'Leur Algerie' de Lina Soualem reflexiona sobre la vida invisible de los migrantes
Lina Soualem, directora de 'Leur Algerie', durante el rodaje del documental con su abuelo, Mabrouk.
Lina Soualem, directora de 'Leur Algerie', durante el rodaje del documental con su abuelo, Mabrouk. Thomas Brémond

 

Ella es la autora del documental que muchos, seguro, habrían querido realizar. Porque va de abuelos, de hablar con ellos, de conocerlos mejor, de romper muros de silencio levantados durante décadas. Lina Soualem (París, 1990) es la directora de Leur Algerie (Su Argelia), largometraje que acaba de llevarse el premio del público en la última edición del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT), celebrado en la primera semana de junio. Su ópera prima detrás de la cámara –ella es actriz– bucea en los recuerdos de sus abuelos Mabrouk y Aicha, dos octogenarios que emigraron desde su pueblo argelino a Thiers, ciudad medieval francesa rodeada de montañas a unas cinco horas en coche de París.

Leur Algerie es una historia de desarraigo, de exilio, de nostalgia; y es personal, porque Soualem, de madre palestina y padre argelino –los actores Hiam Abbass y Zinedine Soualem– se propuso conocer más acerca de su familia paterna. Pero también es universal, porque representa la necesidad de encontrar respuestas de tantos hijos y nietos de migrantes que sienten que, sin ellas, no pueden acabar de construir su identidad y encontrar su sitio en la sociedad. “Siempre hubo un gran contraste entre el lado argelino de la familia, que era muy silencioso y no contaba nada sobre su vida, y el palestino, que habla mucho de las suyas, porque para ellos sobrevivir pasa por la transmisión de sus relatos de exilio. Me parecía increíble cómo el lado argelino sobrevivía olvidando y con silencio”, narra la directora durante una entrevista en Tarifa, en el marco del festival.

La cinta arranca con la separación de Aicha y Mabrouk después de 62 años de matrimonio. Cada uno a un piso, a 30 metros de distancia, eso sí. En la intimidad de sus hogares, su nieta les va preguntando por los recuerdos de su Argelia natal, por cómo han sido los últimos 50 años en un país que no era el suyo. “Todo lo que se ve lo viví de manera espontánea, todo lo que el espectador aprende en la película, lo aprendía yo al mismo tiempo”, afirma Soualem. Rodando, se dio cuenta de que no sabía nada de su historia. “No nos contaron nunca sobre el exilio a Francia, cómo se encontraron, por qué vinieron, cómo han vivido la colonización, la guerra, qué tal su familia… Un montón de preguntas empezaron a surgir en mi cabeza”.

El detonante de esta curiosidad fue un viaje que Soualem realizó a Argelia con 20 años, mientras cursaba Historia en la Universidad de la Sorbona de París. Al llegar se sentía “rara”, afirma, porque se dio cuenta de que lo sabía todo de aquel país, pero nada del papel de su familia. Todavía tardó siete años en decidirse a rodar este documental, en el que su abuela iba a ser en principio la única protagonista. “Siempre me intrigó como una figura femenina enigmática que me contaba anécdotas con una sonrisa cuando lo que decía era trágico. Relataba, riendo: ‘Ay, sí, a los 15 años, cuando me querían casar con tu abuelo, me subí a una palmera y me quedé ahí por la noche’. Y yo le respondía que eso no era gracioso. Ella se volvía a reír y conectábamos, y yo me preguntaba de dónde venía esa risa, esa fuerza, pero también qué escondía”. 

Aicha esconde sus aflicciones tras el humor, pero de alguna forma supo encontrar una forma de dicha en el amor que siente por sus hijos y nietos. Mabrouk, sin embargo, vive tras un mutismo perenne. “Él no supo lidiar con la responsabilidad de haber traído a toda la familia a Francia”, opina la nieta. “Al final de su vida, creo que se preguntaba para qué había servido todo; cuando le pregunté si se arrepentía de haber venido a Francia nunca pensé que me iba a responder que sí, porque en su cultura hay mucho orgullo, no te arrepientes”, reflexiona.

Con la película, Soualem descubrió que el anciano se sentía prisionero con un trabajo, el de cuchillero, que había resultado durísimo para él, un agricultor llegado a la moderna Francia a los 19 años. También con la discriminación y el racismo, pues como se recoge en el documental con otros archivos antiguos, los argelinos no eran considerados ciudadanos franceses sino solo “sujetos” o “indígenas”. Porque cuando Argelia era colonia francesa, un voto europeo valía el de tres locales. Porque las condiciones de vida en Europa eran “horribles”, critica la cineasta, a pesar de que ellos, los propios argelinos, habían sido llamados a tierra francesa para contribuir al desarrollo del país como mano de obra después de los estragos de la Segunda Guerra Mundial. “Para él, estaba colaborando al progreso, pero trabajando 70 horas a la semana, cuidando de su familia… Esa responsabilidad era enorme. Yo siempre veía a mi abuela como la que sufrió más porque no eligió nada, pero cuando descubrí lo que él vivió me di cuenta de que ninguno de los dos tuvo elección”, relata la cineasta, que averiguó que marcharon en 1954 porque les habían llamado para trabajar en Francia cuando en Argelia solo había miseria y una incipiente guerra, la de la independencia del país, que duraría ocho años, hasta 1962.

También ha descubierto que el matrimonio colaboró con los movimientos de liberación de su país mientras vivía en la tierra colonizadora y que ambos siempre pensaron que volverían a casa. “Cuando Argelia se independizó, muchos querían regresar, pero no pudieron porque ya estaban trabajando en Francia y con los niños escolarizados, el país tenía que reconstruirse de cero y era muy difícil volver a encontrar su lugar. Mi abuela dice que ellos ni habían comprado casa en Francia, para ellos era algo temporal”.

Mabrouk y Aicha Soualem con su hijo Zinedine, en el centro, en una foto de archivo de la familia.
Mabrouk y Aicha Soualem con su hijo Zinedine, en el centro, en una foto de archivo de la familia. Lina Soualem

 

Con esa contradicción creció su padre, y luego ella también. “Me tomó mucho tiempo entender. Yo estaba buscando un secreto con la película, pero no lo había. Me decía: ‘¿qué esconde ese silencio, qué secretos hay detrás?’ Descubrí que provenía del dolor del trauma, del dolor del exilio”. También, por haber dejado atrás a sus padres, un sentimiento profundo que se refleja en dos de las escenas más conmovedoras del documental. “Me impactó muchísimo cómo ella se emocionaba dando un beso a la foto de su mamá, cómo la mira… Y cómo él se lamenta de que son malos recuerdos porque murió en la miseria y no pudo darle nada”.

Para Soualem, las de los migrantes son vidas invisibles, que no se ponen en valor. “Se habla siempre de ellos de manera muy peyorativa. Son la masa de los migrantes, los musulmanes… Y es horrible porque esa gente participó en la construcción del país, esa gente fue colonizada por los franceses durante 130 años”, apunta. “Su historia debería estar incluida en la memoria colectiva de un país, no se puede olvidar y avanzar, eso no existe. Estamos constituidos por nuestros recuerdos y los de nuestros antepasados”.

Mabrouk Soualem no llegó a ver la película terminada, pues falleció durante el proceso de posproducción. Lo que sí pudo contemplar fue aquel pueblo suyo al que nunca regresó gracias a las fotos que su nieta tomó. La directora consiguió viajar hasta allí e incluso conoció a algunos de sus parientes. “Cuando le mostré las imágenes no me esperaba una reacción así porque siempre ocultaba todo. Fue la primera vez en mi vida que le veía sonreír y eso me puso muy feliz, sentí que le había podido transmitir algo a pesar del vacío de comunicación que hubo. Como no pudo ver la película, por lo menos me queda eso”, comenta la joven con emoción en la voz. “Al final se abrió un poco, empezó a hablar”.

Entre las risas de Aicha para ocultar quién sabe si su timidez o su dolor; entre el silencio de Mabrouk sumido en sus recuerdos del pasado; entre viajes en furgoneta de París a Thiers transcurre Leur Algerie, un documental rodado desde la intimidad y el amor de una relación entre abuelos y nieta que resalta cuán importante es que, para construir la memoria colectiva de una nación, de un pueblo, se tengan en cuenta los testimonios y experiencias de vida de todos y cada uno de sus habitantes.

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