncia inmediata del presidente López Obrador. No hubo alteraciones al orden público, mas allá de los claxonazos de los automóviles de los manifestantes. Muchas personas se manifestaron sin cubrebocas, les estorbaban para gritar. En los meses que precedieron a la elección de 2008, en el círculo cercano del lopezobradorismo, se comentaba que la oposición probablemente reaccionaría con manifestaciones públicas en su contra en caso de que ganara. Pero triunfó en forma tan aplastante que la oposición quedó petrificada. Reacciona un año y medio después, y en forma débil, como lo mostró el sábado. En este punto, AMLO cuenta con tres apoyos muy importantes: sus programas sociales –80 por ciento de la población estará incorporada a alguno de ellos la próxima Navidad–, un reconocimiento internacional claro, en particular su buena relación con el presidente Donald Trump, que ha resultado una sorpresa, y la lealtad del Ejército y sus mandos renovados. Eso no significa que la oposición no pueda crecer. Tiene poco tiempo. Hay elecciones el próximo año en 15 estados y las encuestas indican que en 14 ganará AMLO, a pesar del desorden en Morena.

Trump: la relección

Con el coronavirus lejos de ser contenido, 40 millones de desempleados y la violencia convulsionando algunas ciudades, las posibilidades de relección del presidente Trump parecen esfumarse. Una encuesta llevada a cabo por el diario The Washington Post y ABC News muestra que el electorado favorece con 53 por ciento al aspirante del Partido Demócrata, Joe Biden, frente a 43 por ciento de Trump. Informa el Post que el sondeo se llevó a cabo entre el 25 y el 28 de mayo con la participación de 1001 adultos, de los que 75 por ciento fueron encuestados por teléfono celular. Las elecciones serán el martes 3 de noviembre. Parece difícil que Trump consiga en cuatro meses crear 40 millones de empleos, conseguir una vacuna y apaciguar las zonas violentas de su país, pero sí puede recurrir a otros medios impredecibles para ganar la elección.

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Escribe Juan Aretos @Jaretos. ¡Pero qué contrariedad! También ya IBM de México se puso al corriente con 669 millones de pesos. Con ello, suman tres corporaciones que se ponen a mano con el SAT, contando a Walmart y Femsa.

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