En estos días solemos ver con frecuencia cómo se invocan símbolos religiosos en los discursos políticos, lo cual levanta suspicacias y obliga a preguntarse sobre la sinceridad de las intenciones. ¿Por qué los políticos hablan de religión en sus discursos? ¿Por convicción personal o por manipulación política? Para muchos la respuesta es obvia y se inclinan inmediatamente por la segunda opción. No obstante, es necesario problematizar un poco este fenómeno.

En primer lugar, cabe mencionar que esta situación, en nuestro país, resulta particularmente escandalosa por el tantas veces invocado –y tantas más ignorado– Estado laico. La laicidad se instauró en México a costa de “sangre, sudor y lágrimas.” No obstante, pese al diseño institucional, es bastante frágil y no queda clara su resistencia ante los diferentes embates que hacen en su contra tanto actores religiosos como políticos. En este sentido, a nivel local parece que la laicidad nunca existió, pues el contubernio entre autoridades religiosas y políticas, así como el uso de discursos de ambas esferas por unos y otros actores ha sido el pan de cada día. A nivel federal, en realidad, los dichos mañaneros no son la primera ocasión en que desde la investidura presidencial se cuestiona la laicidad imperante. 

En segundo lugar, la información existente parece confirmar que la laicidad, al menos el principio de separación entre Iglesia (s) y Estado en materia electoral, está bastante interiorizado entre las y los mexicanos. Por ejemplo, cerca de 68% consideran que las iglesias no deben ser propietarias de medios de comunicación masiva, 88% consideran que no se deben usar símbolos religiosos en campañas electorales y 75% que las religiones no deben participar abiertamente en política electoral. No obstante, particularmente para los católicos, el asunto se complejiza de tal modo que en algunas ocasiones se repudia el uso de lo religioso en la política, pero en otras ocasiones se alaba (v.g., cuando algún político “consagra” el territorio a su cargo a alguna advocación o cuando defiende ciertas parcelas de la experiencia o doctrina cristiana aunque descuide o vaya en detrimento de otras).

En tercer lugar, una distinción que puede dar luces es la que hace José Luis Pérez Guadalupe en la introducción de su famoso libro “Evangélicos y poder en América Latina.” Si bien el autor utiliza la distinción para referirse al ámbito evangélico, en realidad puede extrapolarse a la experiencia con otras comunidades cristianas. Así, podemos distinguir entre políticos religiosos y religiosos políticos. Los primeros son aquellos que utilizan elementos religiosos con fines políticos. En este sentido, es común encontrarlo en el fenómeno del populismo donde, además, se complica tanto por la imposibilidad de “rastrear” la filiación religiosa de los actores políticos como por la ambigüedad de su discurso que les permite hablar a distintas audiencias confesionales. 

Por su parte, los segundos son aquellos que, movidos principalmente por convicciones religiosas, se introducen en la arena política. De esta forma, la distinción puede expresarse en que el político religioso usa a lo religiosos con fines políticos y el religioso político usa lo político con fines religiosos. Ejemplos mexicanos de los segundos son el Frente Nacional por la Familia o la Confraternice que utilizan estrategias políticas para conseguir fines de inspiración religiosa. Podemos percatarnos que la diferencia entrambos radica en las motivaciones. Y si bien el estudio de éstas siempre es complejo, es un aliciente para afinar al análisis ante este tipo de situaciones.

Finalmente, cabe mencionar que ambos pueden ser peligrosos para la vida democrática, pues se corre el riesgo de obviar el diálogo necesario para “ayudar a crear ese hermoso poliedro donde todos encuentran un lugar.” (FT, 190) Pues bajo la convicción de que nuestro fin religioso es la voluntad de Dios, el bien común o lo que necesita la sociedad podemos caer en “intolerancias fundamentalistas [que] daña[n] las relaciones entre personas, grupos y pueblos [o en] los fanatismos, las lógicas cerradas y la fragmentación social y cultural.” (FT, 191) Por ello, toda participación de los cristianos en la política tiene que estar acompañada de un genuino discernimiento evangélico de la realidad y de un aguzado pensamiento crítico a fin de colaborar verdaderamente en la construcción del reino y no ser cómplices de la perpetuación (o instauración) de regímenes sociopolíticos injustos.

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Cultura

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